8 dic. 2006

la Verdadera



Se encontrarían, como siempre, en la Pulpería La Verdadera. Eran las cuatro y veinte y siempre se veían a las cuatro, no hacía falta confirmarlo, siempre era a las cuatro.

Ella, a pesar de su impaciencia, no entró en el local, como en otras ocasiones. Piquín, el niño que atendía por las tardes, le insistió varias veces: entre, entre, él sabe que si no la ve fuera la busca dentro.

Ella no quiso. Hoy no, Piquín.

Él, desaparecido, incumplido, hastiado quizá, siempre haciéndose el enigmático, mujeriego de mentiras porque solo amenazas; pero.

A las cinco en punto empezó a caminar hacia la plaza, la parada del autobús, su barrio, su casa, su puerta, hacia su cama sin hacer – porque lo recordó justo cuando llegó a la parada: efectivamente su cama había quedado sin hacer. Curioso que hubiera olvidado… Luego, mientras subía la escalerilla del bus, pensó en su gato, Cristo Feroz, bautizado así por el hijo precoz de su vecino, un preadolescente seboso, tan rollizo y malhadado como su padre. Su vecino es pornófilo, ella lo sabe o lo sospecha por esa manía de mirarle las piernas, con enaguas o pantalones, en las mañanas o en las noches, al hablar el gordo siempre le mira las piernas y ella siempre quiere huir rápidamente y lo hace y cuando camina alejándose de él sabe que el gordo la mira mientras se aleja y en eso piensa ahora, maldita sea, dentro del bus atestado, en el gordo seboso y su hijo seboso, será hacer la ruta de pie, ¡ni un lugar!, maldito, haberme plantado otra vez, y otra vez haberle creído.

Ella se odia a sí misma cuando al pensar en su gato Rogelio, amarillento, con greñas grisáceas, y dulce, mimado, recuerda ese apodo grotesco que le encajó el chiquillo adiposo de su vecino: “Cristo Feroz”. Y nunca ha sabido por qué pero prefiere no preguntar: mejor evitar hablar con esos.

Su barrio, su casa. Finalmente abrió la puerta: sintió que regresaba de un viaje lejanísimo y extenso. Respiró polvo, o no, no era polvo, picaba. Se tumbó en la cama sin hacer. Rogelio no estaba.

_ _ _

30 nov. 2006

indiscreción


Al pasar la hoja, se puso en guardia. Intuyó que debía prepararse, todo indicaba que venía una polémica, una ínfula psiquiátrica, quizá una indagación en las raíces de su cobardía.

Es que los libros, a veces, saben más de uno que uno mismo, como si se escribieran para eso, no para que se conozca mejor quien los escribe sino quienes los leen. El autor se desconoce escribiendo, el lector se conoce leyendo. Los escritores son unos entrometidos, lo desnudan a uno, son sádicos y lo disfrutan… Al final, claro, todo sigue siendo el mismo circo de máscaras, lo único que cambia son las que lleva cada uno.

En efecto, la página siguiente fue una indiscreción.

29 nov. 2006

encuesta sobre tlc

La Escuela de Estadística de la UCR publicó los resultados de su más reciente encuesta sobre el TLC, vale la pena ver los datos, aquí (pdf).

24 nov. 2006

Costa Rica Miami bis

Hace unos días escribí aquí mismo un texto motivado por el TLC.

Mi amigo George G. ha hecho hoy una
concienzuda crítica en los comentarios a ese post.

Hace un rato, estaba contestándole a mi vez su comentario cuando caí en cuenta de que era tan extensa mi respuesta que mejor sería postearla por aparte.

Lo que sigue, pues, es una conversación en curso con George G.



Excelente réplica, querido George. Tras leer tu comentario, te daría razón en algunas cosas, en otras no. Voy en orden:

¿Cómo sabés vos (o cualquiera), con tanta certeza, qué quiere o sueña o prefiere la "generalidad" de la población del país? ¿Es que el 75% de los votantes que no votaron por OA se oponen al TLC y al capitalismo y al mercado y al consumismo, etc.? ¿Cómo saberlo con tal certidumbre matemática?

Creo que tenés razón en que si unos y otros reducen las cosas a llamarse igualmente "imbéciles e inmorales" eso no implica que ninguno de los dos efectivamente tenga razón. Probablemente alguno la tendrá. El punto era que "discutir" en esos términos, en ese estilo, cargado de prejuicios y ataques personales, etc., para lo único que sirve es más bien para velar la posibilidad de tener y mostrar la razón (o hacer imposible la discusión racional).

No sé qué quiere decir (te cito): "La diferencia NUNCA puede existir en términos del mercado capitalista (¿debo respetar la diferencia de quién me garrotea? NO!)"

¿Implica eso que decís que TODOS los que apoyan el "mercado capitalista" te garrotean, a vos o a mí o a los empobrecidos en general, y que, además, lo hacen con la intención malévola de garrotear, etc? Es decir, según tu frase, ¿debería yo pensar que, por ejemplo, los familiares y amigos míos que apoyan "el mercado capitalista" y creen que es un buen sistema, etc., son viles garroteadores y encima TONTOS simplemente porque trabajan para Intel o Hewlett Packard y quieren comprarse una mejor casa, etc.? ¿Son viles simplemente por eso, andan con un garrote oculto, odian a todo el mundo, le pegan a la mujer, asesinan niños, son MALOS por definición y enteramente?

Por otro lado, habría que ver que se entiende por "diferencia". Al menos en una sociedad como esta la gente no tiene un PROGRAMA previo sobre lo que debe ser y hacer, o sobre qué debe querer y cuáles deben ser sus "sueños". Uno puede elegir ser profesor o ingeniero o bailarín o cuidador de perros; y puede elegir si le gusta ver las series de TV gringas sobre forenses o si prefiere ver nada más canal 13. Y aunque falta ganar batallas civiles al respecto, incluso puede la gente ser gay o no serlo, por ejemplo. Además, hasta donde sé aún no lo matan a uno ni lo meten preso por escribir o decir lo que le venga en gana. (Hasta hace poco ninguna de las cosas anteriores se podían hacer tranquilamente, por ejemplo, en Cuba.) El caso de Parmenio, por ejemplo, no es el de un muerto por represión política, sino por intereses económicos de ciertas personas específicas.

En fin, yo prefiero la posibilidad de vivir en un país donde se pueda ser cada día más diferente (es decir, más parecido a lo que uno quiere ser), y no uno donde se decida -previamente a cualquiera de mis decisiones posibles- qué debo hacer, quién debo ser, en qué debo creer. Y lo ÚNICO que digo aquí es que ese mercado que tanto despreciás sí permite el surgimiento de ese tipo de diferencias (de gusto, de estilo, de placeres personales, de si soy gay o heterosexual o me gusta ponerme aretes en los pezones o me gusta vestir de traje entero o prefiero andar en chancletas o tener el pelo largo o corto, o si quiero trabajar como bestia para ganar o prefiero un trabajo sereno con menos ingresos, o si me caso con una china o india o nica o gringa o X o Y o Z etc etc etc.)

Por supuesto, está el tema de la diferencia económica, donde, claro, ahí sí, unos disfrutan garroteando a otros. Pero esto muy complicado: ¿Qué habría que hacer, eliminar por la fuerza la diferencia económica? Sí, ya sé, se me dirá al instante que esa diferencia se ha impuesto y creado por la fuerza, y que entonces sí habría que derrocarla por la fuerza. Pero ¿cuál fuerza podría hacerlo? Y digo esto tan escépticamente simplemente por en esto no confío en los seres humanos: creo que algunos seres humanos siempre van a tener la curiosidad y el deseo de tener más que otros y de hacer las cosas de otro modo de como alguien/algo dice que hay que hacerlas, aun si es la mayoría. Y creo que evadirnos de esto y hacer como si, de pronto, por decreto de un gobierno justo (¿el que habría eliminado por la fuerza la diferencia económica?) todos nos haríamos milagrosamente justos y buenos y no intentaríamos ya nunca más explotar a otro o simplemente tener o crear algo más o algo diferente, etc., no es más que una ingenuidad. ¿Por qué la gente no se hace toda cristiana, en sentido real, y vive como Cristo voluntariamente, o budista, o por qué voluntariamente una inmensa mayoría de gente no viviría como Gandhi, a pesar de admirarlo sinceramente?

Es decir, no se puede partir de la idea de que el “mal” hay que eliminarlo por la fuerza porque entonces después, naturalmente, vendría el “bien”. Lo cual no quiere decir que no haya que hacer nada. Solo que no se puede asumir que al eliminar por la fuerza algunos malos ya no va a surgir al instante otros malos o peores.

Por ejemplo, ¿después de cuántas “revoluciones” reales no se han creado y muy rápidamente nuevos “ricos revolucionarios” que toman las riendas de otro Estado “nuevo” pero en eso muy parecido al anterior?

Más preguntas (y si hago estas preguntas es porque yo NO tengo las respuestas): ¿La justicia sería que todos tengamos lo mismo por “decreto”? ¿Que no hubiera diferencias económicas por decreto? Que, por ejemplo, aunque una persona X quisiera (porque le gusta, porque lo disfruta, etc.) trabajar mucho más que una persona Y, ¿las dos tuvieran que tener el mismo poquito? ¿No sería más justo intentar pensar otra manera de resolver este asunto de las diferencias sin que la “respuesta” implique tener que sacrificar alguna de ellas? A mí, por ejemplo, es por este tipo de cosas que me suenan mucho más sensatas ideas de micropolítica o microrrevolución, de luchas puntuales que logran cambios concretos y contextuales, pragmáticos y ojalá institucionales, que diatribas mesiánicas o posiciones “totales” que creen tener todo el terreno claro y todas las respuestas ya conseguidas. Yo no creo, por eso, en cambios teledirigidos de arriba abajo, centralizados; creo que las cosas podrían mejorar más eficazmente si las mejoras fueran el resultado de cambios mínimos y cotidianos pero muy bien distribuidos (esto tiene que ver con teorías de “complejidad” y “emergencia” sobre las que no viene al caso extenderse ahora…), y en buena parte eso implica si son resultado de cambios personales (no de los Estados como grandes “todos” torpes para ver a las personas en su “concretitud” o especificidad, y no solo como estadísticas).

En fin, yo, por lo menos, creo tener derecho a (si así me da la gana) trabajar catorce horas al día si haciéndolo puedo comprar una casa cómoda y agradable para mí y mi familia. ¡Pero creo que también tengo derecho de no hacerlo y echarme en la cama todo el día! Con la diferencia de que si me echo en la cama todo el día no veo por qué nadie (ni el Estado) deba regalarme una casa. Y esto, por ejemplo, sí creo que sea una diferencia de ideas y no de imposición. Esta es mi idea, mi estilo, mi personalidad: yo creo (no porque me lo impongan así Oscar Arias o las Cámaras de Industrias o los gringos etc.), que uno debe ser y tener y contar con lo que merece, es decir, que en la vida uno tiene que ganarse la vida que quiere merecer.

Ciertamente es una mierda que, por como son las cosas ahora, sí hay estructuralmente causas de sobra que les imponen condiciones terribles de pobreza a mucha gente, por pésima educación, por pésimo uso de recursos públicos, por bandas de corruptos, etc. Es decir, que mucha gente que merecería mejores oportunidades ciertamente no las consigue. Pero no creo que de esa injustia se siga que yo, por ejemplo, deba perder mi derecho a querer más y a decidir cuánto y por qué trabajar, e incluso, si tuviera algún talento para eso, a hacer negocios e importar o exportar si eso me trajera mayores beneficios. Lo ideal, creo, sería encontrar la manera de no eliminar este derecho al tiempo que se mejoran sustancialmente las condiciones para que otros más puedan compartir también el mismo derecho, tras haber tenido las mismas condiciones y ventajas en cuanto a educación, salud, etc...

Entre muchos otros factores, para que eso fuera real el mercado tendría que ser efectivamente libre y justo, y no ese remedo de "libertad" que incluyen los tratados como ese que nos tiene aquí debatiendo. Por eso decía en mi texto que uno puede (sin tener que ser condenado como imbécil e inmoral por ello) no creer en las supuestas ventajas de ESTE tratado, y sin embargo no suscribir toda esa escatología contramercado, contracapitalista, etc., ni ese lenguaje conspirador, insultante, inquisidor, iluminado, moralista, apocalíptico...

Algo más, George: si fue una minoría RIDÍCULA la que eligió a OA, ¿dónde estaba y qué hacía la MAYORÍA NO RIDÍCULA? Si son tantos y tan inteligentes, ¿por qué no votaron todos masivamente en contra? Además, ¡ahora resulta que no solo OA es malévolo y satánico, sino también lo son los 600000 TICOS que votaron por él! ¡Pobres 600000, o les lavaron el coco o son imbéciles de nacimiento! ¿Por qué tanta falta de respeto? Yo conozco gente que votó por OA y que es gente muy inteligente (esto no es una contradicción), gente que respeto y que me consta que es además gente decente. Es por este tipo de cosas que creo que debiéramos evitar ese lenguaje generalizador...

Luego, varias veces me atacás veladamente como “relativista” (un derrideano huele esos tufillos desde muy lejos), como si todo me diera lo mismo o yo estuviera diciendo que “todo vale lo mismo”. ¡Por favor, si estoy diciendo justamente lo contrario! Si todo valiera para mí lo mismo, pues lo mismo me daría vivir en Venezuela, Cuba, España, Costa Rica, Nigeria, Haití, Irlanda o Japón. Y evidentemente tengo clarísimo en qué tipo de sociedad y lugar preferiría vivir. Por algo defiendo algunas cosas y no otras… O me daría lo mismo, por ejemplo, si se arreglaran o no las calles, o si se lograra o no sacar cada día a más corruptos de las instituciones públicas, o si hubiera o no que pagar impuestos, etc…

Tampoco creo que “Cualquier decisión política vale lo mismo”. No podría soportarme a mí mismo si fuera tan estúpido. Y tampoco me gustaría que mis amigos me creyeran tan estúpido. Es que si creyera eso, me daría lo mismo, por ejemplo, que gobernara el país un caudillo fascistoide o un caudillo populista, o me daría lo mismo tener derecho a una casa de mi propiedad y diseño o solo tener derecho a vivir en un cuarto despoblado que el Estado eligiera por mí... Evidentemente eso no me da lo mismo ni creo que valga lo mismo…

Creo, por lo demás, no estar atacando “a quienes RESISTEN por el simple hecho de resistir”. Creo que mi “ataque”, si es que lo había, era contra una retórica y un estilo que me parecen enfermizos y que se repite por todo el espectro de posiciones pro y contra: la reducción de la tan deseada “razón” a un conato constante de pleito: cada vez que alguien dice que va a dar un “argumento”, no puede evitar usar algún lenguaje insultante, cargado de prejuicios y ataques personales o de palabras simplemente peyorativas y descalificadoras. Eso fundamentalmente es lo que me asquea, venga de donde venga, de izquierda o derecha o arriba o abajo, del cielo o del infierno.

Más: Que habría que atacar –decís– a quienes tienen “las condiciones de su parte”. Bueno, pues sí, si se las han ganado robando, garroteando, matando, explotando a otros, excluyéndolos, etc. Pero no simplemente porque tengan dinero. Eso se llama envidia y resentimiento. Se puede y debe atacar la corrupción, los intereses creados, el uso de fondos públicos para enriquecerse, el robo flagrante, las mafias, la explotación, todo eso se puede y se debe atacar y ojalá erradicar judicial y políticamente. Pero lo que sigo sin aceptar es esa generalización que reduce y equipara a todos quienes tienen “condiciones de su parte” con criminales. Aparte de una simpleza, creo que es también una evasión y una irresponsabilidad: yo, por ejemplo, no creo ser pobre (o no-rico) porque mi pariente tal y tal o mi vecino cual y cual hayan trabajado por cuarenta años de sol a sol para ganarse bastante más dinero que yo.

Digo, una cosa es que estructuralmente nuestros sistemas políticos estén viciados y por eso mismo puedan ser manipulados por parte de tanto bicho… y otra muy distinta es irrespetar y condenar moralmente, por igual y sin distingos, a quienes se esfuerzan por hacer y ganar lo que desean hacer y ganar. Creo que es un matiz que se puede respetar sin llegar a radicalismos y, de nuevo, generalizaciones y más insultos.

Qué sea, finalmente, una “verdadera” diferencia, como terminás inquiriendo, es un enigma que me confieso incapaz de resolver… Creo que la diferencia, en el sentido más radical del término, es precisamente aquello que impide que una de tantas posibles diferencias pueda declararse absolutamente verdadera contra todas las otras posibles, de hoy y de mañana. ¿Cuál diferente, cuál otro, cuál persona diferente de otras, tendrá entonces el derecho de declararse poseedor de una verdadera diferencia y de condenar entonces las diferencias “falsas” de los demás? ¿No es eso, de cualquier manera que se vea, moralismo, casi inquisición, o peor: germen velado de totalitarismo?

Porque hay totalitarismos morales tanto como los hay políticos…

20 nov. 2006

albedrío

Mirar por la ventana, mirar golondrinas, nubes, cafetales. Saber que ya es tiempo. Haber vivido con una aspiración que ahora simplemente se ve a la distancia, como las nubes o las golondrinas: vuelan, giran, las veo pero no son mías, nunca han sido mías.

El deseo también se fuga como un ladrón cualquiera. Y dichosamente lo hace, pues ¿quién sería uno, raptado por sí mismo?

La mañana nublada. Las nubes son espejos... El famoso libre albedrío.

Es decir, la esperanza tampoco se destruye. Evoluciona.

17 nov. 2006

atmósferas


¿Por qué no escribir atmósferas en lugar de historias?

¿Por qué asumir o presumir que para escribir hace falta tener una trama que contar, inventar una fábula, hilar una historia… siempre cerrar algún círculo?

¿Es que no hay derecho a meramente escribir dando trazos fragmentarios y mostrando afectos o intuiciones súbitas sin la "necesidad" de relacionarlo todo de manera coherente?

Es el vicio metafísico detrás de la narración: suponer que las palabras deben ser expresión de un orden intelectual que las supera y les subyace, su “sentido”, su “razón”, su “propósito” (científico, político, sociológico, psicológico…).

Juntar palabras como adagios... No depender del orden aun si es imprescindible, no desearlo obsesivamente. No pretenderse capaz de hacerse erudito en sensaciones ajenas.

Pintar bosquejos y dejar que otros los llenen... El lector, de otro modo, ¿qué estaría haciendo?

La gente, de todas maneras, el mundo, todos los días, ¿no es un carnaval de enemigos? ¿Para qué aumentar las razones de odio?

Mejor, por ejemplo, sonreírle a un extraño.

10 nov. 2006

sin opción

El viejo está reventado de tanto vivir entre añoranzas e imposibilidades: saberse incapaz de volver a empezar, por ejemplo, o tener clarísimo qué hizo mal y no tan claro qué hizo bien. Hoy lo confiesa: “daría cualquier cosa –le dice a su mujer de toda la vida– por poder corregir tantas cosas que hice mal”. Ella, también cansada de no querer morir, replica: “ya no importa, ya no importa”.

El viejo, que de joven leía poesías y novelas, recuerda una frase de Thomas Mann que antaño repetía a menudo y nunca terminaba de comprender: “la palabra solo puede celebrar la belleza, no reproducirla”. Y seguramente ahora la recuerda y la piensa porque encuentra en los ojos fogosos y sencillos de su amada, vieja como él o tal vez más, no una belleza implícita o latente que podría intentar decir, sino la necesidad o la urgencia de celebrar con palabras más bien esta imposibilidad: que a pesar de que sus miradas han visto tantas cosas al mismo tiempo, aún no puedan saber que es eso que los sigue llevando juntos sin pausa, sin respiro, sin opción.

Finalmente comprende que es mejor no poder reproducir la belleza, y sí, en cambio, celebrarla, porque la reproducción la agotaría, la haría doble o múltiple o simplemente la iría erosionando con los días y las repeticiones. Celebrar la belleza es decirle “te quiero” a su amada vieja, pero no ser todavía capaz de decirle por qué.

"Te quiero", contesta ella, y lo toma de la mano y, como han hecho siempre, se marchan juntos por última vez.

9 nov. 2006

manifiesto críptico

Demasiada gravedad. O dolor inútil. O ni siquiera inútil: absurdo. Y demasiado “deber”, porque también puede haber excesos en el “deber”.

No más: a veces simplemente hay que atreverse a ser quien uno es, hoy. Porque no creo que haya un camino único, verdadero y bueno para todos por igual. Ni siquiera uno para uno mismo siempre.

Dichosamente, uno siempre tiene el derecho de hacerse otro.

Hay el camino que a cada quien le plazca, hoy.

Contra la producción masiva de objetos y creencias y sueños, afirmar la producción personalizada de objetos y creencias y sueños. (Customization de estilos de vida…)

Incluso la amistad es más “real” –es decir, más creada que presupuesta– cuando emerge de la diferencia que de la aparente identidad. Más aún, los iguales no tienen por qué hacerse amigos con esfuerzo y tolerancia y sensibilidad; su “igualdad”, generalmente gregaria de antemano, hace de la amistad un asunto previsto, incuestionable, homologizador. En rigor, no podría existir amistad entre iguales, precisamente porque tener todo en común es ni siquiera tener que ver al otro como otro. La amistad solo puede ganarse por el esfuerzo de acompañarse y quererse a pesar de las diferencias, de todo tipo de diferencias…

¿Pero es posible?

...

Por último, afirmar la belleza y el placer por sí mismos, sin necesidad de excusas sociológicas ni justificaciones teóricas.

30 oct. 2006

Costa Rica Miami

Proliferan hoy en día todo tipo de teorías de la conspiración (para quienes creen en ellas, seguramente también este post será parte de alguna). Y son comunes las proclamas escatológicas y la atmósfera es, en general, de ansiedad y pánico. En los periódicos, en las calles, en los blogs, por todas partes se da a entender que existe en Costa Rica un titiritero maquiavélico todopoderoso que está conduciendo el país hacia la ruina: él, solo, es el responsable de todos nuestros males; los demás, todos, el “pueblo”, somos una víctima enteramente inocente que solo padece, camino al matadero…

En este escenario, y desde mi perspectiva, quisiera hacer algunas precisiones que me parecen importantes:

(Aviso que será un post largo, digo, por si quieren retirarse a tiempo…)

1/
Aun si el supuesto titiritero tiene inclinaciones maquiavélicas, y relaciones dudosas, o posiciones malqueridas por mucha gente, etc., aun si ese es el caso, creo que es una exageración echarle la culpa a una sola persona por los males presentes y futuros de todo un país. Pero no solo es una exageración; es algo peor: es una evasión de la responsabilidad, pues equivale a decir: él es el culpable, y nosotros, todos, somos inocentes y nada tenemos que ver con la situación o realidad del país. Lo más raro es que en muchos sentidos el país ya estaba como está ahora desde antes de que el supuesto titiritero llegara a ocupar su posición actual de “liderazgo”; es más, en buena medida quizá pudo llegar él adonde está precisamente porque el país ya estaba como está…

2/
Algo similar pasa con el TLC. Alguna gente llega a la exageración de culpar al TLC por todos los males actuales del país. ¿Pero cómo diablos habría llegado el país a padecer estos males –que obviamente no son recientes– si el TLC ni siquiera se ha ratificado, si no ha existido aún como realidad efectiva? Es otra evasión de responsabilidad: obviar que muchos de los males de Costa Rica no se deben al TLC sino a procesos complejos que vienen de hace tiempo y no tienen un único responsable (ni persona ni ley ni tratado ni gobierno, etc.)… Es más, es probable que la obsesión que desde hace un par de años vivimos con el TLC haya más bien retrasado o impedido del todo la discusión de soluciones y alternativas para ciertos problemas o áreas de problemas que nada o poco tienen que ver con el TLC: la evasión fiscal, la corrupción tan “natural” entre nuestros ciudadanos, la ineficiencia de algunas instituciones públicas, la ruina en infraestructura, la patológica lentitud y falta de seriedad de la Asamblea Legislativa, la deserción educativa, etc., cosas, todas, que se podrían resolver sin TLC o que no tienen relación directa con él.

Creer, pues, que todo es culpa del TLC (que ni siquiera está vigente y, por lo tanto, por ahora sólo es una especie de espectro de un futuro posible que ha venido a poblar la actualidad) es nada más otra búsqueda de chivos expiatorios u otra evasión de responsabilidad. Será que es más fácil lamentarse y hacerse la víctima que pensar cuál es mi responsabilidad: qué puede hacer o proponer cada uno. Porque obviamente siempre es más fácil que el responsable sea otro: como cuando creemos, igual de simplistamente, que todo el mal en Costa Rica proviene enteramente del extranjero: nica, colombiano, gringo… El TLC, en este sentido, no es sino la reunión simbólica del peor de los inmigrantes: un gringo súper poderoso que vendría sin más a instalar por la fuerza otro Miami en Costa Rica

3/
Entiéndase: uno puede estar en contra de este tratado y a la vez no llegar a esos extremismos evasivos, simplistas, inquisidores… Por ejemplo, muchos se quejan de que la prensa y los pro-TLC reducen la oposición a la figura de Albino Vargas y los sindicatos, y creen que eso demerita la lucha y los motivos de lucha. Creo que eso es cierto. Pero caen en el mismo error y a veces reducen el mal contra el que luchan a la figura de Óscar Arias, haciéndolo ver como un tirano en potencia que gesta secretamente un ejército implacable que someterá a Costa Rica a una dictadura inexorable etc… Creo que fomentar con tanto ahínco esa imagen más bien ayuda a darle más poder, o a que algunos se lo crean, y obviamente creer en el poder de otro es darle poder…

En todo caso, es un gesto igualmente inútil y, estratégicamente –ante los ojos de la gente aún indecisa– otra simpleza o motivo de rechazo: en lugar de argumentar por qué el TLC sería nocivo para ciertos sectores del país, hay algunos que aprovechan cada ocasión para simplemente insultar al señor ese por quien, a pesar de todo, votaron más de seiscientos mil costarricenses, con lo cual, de nuevo, se reducen todos los problemas del país a una sola persona.

4/
En un sentido similar, uno puede estar en contra de este TLC y a la vez a favor del comercio internacional, y a favor de hacerlo cada día más justo y no (falsamente) “libre”. Incluso es posible –lógica y moralmente– estar en contra de este TLC y a la vez a favor de la apertura en la prestación de ciertos servicios. Y obviamente –aunque a muchos no les guste– también tiene la gente derecho a simplemente estar a favor de este TLC y creerse de verdad que es lo mejor para el país; es decir, al contrario de como piensan muchos, no veo razón para pensar que todos los que están a favor son o imbéciles o inmorales o las dos cosas.

Yo prefiero un país donde se tenga el derecho de estar a favor y en contra de algo y defenderlo (sin por eso ser (pre)juzgado moralmente) a uno donde todos estuviéramos “inclinados” a pensar lo mismo…

5/
Relacionado con 1. La actitud más fácil y generalizada ha sido, últimamente, echarle la culpa de todo el mal real y posible de Costa Rica a Óscar Arias y sus secuaces en el gobierno y los grupos empresariales. O, desde el otro bando, a Albino Vargas y un par más de líderes sindicales. En el primer caso, a pesar de lo que uno piense del Sr. Arias, no veo cómo se le podría culpar a él por problemas que se han venido gestando en Costa Rica desde hace décadas. Porque la ineficiencia del sector público, las trabas burocráticas, los tortuguismos, las corrupciones privadas y públicas –algunos de los motivos de queja para mucha gente pro-TLC– no son creación de este gobierno sino de muchas personas y decisiones y costumbres, y desde hace tiempo…

Otro caso: por todas partes –lo he leído en muchos blogs, por ejemplo– se queja la gente de que “quieren” (otra vez la idea de que hay titiriteros que nos imponen cómo comportarnos, qué querer, etc.) hacer de Costa Rica otro Miami, es decir, que “quieren” enviciarnos con más consumismo. Llamaré a esta situación “la hipótesis del gran tentador”; es como si algún ser poderosísimo tuviera la capacidad de tentarnos diabólicamente a pecar todos los fines de semana: a comprar y gastar y endeudarnos por minucias y banalidades… ¿Pero quién quiere eso? ¿Otra vez Óscar Arias? Y si es cierto que lo quiere uno u otro, este o aquel, ¿por qué diablos les hacemos caso si en realidad no nos interesa? El desdeñado consumismo es un fenómeno ya viejo y complejo al que no se le puede adjuntar un simple culpable; y menos se gana, creo, si se le ataca desde posiciones moralistas dignas de inquisidores...

¿Es que quienes más critican esta actitud no han pensado que quizá muchísimos costarricenses sí quieren que Costa Rica sea como Miami? Y que lo quieren porque sí, porque les gusta, sin que sea parte de un complot teledirigido. He conocido incontables personas en Costa Rica –de todos los estratos sociales– cuyo sueño de vacaciones es ir de compras a Miami… Claro, dirán que la injusticia está en que algunas personas sí pueden hacerlo y otras no. En parte, sí; pero, por otra parte, ¿quién es uno –uno cualquiera– para decirles a los demás qué deben soñar?

Quienes detestan ese escenario (y ese deseo) tienen todo el derecho de detestarlo; pero creo que es una ingenuidad culpar por eso a una persona o, incluso, a una “clase” (si es que fuera tan fácil de identificar) o a un tratado de comercio que ni siquiera, hoy, está vigente… Que algo nos cause asco no basta para calificarlo de inmoral. En principio solo es diferente. De modo que al consumismo y al deseo de consumismo no basta con atacarlos moralistamente; habría que mostrar por qué sería más conveniente otra actitud, o por qué sería mejor social y políticamente, etc. Y si lo hiciéramos, ¡aun así habría gente que querría seguir siendo consumista! Un conocido que labora en un banco me contaba hace poco que el “pueblo” entero de Costa Rica está cada día más endeudado por préstamos para consumo. Y no solo los ricos. También las familias más empobrecidas: al parecer, a veces en lugar de endeudarse para mejorar el estado de su casita, prefieren endeudarse para comprar un televisor de plasma. Yo no creo que eso sea culpa de Óscar Arias. (Digo, por aquello de las exageraciones…)

Y ya sé, se dirá entonces que todo este problema es culpa de los gringos, de su modelo globalizador-por-la-fuerza, de sus inmoralidades liberales y corporativas, y que quieren imponérselo al mundo entero, y que la pobre gente que en lugar de una mejor casa quiere un TV de plasma es solo una víctima de las políticas económicas de Washington y las megacorporaciones, etc… Y bueno, aunque haya algo de eso, no creo ni que eso lo explique todo ni que sea motivo de temor apocalíptico… Por alguna razón se le hará tan llamativo a tantas y tantas personas ese modelo y su noción de “libertad”; y, al parecer, menos atractivo el proyecto de sociedades cerradas y dirigidas de arriba abajo de manera centralizada, o en las que todo esté decidido por un caudillo o un centro de poder, incluso la idea de lo bueno, de lo correcto, de lo que debemos desear y tener, de cómo comportarnos, qué poder decir, qué soñar…

En un país como Cuba, por ejemplo, y a pesar de sus muchas virtudes, el consumismo está prohibido estructuralmente. Ante eso, yo, por lo menos, no me siento con autoridad moral para asegurar: 1) la media de cubanos es más feliz que la media de ticos, o que la de cubanos que viven en Miami. 2) Que eso sea correcto o bueno o mejor para todos por igual. El principal problema con ese tipo de prohibición estructural es que consigue generalmente eso: imponer una idea de lo bueno o deseable a todos por igual.

Un contraargumento: el mercado y el consumo también imponen una moral y una idea de lo bueno: comprar, tener más, competir, alardear, crear empobrecidos y excluirlos, etc… Sí, sin duda lo hacen. Pero en una sociedad cerrada estructuralmente al mercado yo no podría elegir comprar o no cierto tipo de televisor; en cambio, en una sociedad abierta al mercado uno puede incluso elegir no comprarlo, no quererlo o no necesitarlo... O bien, asumiendo que ya tenemos el televisor, en una sociedad abierta como la costarricense actual yo puedo elegir, por ejemplo, si veo E! Entertainment o el canal de la UCR. Probablemente en una sociedad cerrada alguien decidiría que solo puedo ver uno de esos canales. La diferencia es que en el primer caso la decisión depende en última instancia de mí, y no viene tomada de antemano como un mandamiento que no tengo siquiera derecho de violar... (Y bueno, sí, ya sé que para algunos uno es inmoral simplemente por la frivolidad de querer tener la opción de elegir qué aparatitos quisiera tener y usar… Espero que el ejemplo se tome analógicamente…)

Por otro lado, no creo que sea solo por el consumismo que muchas personas sí quisieran que Costa Rica se pareciera más a Miami, y entonces habría que preguntarse por qué lo querrían y qué quiere decir (o qué oculta) ese deseo…

6/
Me parece enfermizo e infructuoso estarse peleando por quién representa al verdadero pueblo costarricense. Creo que eso no tiene respuesta –es mera ideología, o trillada metafísica– y que sería mejor no hacer siquiera la pregunta. El “verdadero” pueblo no existe como un sujeto identificable que uno pudiera señalar en la calle al verlo caminar. El verdadero pueblo no fue, por ejemplo, solo el que marchó, con justo derecho, por las calles el pasado 23, sino ese y muchas otras personas que no marcharon, incluso, pues, quienes están convencidos de que el TLC es mejor para el país.

Yo, por ejemplo, no estoy a gusto con este tratado, o con algunos de sus pormenores, pero estaría menos a gusto si en el país esas personas que sí creen en él –no por intereses solo propios, sino por un convencimiento real de que es conveniente– no tuvieran derecho a creerlo y quererlo. Y simplemente porque no creo que nadie –ni Óscar Arias ni Albino Vargas, ni los notables ni los obispos, ni los consejos universitarios ni las cámaras de comercio, ni usted ni yo– tenga en su poder la razón o la verdad fuera de toda duda; y hasta donde sé ningún ser humano es realmente capaz de prever el futuro (especialmente porque somos seres vivos y no máquinas programadas, y porque, al serlo, también nuestras sociedades se comportan, en mucho, como organismos vivos, de manera impredecible, variable, etc…).

Es decir, cualquier decisión está sujeta a riesgo. Incluso, son escenarios posibles los siguientes: que con TLC el país podría mejorar, o que sin TLC el país podría empeorar, y lo contrario también es posible… Con esto no quiero decir que no haya que analizar todo exhaustivamente y tomar eventualmente una decisión; hay que hacer ambas cosas; pero en cualquier caso nada está seguro y, por eso al menos, habría que moderar el lenguaje que usamos para defender una cosa y otra y dejarnos de moralismos y sentencias escatológicas.

Dicho de otro modo, no creo que nadie debiera sentirse más lúcido que los demás, iluminado y con poder de guiar a todo un país hacia la verdad y el edén… A mí, al menos, estos discursos mesiánicos me atemorizan visceralmente, pues suenan, de verdad, a intención dictatorial o Apocalipsis inminente. Actitud que, por lo demás, es común en ambos bandos de este conflicto. En el bando de los PRO, tratan de imbéciles e inmorales a quienes se oponen; y en el bando de los CONTRA, tratan de imbéciles e inmorales a quienes están a favor. Con lo cual lo único que se logra es reducir la “discusión” a pleitos personalizados que se resolverían mejor en un ring de boxeo…

Quizá habría que empezar por pensar que en esto no se trata de ser inmoral o estúpido, solo de tener ideas y opiniones diferentes sobre cómo debiera funcionar económica y políticamente el país, o de creer en diferentes moralidades, pero no de ponerse cada uno por encima de los demás diciendo, platónicamente, “solo yo sé qué es lo Bueno y lo Verdadero, los demás síganme”…

En suma, que para evadir conductas y realidades gestadas hace tiempo en Costa Rica, y para evadir la responsabilidad de cada uno –cómo me comporto cotidianamente con los demás, cómo trabajo, si me aprovecho o no corruptamente de los servicios públicos, si exijo del Estado todo tipo de infraestructuras y regalías pero no creo en pagar ni medio colón en impuestos, etc.– es ciertamente más fácil buscar chivos expiatorios o imaginar conspiraciones apocalípticas que asumir ciertos deberes y ciertos hechos, por ejemplo este: mucha gente en Costa Rica –con Óscar Arias o sin él, con TLC o sin él– parece querer ser consumista y disfrutarlo; y que, a la vez, otro grupo de gente prefiere no serlo y también lo disfruta. O el hecho –se olvida demasiado– que en efecto más de seiscientas mil personas –la mayoría de las que votaron– quisieron que Óscar Arias fuera presidente. Y que, al menos hasta ahora, no ha habido actos realmente dictatoriales ni “militares”, como dicen por ahí, de nuevo, creo, exageradamente…

Finalmente, recuerdo que en el 2004 publiqué en La Nación (insisto: en La Nación) un texto que describía a grandes rasgos mi posición sobre el TLC en aquel momento. Sobre algunas cosas sigo pensando lo mismo, sobre otras ya no. Pero lo que sí sigo sosteniendo es que esta es una decisión tan importante para el país que ameritaría tomarse mediante la figura del referendo. Además de que la gente sentiría más derecho de participar, la responsabilidad no sería la de una sola persona o la de los 57 diputados. Es decir, así al menos habría más razón para pensar que fue una decisión de país y no de solo unos cuantos, de este bando o del otro. En el futuro, sea cual fuere la decisión y los resultados, la responsabilidad sería de todos los que votaron (¡y los que no!), es decir, sería una responsabilidad compartida. Y ese simple hecho, ¿no nos haría sentir mejor a todos?

19 oct. 2006

la escritura sustantiva

Algunas personas creen que la escritura debe idealmente reducirse a los sustantivos, a la descripción substancial del mundo o los hechos, es decir, a la objetividad. Por eso huyen de los adjetivos como de la peste.

Yo no sé cómo pueden estar tan seguros de qué es el mundo objetivo; pero creo que una escritura de sólo sustantivos sería una escritura metafísica, pues reduciría el mundo a una suma de cosas que veríamos sin hacer juicios estéticos, como lo haría, quizá, una computadora.

A mí todo eso se me hace harto sospechoso. Un atardecer, por ejemplo, no lo ve igual un oficinista que recién ha salido, hastiado, de su trabajo; que un indigente que ha pasado el día entero husmeado por migajas, pidiendo para sobrevivir; o que un ricachón que un lunes por la tarde va en su 4x4 último modelo a la playa porque todo un ejército de empleados vela para que sus finanzas sigan el ritmo creciente que deben seguir. Y si, en un cuento o una novela, el narrador tiene de personaje al oficinista hastiado, al indigente famélico o al ricachón campante, pues obviamente tiene que distinguir el atardecer entre los respectivos sujetos, pues todos ellos, dichosamente, no son la misma máquina de calcular, sino personas con facultad de juzgar estéticamente lo que miran. Tal vez, para el oficinista subremunerado el atardecer no sea sino la hora de coger el bus a su casa, es decir, una hora de multitudes y estrecheces, de cansancio y desinterés por todo, incluido, claro, el astro rey en su descenso cotidiano. Para el indigente, de modo similar, el sol no representará mayor espectáculo, por más impresionante que fuera su descenso en el día en cuestión, pues sólo anuncia otra noche con el estómago vacío. Pero para el acaudalado que va por la autopista camino a la playa este lunes por la tarde, el sol no es sólo una luz que le obstaculiza la visibilidad, sino en realidad un espectáculo venturoso. Además, ¿sin adjetivos, podríamos verdaderamente experimentar, juzgar y decir la injusticia que entraña que solo para un rico llegue a ser el atardecer un fenómeno estético con cierto sentido vital?
La objetividad, tanto como la ontología, sólo se le da bien a las máquinas o a los ángeles, pero no a los humanos, tan imperfectos y anhelantes, ilusos y arriesgados.

Esta no es una posición realista en sentido fuerte, ni mucho menos subjetivista, en ambos casos dos ingenuidades. No creo en ningún extremo, ni en la pura objetividad ni en la pura subjetividad: el ser humano habita siempre en el "entredós" de los extremos, en zonas difusas o de incertidumbre; eso, precisamente, es para mí la realidad, y por eso no creo posible describirla a cabalidad.

Y si no se puede prescindir ni del sustantivo ni del adjetivo, lo que, entonces, cabe, es la moderación: la búsqueda del balance justo entre ellos. ¿No es eso, en todo caso, siempre un poco lo que debiéramos hacer los seres humanos, buscar balances justos entre extremos imposibles?

13 oct. 2006

América Central

Revista y artículos interesantes sobre América Central: Istmo.

22 sep. 2006

apatía

…la apatía solo llega y luego ni se va ni nos deja actuar, solo nos acompaña y nos nutre de desencanto, nos invita a dejar pasar el tiempo, que además hay que ocuparlo en cosas y tedios y uno trata de realmente no hacer nada pero es imposible. La rutina es una telaraña. Las personas, posibilidades olvidadas, decrecientes en número, mudas. Y los libros de siempre, viejos, privados, perseverantes, son objetos inútiles porque no le gustan a nadie y nadie los lee y un libro que nadie lee no es libro, es un pisapapeles, un posavasos, un arma muerta. Y sin embargo siempre es posible volver al papel, aun si es nada más para exteriorizar ante uno mismo el absurdo y hacerlo consistente o material y creer que así, al hacerse tangible, será posible soplarlo y desvanecerlo o arrugarlo y tirarlo como un apunte cualquiera o, por ejemplo, uno de esos papelitos de publicidad que le dan a uno al salir de las escaleras eléctricas del mall, o en la calle, clases de inglés dos por uno, porción de pizza con refresco gratis… El tedio puede reverberar como una nota sostenida, alargada, agudizándose, penetrando y posándose como un ave nocturna en la tapia desnuda, sin repello ni pintura, tal vez una lechuza blanquísima, es cierto que improbable, pero algo vivo que, en la parálisis de la noche moviera apenas sus ojos y girara su cabeza atenta y sin que lo notara el mundo volara y apresara al pobre ratón que solo para ella estaría ahí: oculto para todos pero no para ella. ¿Es que todos podríamos aprender a ver u oír algo que solo uno podría ver y oír? Y de ser así, ¿qué habría que hacer con eso, guardarlo, acumularlo, o soltarlo y dejarlo ir aun si nadie más pudiera verlo u oírlo? Aunque también es posible que siempre fuera una ilusión o una ingenuidad y que no hay nada verdaderamente propio de nadie, y eso que alguien creyera poder oír o ver o saber con exclusividad fuera simplemente una locura o un engaño, siempre una trampa, o una excusa, una manera sutil en que la vida se esfuerza por romper esa apatía que a veces solo llega y luego no quiere irse ni dejarnos actuar y solo nos acompaña y nos nutre de desencanto…

21 ago. 2006

posiciones y posturas

Me da la impresión que cada día se pone más de moda la reducción de las culturas y los pensamientos a un combate.

Y no sólo por parte de países o sus “representantes”. También es común, hoy, que las personas actúen y hablen como si desde siempre hubieran estado “acomodadas” en una posición fija y, en lugar de repensarse las cosas y preguntar y argumentar (incluso consigo mismas, aunque eso implique cambiar a veces de opinión), sólo buscasen lecturas y argumentos y posiciones que les confirmen lo que ya creían saber de antemano... Parece como si hubieran nacido con todas las opciones decididas y todas las posiciones “correctas” encontradas y asumidas.

Al principio a uno le puede dar cierta envidia ver la claridad que tiene tanta gente: claridad moral e intelectual. Y a uno le da envidia porque uno vive casi siempre confuso ante este mundo tan abigarrado, o simplemente indeciso respecto de fenómenos complejísimos y sólo en apariencia simples, por ejemplo que si se muere o no Fidel y qué va a pasar en Cuba y, más importante, cómo va a pasar lo que sea que vaya a pasar; o que si Israel algún día va a querer dejar de recluir en ghettos a los palestinos y si los palestinos van a estar dispuestos a reconocer a Israel como Estado… Tantas otras cosas…

En fin, que mucha gente ve como un “pecado laico” cambiar de opinión a la luz de nuevos acontecimientos, o debido a la variedad de los contextos y sus interminables matices, o simplemente a raíz de nuevas informaciones que uno pueda hallar de casualidad, o perspectivas que uno no había pensado antes y de pronto piensa.

Es que aparentemente la moda –y el imperativo irrenunciable, el que más pánico le mete a mucha gente entre pecho y espalda, es no dejar nunca de estar a la moda, alguna moda– es esa: preferir que se hunda el mundo (o el país, o el grupo x al que uno pertenezca, o uno mismo) antes que cambiar de opinión o reconocer un error, o ceder en algo o recapacitar o, de verdad, negociar con el enemigo.

Es como si el signo actual de los tiempos –el más común por todo el mundo– fuera la soberbia. Porque muchos siguen pensando que negociar es ya “perder”, por el simple hecho de renunciar a la fuerza, como si, de hecho, lo único noble para un ser humano fuera pelear por la fuerza hasta que sólo quedara un único “ganador” en pie. A mí me cuesta entender cómo ese último podría sentirse ganador después de haber destruido medio mundo, propio y ajeno, pero bueno, que precisamente por ahí anda la cosa, en cómo llegamos a pensar tales pensamientos y defenderlos a muerte.

Lo bueno –para mí al menos– es que aquella gente de claras conciencias ya no me provoca envidia. Quienes tienen todo claro me parecen más autómatas que seres pensantes; quienes fácilmente encuentran la posición moral correcta para cada situación y problema y se sienten por eso santificados o simplemente “buenos”, apegándose a las fuentes (bibliográficas o políticas) de su particular elección como a evangelios; quienes siempre y de antemano tienen clarísima cuál es su posición, pues esos me parecen simplemente gentes de mentalidad militar: la posición rígida y dogmática, ¿no es siempre una posición militar, una posición que vive para estar a la espera de la guerra precisamente porque invita al enfrentamiento?

Por eso el pensamiento debería entrenarse no ya tanto en posiciones militares y técnicas de guerra, sino en posturas de baile. Estas, además de agradar al sentido estético y entretener, tienen la ventaja de tener una predisposición más bien al movimiento e incluso a la improvisación, al mutuo entendimiento de las partes, acaso sólo para que una no maje a la otra en un dedo o de plano le haga una zancadilla. Digo, que acaso sea mejor inventarse un camino juntos bailando que, con posiciones firmes, tratar de obligar al otro a que siga mi camino previsto.

Por todas estas razones he decidido empezar a practicar la desconfianza. Y voy a empezar por desconfiar de quienes no quieran bailar y tengan, en cambio, siempre clarísima y prevista su posición, su única posición, bastión militar y muralla infranqueable.

Obviamente es de esperar que si uno se declara –por prudencia propedéutica y deseo de tolerancia– sin posición rígida ni defendible a muerte, eso bastará para que lo tachen de “relativista”, “nihilista”, “inmoral” o simplemente imbécil. Lo cual no es grave, claro, pues creo que es preferible ser un imbécil confundido que un imbécil asesino (o un imbécil que simplemente elige apoyar a un bando de asesinos en contra de otro bando de asesinos, es decir, uno de esos imbéciles que reducen la realidad a oposiciones –sin alternativa– entre distintos bandos de asesinos).

En suma, que no creo que se trate, hoy en día, de ponerse del lado de un bando o del otro, creyendo que uno, y sólo uno, tiene finalmente la razón, sino de buscar maneras de que las cosas, cada día menos, se vean desde esa perspectiva reduccionista de unos (buenos) contra otros (malos), pues obviamente los buenos de aquí serán los malos de allá y viceversa y mientras se sigan viendo así las cosas lo más probable es que no lleguen nunca a cambiar demasiado. Por otro lado, difícilmente la razón será algo que solo pueden tener unos y nos otros, con lo cual pretender poseerla en sentido absoluto, como si fuera una cosa, más parece una tontería o llanamente una inutilidad.

Y sin embargo, lo que más me duele es que esta moda guerrera ha penetrado ya tanto en la cotidianidad que parece reproducirse sin más entre familias, entre amigos, en la academia, en las aulas, en la calle: las personas parecemos vivir con bombas morales en la boca y con una sospecha omnívora que nos hace buscar con desesperación cualquier oportunidad para sentirnos atacados y atacar, para sentir que el malo es el otro, siempre algún otro y nunca uno mismo. O que en la vida, en general, se trata en última instancia de pelear y ganar.

Es una lástima, entre otras cosas porque bailar solo –o bailar solamente esos bailes de modas pasajeras en los que todos repiten al unísono los mismos movimientos– no será nunca tan gratificante como bailar con otros y con libertad de movimiento.

Recuerdo a Nietzsche, tan mordaz como siempre, que decía: "Sólo creería en un dios que supiera bailar." Desgraciadamente, los dioses que hoy en día están de moda parecen ser de una tiesera brutal e incurable.

10 ago. 2006

cultura del slow down

Un texto con ese título anda divagando por Internet (cadenas de email, blogs), y por una vez es un texto-cadena más interesante de lo común. A mí me llegó por mi hermano y a él le debo el post. Es sobre el ejemplo sueco de "vida lenta" y ocupada más de la calidad que de la cantidad... Creo que en este link está el texto original.

Después de leerlo lo primero que se me ocurre es que, claro, muchos sin duda dirán que para los suecos es fácil practicar ese modo de vida porque ellos tienen su problema económico, como sociedad, resuelto, y que, para un país en vías de desarrollo, o flagrantemente pobre, pues sería imposible hacer algo parecido... Se dirá: nosotros tenemos que correr, trabajar más, para poder ser más productivos y eventualmente más ricos, etc. Pero el punto del texto es precisamente que se puede ser más productivo trabajando menos. Lo cual, a todas luces, es sensato, y no sólo por inclinarse uno a la serenidad, sino efectivamente en términos pragmáticos: una jornada diaria de ocho o más horas de trabajo rutinario y cansino genera en los trabajadores tanta tristeza y aburrimiento que buena parte de esas ocho horas las dedican a cualquier otra cosa.

Por citar un caso, hace poco tuve que hacer un trámite en Tributación y mientras esperé las dos horas que tuve que esperar, obviamente despotricando mentalmente contra la ineficiencia de las instituciones públicas costarricenes, vi con toda claridad que buena parte de quienes trabajan allí se pasaban caminando de un lado a otro sin una razón evidente. Una señora, de hecho, debe haber pasado frente a mis ojos unas dieciocho veces, sin documentos en las manos, si destino manifiesto, hablando de cualquier cosa con quien se topara, etc... Y en el fondo no los juzgo: su trabajo es mecánico y tedioso, recibir formularios, revisar formularios, toda la vida lo mismo. Es cierto que sus jornadas son más cortas que las de otras personas en empresas privadas u otras instituciones, pero sus condiciones de trabajo no son por eso maravillosas, entre otros factores porque las instalaciones de las instituciones estatales tienen esa rara costumbre de ser lugares inhóspitos, decrépitos, deprimentes; ejemplo: el edificio o galerón al que debemos acudir a sacar o renovar la licencia de conducir...

En fin, que tal vez si nos acostumbráramos a trabajar menos tiempo pero de mucho mejor manera, las cosas irían también mucho mejor, quizá los trabajadores estarían menos deprimidos y tendrían más tiempo para sus familias y pasatiempos, para su vida, y entonces el poco tiempo que tuvieran que trabajar lo aprovecharían al máximo, incluso con ganas y creatividad. A mí, al menos, el eslogan me suena atractivo: "trabajar menos para producir más". ¿Se acostumbraría la gente... digo, a la segunda parte?

9 ago. 2006

sapiens

Relacionarse solo con los iguales o muy parecidos es uno de los signos más claros, creo, de cobardía y estupidez. Siempre he tenido la impresión de que la inteligencia sólo puede desarrollarse si anda cerca de la diversidad. (Y me refiero tanto a la inteligencia moral como a la intelectual etc.)

Por supuesto, a muchos no les interesa la inteligencia, y otros no pueden siquiera darse cuenta de las diferencias entre la inteligencia y la falta de ella.

Creo que la inteligencia, para serlo, no puede ser ni sólo intelectual ni solo moral, sino su justo encuentro. (Ojo: me refiero a "moral" casi como algo contrario a "moralista", es decir, a todo lo que tiene que ver con las relaciones entre personas independientemente del saber -verdades, prejuicios, costumbres, etc.- de unas u otras.)

En todo caso: que la racionalidad debiera servir para algo más que para sumar y restar y hacer cohetes y trasplantar hígados. Si la racionalidad no encuentra eventualmente la manera de pacificar al depredador que llevamos aún dentro, ¿tendríamos derecho de seguir llamándonos sapiens sapiens, seres inteligentes? Parece que en general seguimos siendo animales salvajes, sólo que ahora tenemos misiles y avioncitos de guerra. Al menos los otros animales, los de verdad, son más honorables: usan solo sus patas, garras, dientes, y su mirada temeraria o intimidante, o sus olores virulentos o sus estrategias de mímesis… En fin, que matan porque tienen que matar y no por crueldad o megalomanía.

Simplemente me llegó este post de golpe tras ver este de Mariposa.

6 ago. 2006

vivir, la ignorancia

Imagino que Dios, si existiera, nos habría dado como su único y mejor regalo el sentido de la vida: el sinsentido de todo lo demás.

La única garantía de que la vida no pueda llegar a ser totalmente absurda, incluso imposible, es que siempre haya una buena cantidad de incomprensibilidad y de aporías.

Vivir es no saber, es curiosear, vivir es preguntarse. Veo a diario, por ejemplo, que incluso mis perros pasan todo el día preguntándose cosas. Supongo que saberlo todo sería algo muy parecido a estar muerto.

Las mejores cosas de la vida siempre están mezcladas con cierto grado de oscuridad.

La naturaleza, en general, es a la vez sublime e infernal, siempre las dos cosas y nunca una sola. Quizá sea ese el signo más evidente –al no ser evidente– de que hay cierta inteligencia en el universo, pues si las cosas fueran nítidas y unívocas no habría para qué pensar, ni siquiera para qué vivir.

Nuestro “don”, pues, sería que nuestro saber esté fomentado y limitado –a la vez, inexorablemente– por cierta ignorancia fundamental.

3 ago. 2006

Galeano sobre Líbano e Israel

Galeano lo resume, aquí.

20 jul. 2006

nada

Hoy no quiero nada. No te pido nada. Hoy descanso y me canso de tanto no querer.

Hoy no estoy, me retiro. Floto en el vacío. Y el vacío es soñar con poder escribir líneas en blanco.

Hoy no quiero nada. Y menos que me pidan nada. Hoy quiero estar sin tiempo, sin deberes; sin mujer ni espacio; sin objetos ni caricias; sin lágrimas ni poesía: sin hipocondrías ni ambiciones. Estar nada más, quieto como un número: siempre idéntico a sí mismo.

Hoy no quiero nada... ¡Pero eso es tanto querer!

13 jul. 2006

zidane

Zidane siempre fue mago y tenía que serlo hasta en la manera de terminar su historia con la selección francesa. Un amigo mío lo puso muy claro: podría haber escupido a Materazzi, o haberle dado un empujón, pero no, su represalia la ejecutó con creatividad y elegancia, cabezazo al pecho, como un carnero...
Lástima que en los medios lo de Zidane se haya convertido en una manera más de poner en evidencia el morbo y la obsesión que se tiene con y por la violencia física, ostensible, y en cambio la especie de permisiva inexistencia que goza la violencia solapada, o sólo verbal (todo lo que no puede aparecer en TV), como si la violencia que no se ve no fuera tan real (o más) que la que sí se ve... Pero es al revés: la violencia, cuando no se ve, y precisamente porque no se ve, es más tenebrosa que cualquier otro golpe o estallido manifiesto.
Por eso, aunque no sepamos qué le habrá dicho Materazzi a Z., yo le apuesto a que, por mucho, fue más violento que el golpe de Zidane...
En todo caso, el mundial parece haber premiado otra vez el mal fútbol.
Y Zidane sigue siendo el mago, aunque ahora sepamos que es, además, un simple animal humano.

29 jun. 2006

6 meses de blog bajo la lluvia


Despertarse y ver que el mundo es un aguacero parece una pesadilla que de algún modo se coló a la vigilia. Ya sé que vivir en este país implica saber y aceptar que puede llover hasta nueve o diez meses al año; pero cuando desde que uno se despierta el cielo ya está borrascoso y hay que sacar a los perros con paraguas, no, es deprimente. De hecho, siempre me han deprimido las lluvias (“probabilidad de lluvias”, dicen los sabelotodos del Meteorológico, ¡qué gran descubrimiento científico!), y más si vienen con retumbos y destellos eléctricos… es que vivir bajo un cielo encapotado y las calles anegadas (o “caminos”, para no exagerar)…

Pero no quería escribir sobre eso.

Hace seis meses empecé esta bitácora sin tener muy claro qué iba a hacer en ella. He intentado varias cosas y casi siempre me siento insatisfecho. Curiosamente, es muy distinta de mis diarios en papel, cuadernos interminables de… No importa. Por un momento, al principio, pensé que en este espacio virtual me inclinaría a escribir sobre asuntos más técnicos –no sé bien cómo definirlos– o “teóricos”. Es decir, sobre mis intereses en filosofía y en general sobre mis temas recurrentes de lectura (aparte de novelas): la desconstrucción y la obra de Jacques Derrida, la posmodernidad, las relaciones entre filosofía y literatura; o el otro lado de mis intereses y pasiones intelectuales (sí, hay tal cosa): asuntos de últimas tecnologías y sus efectos socioculturales, psicológicos, evolutivos (cibernética, inteligencia artificial, biotecnología, etc.), futurismo, transhumanismo, las consecuencias políticas de las tecnologías (por ejemplo), principalmente cuando se las apropia la gente común (smart mobs, etc…) Pero es un panorama tan diverso y confuso –para mí, digo, que abuso tal vez de ese barroquismo temático–, que finalmente pensé que usar el blog para escribir sobre todo eso sólo sería ventilar mis propias confusiones o, al menos, ese “desorden teórico” que, al menos en privado, para mí es inofensivo y hasta lúdico, precisamente porque no sigue un programa académico, ni padece por la obligación de sistematizarlo...

Yo creo en la escritura autobiográfica, pero creo que al escribir autobiográficamente uno debe esforzarse por hablar cada vez menos de uno mismo; es decir, creo en la escritura autobiográfica impersonal, lo cual, claro, habría que explicar mejor, pero no es este el momento. Lo que quiero decir, tal vez, es que no me gusta hablar de mí, ¿por qué habría de ser yo –mi vida íntima– un tema interesante para algún lector? Además, en esta época de locura publicitaria y massmediática, donde todo se organiza para intentar que uno se muestre o desee mostrase, creo que lo más sensato es esforzarse por quedar oculto, al margen, y actuar desde allí, disimuladamente, por ejemplo escribiendo, pero sin llamar demasiado la atención… Pero por otro lado, sí creo que cada quien debiera escribir desde su propia experiencia –sin fingir falsas distancias, objetivas o ficcionales–, es decir, sin pretender desaparecer del todo detrás de enrevesadas tramas novelescas o de hiperanalíticos proyectos ensayísticos o científicos…

En fin, y sólo para esclarecer un poco el contexto de esta nota introspectiva –de la cual probablemente me arrepentiré en un par de horas, o tal vez no–, baste con decir o confesar que quizá mi confusión se deba a esto: casi me gradué como ingeniero en electrónica (desistí cuando me faltaban muy pocos cursos), luego, como en lugar de estudiar a fondo la arquitectura de los microprocesadores prefería leer a Nietzsche, a Camus, a Dostoievski, me lancé a otro extremo y me gradué finalmente como licenciado en filosofía (tesis sobre Jacques Derrida). [Del baúl de los recuerdos: texto mío sobre cambio de carrera en Áncora de 1997]. Y sin embargo, a pesar de esas dos aventuras académicas, trabajo principalmente como traductor –aunque también he trabajado como profesor, como vendedor de libros, como cuidador de perros– y en realidad desde hace varios años sólo he querido encontrar la manera de poder dedicarme a escribir, sólo a escribir. Sobra decir que no lo he conseguido, aunque el proyecto sigue en pie y en obra (he escrito, por ejemplo, unas cuasinovelas con las cuales no sé qué hacer).

Esto habría de bastar como contextualización autobiográfica. Decir más sería confesar impúdicamente o pecar de narcisismo o megalomanía: una obscenidad o una impertinencia.

Para mí, eso sí, aquí el tema es el de mi “indecisión bloguera”: no haber sabido definir qué hacer con este espacio. O no haber aceptado del todo que no hay por qué definirlo. Por un lado, como dije, pensé en hacerlo un escaparate de pensamientos y reflexiones cotidianas, unas más serias que otras, y de exploraciones de lecturas hechas –cosa que en general no he cumplido–. Pero por otro lado, también quise exponer aquí sólo fragmentos mínimos –digamos de tipo más “lírico”, o puntual, una imagen, una pincelada temática, sólo chispas de sentidos posibles– y no ensayos más acabados u opiniones más pensadas o de “actualidad”, que eso, creo, lo hacen mucho mejor otras personas, y uno debe empezar por reconocer sus limitaciones e intereses (algunas veces los intereses determinan las limitaciones). Pero lo que sin duda no quería hacer era usar la bitácora para hablar de mí –como, traicionándome, estoy haciendo ahora mismo–, es decir, de mi vida privada, porque para eso están mis diarios verdaderamente privados. (Odio cualquier variedad de big brother, sea político o mediático, voluntario o impuesto.)

De modo que el resultado ha sido un híbrido mutante, ocasional, desigual, que en cierto sentido me deja un mal sabor de boca. Aunque también en otros sentidos un buen sabor de boca –revuelto con el malo– pues por andar por aquí he podido leer miles de posts de muchas gentes disímiles, y así he llegado a convencerme de que este asunto es un ejercicio de humanidad (y no tanto por escribir, claro, sino por leer). Otra muestra de que las tecnologías pueden servir para acercar a las personas, aun si no es físicamente, cara-a-cara. De todos modos, fue una historia y un mundo sin teletecnologías lo que culminó en las atrocidades del siglo XX. Tal vez este tipo de espacios virtuales –y cualesquiera que sirvan para dar a leer, a pensar, a conocer otras personas y costumbres y dilemas, a dialogar o “multilogar”, incluso a gozar, y a democratizar los saberes y extender las posibilidades de la hospitalidad– puedan ayudar a que el nuevo siglo sea más esperanzador que el último.

Y bueno, que la mañana lluviosa me inclinó a la introspección… Esto lo escribí primero en mi cama, todavía bajo las cobijas, después de que mi esposa se fuera a su trabajo –¡tan temprano, malditos, tan temprano!–, con Aldo a mi lado, casi ronroneando como gato, de tan chineado que se pone, necio, cree que la misión de mi vida es hacerle cariños… A veces, supongo, la confusión sí puede aclararse un tanto o al menos aligerar su peso con sólo compartirla con alguien, o, como aquí mismo, con la posibilidad de alguien, algún lector anónimo, generoso, humano demasiado humano como yo.

Tal vez la lluvia no deba ser tan entristecedora como parece.

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este es el guapo de Aldo:

23 jun. 2006

sueño

El sueño me habita, como a una casa llena de muertos. Pero entiéndase: es sueño de dormir y no de hacerse el héroe o la noticia. Es un sueño triste, o resignado, y simple: uno sin despertador ni apuros innecesarios.

Es que de todos los sueños que he intentado, sólo he podido ser competente en este: dormir como si los muertos no asustaran.

De todos modos en la muerte, dicen, todos somos iguales.
Obviamente no es cierto: sólo son iguales los muertos que los vivos recuerdan.

21 jun. 2006

¿inevitable? mundial


Es que en estos días es inevitable, todo el mundo habla de esto, lo quiera uno o no.

Pues al respecto, yo entiendo perfectamente que, por muchísimas razones, el fútbol de Costa Rica sea infinitamente inferior al de, por ejemplo, España, Brasil o Argentina. Entiendo perfectamente que nuestros jugadores no tienen la misma preparación, ni las mismas condiciones de competencia, de fogueos, ni la misma educación, ni los mismos salarios, etc… Pero lo que no entiendo ni acepto, e incluso me parece ofensivo, además de una simple cara-de-barrada, es que esos mismos jugadores no tengan el más mínimo sentido de autocrítica y se dejen decir que el equipo jugó bien, y que hasta se enojen porque la gente tenga la insolencia de esperar más de ellos, y que pretendan que el país entero deba estar de acuerdo con sus actitudes conformistas: que nos debiéramos resignar o conformar –ha dicho o insinuado alguno– con llegar al Mundial, porque una vez allí, jugar al nivel de las otras selecciones es un sueño tonto… es decir, que Costa Rica no puede pretender estar al nivel de otros equipos (¿ni siquiera mejor que Trinidad y Tobago, o Togo o Ecuador o…?) y está condenada a llegar perdiendo de antemano sus partidos, pues son juegos contra “selecciones de muy alto nivel”…

...Por supuesto, también es posible que no es que hayan jugado mal (lo cual implicaría que podrían haber jugado mejor), sino que eso es lo mejor que podían jugar, es decir, que no es que hayan jugado mal tres partidos sino que son –en comparación con alemanes, ecuatorianos y polacos– simplemente malos, o menos buenos. Con lo cual, claro está, no habría ningún problema: simplemente lo aceptaríamos así y ya. Pero es que se tiene la idea de que sí podrían haberlo hecho mejor, quizá porque alguna vez los hemos visto hacerlo, etc… Y entonces lo decepcionante no es el resultado, sino la actitud: es que por más que digan que sí, no se les vio en la cara ni en las piernas ese esfuerzo o entrega que se les ha visto a jugadores de otros equipos… y bueno, etcétera etcétera, de nada vale extenderse porque todo esto anda en boca de todos de distintas maneras y más bien empieza a aburrir.

En todo caso, aparte de esas nonadas, creo que lo que más valdría usar como tema de mesa es en cuáles sentidos el asunto de la selección y de sus jugadores estrellas es o no un reflejo fiel de muchos de los males del país en conjunto, algunos de los cuales parecen imposibles de erradicar… Un país conformista, sin visión de futuro, sin organización seria, sin proyecto, un país de improvisadores y egoístas, un país que olvida cualquier crimen o fiasco al día siguiente…

Pero ¿es que somos eso de verdad, o es sólo que últimamente –en las últimas décadas, digamos– venimos jugando mal?

Yo no creo que seamos nada, ni que nadie lo sea, en sentido absoluto. Es decir, creo que todo dichosamente se puede cambiar, por más duro que parezca y aunque tome décadas, o siglos.

¿Por dónde habría que empezar? Pues seguramente por lo que tengamos más cerca. Y lo que acostumbramos tener más cerca es, claro, como cada noche y cada mañana, el espejo. Pero entonces habría que empezar por atreverse a mirarse en él.

12 jun. 2006

golpe

una mirada como un golpe (apetecido) (un golpe de afecto) – y luego sostenerse (como si fuera posible) (hacerlo posible) y planear en una borrasca como plumas pesadas y quietas

4 jun. 2006

una mentira

De la tarde sólo queda un hilo de luz violácea. La ciudad se hunde en sí misma. A mí ya nada me importa y se lo digo. Ella me besa en la boca y luego se ríe como si yo hubiera dicho algo gracioso. Y tal vez lo es: estoy tan cansado que no podría distinguir entre algo cómico y algo que no lo es, ni siquiera dentro de mis propias emociones o enunciados, aburridos de ser los mismos o muy parecidos durante tanto tiempo.
Ahora el hilo de luz violácea que delineaba el horizonte se ha consumido como un fósforo que no hubiera prendido del todo. Otra noche. Así ha sido hace tanto: una a la vez. Ella me abraza en silencio, sabe, mejor que yo, que es mentira que nada me importe.

29 may. 2006

lombriz


Hace un instante se me escapó entre los labios una palabra escurridiza como una lombriz de tierra. Y la lombriz se posó en una hoja del geranio amoratado que habita mi balcón y me preguntó con abatimiento: “¿Por qué diablos me tenías presa como un delito o una simple vergüenza?” No supe qué decirle. La tomé con las puntas de los dedos –la pensé fría, lustrosa, resignada– y con cuidado la puse en la tierra de la maceta. Se enterró solita, resentida o libre, ya no podré jamás saberlo, pues aparte de recriminarme por mi involuntaria represión, no me confesó absolutamente nada de su significado.

27 may. 2006

cielos

Hoy el cielo es una bolsa de piedras: las nubes son rocas desproporcionadas. Como casi todo el mundo, supongo, prefiero los días en que las nubes no son piedras sino ubres escarlatas. O cuando simplemente parecen ojos cerrados a distancias imposibles. ¿De cuántas metáforas se dejará pintar el cielo?

25 may. 2006

fragmento_miedo


Es curioso cómo algunas personas viven poseídas por un miedo abstracto. Un miedo sin objeto. Incluso miedo de levantarse un día y no sentir miedo. Hay personas para quienes el sentido de la vida llega a ser el miedo, y si el miedo no estuviera enredado en sus nervios no podrían vivir. Estas personas sólo pueden vivir así: enfermas, y ninguna medicina podría curarlas. En ellas –esto es lo más asombroso– el sentido de vivir es desear morir. Pero no mueren, jamás se suicidarían, al contrario: su vicio es el dolor, el temor, la ansiedad, esa es su razón para vivir. Su enfermedad es estar vivos poseídos por el miedo. Para ellos, claro, esa "enfermedad" no es una enfermedad. Detestan la muerte, la idea de morir, prefieren la vida a cualquier otra posibilidad, pero este tipo de vida: rodeada de pánico. Anxiety-junkies.
¿Será simplemente otra de las maneras en que el mundo esclaviza a las personas?

11 may. 2006

futuro desbastado

Las manos reposan, por fin, extenuadas. Han hecho todo lo que han podido. Han soñado por años, y no han querido que el sueño fuese sólo sueño, es decir, han sido de verdad manos que manipulan y sudan y forcejean, y a veces se han hecho palmas que saludan y miman, y a veces puños que golpean y se golpean. Pero ya no más. Ahora reposan, por fin, extenuadas. El sueño sigue siendo sueño, pero ha sido trabajado, y del futuro desbastado va emergiendo una silueta, un boceto, como cuando empezamos a distinguir, al acercarnos, una figura que mientras la veíamos de lejos confundíamos por otra. Ahora la silueta ya casi está al alcance de la mano que reposa, quietísima, anhelante, a la espera.

6 may. 2006

mar azul


Cuando uno escribe, por ejemplo, “el mar azul”, piensa en muchos mares a la vez, o en muchas ocasiones en que ha visto el mismo mar, que, claro, nunca es el mismo, ya lo supo y dijo de primero Heráclito el Oscuro, pero uno en cierto sentido necesita que sea el mismo porque si no no podría ni pensarlo ni decirlo: “el mar”; pues mientras uno piensa en un mar “en general”, también piensa en uno en particular, por ejemplo el de Junquillal de Cuajiniquil cierto día de febrero de… O el que tiene uno en frente si es que tiene la dicha de haber escrito “el mar azul” de hecho frente al mar azul. Luego, por supuesto, está el problema del color azul o de cualquier color –lean si no a Ludwig Wittgenstein para que entiendan las dimensiones filosóficas a las que puede llegar el problema de un simple color–, que cuál azul, si rey o índigo o cerúleo, y luego pensar que nunca, nunca podrá uno saber con certeza si la otra persona, la que oye o lee “el mar azul” percibirá y pensará el azul tal como uno lo piensa o lo ve o lo siente. Y sin embargo, claro, esa otra persona no piensa en rojo, sino en azul, algún azul, que aunque es el suyo y no el mío también es el de los dos porque si no ni siquiera nos entenderíamos. Curioso, pues: mi azul es sólo mío y el suyo es sólo suyo y no existe uno que sea de los dos, o si existe, no podemos saberlo... Ha de ser que ese que no existe es el de los dos, el “general”, la palabra “azul” y no el azul. La palabra “azul” no es ningún azul y es todos a la vez, y sólo por eso ella y yo, por ejemplo, pensamos a la vez otra cosa –el azul de cada uno– y lo mismo –el “azul”–…
En todo caso, lo que quería escribir hoy no era “el mar azul”, sino esto que sigue (y de hecho fue lo primero que escribí, antes de imbecilizarme con el galimatías de marras…):

Hoy la tarde fue un mar azul, y el mar estaba en calma, y en la calma de pronto saltó un delfín.

(P.D. 1. Si no quieren enfermarse de la cabeza prescindan de la recomendación de leer a Wittgenstein.)
(P.D. 2: Más sensato, obviamente, Reinaldo Arenas en Antes que anochezca: “¡Qué decir de cuando por primera vez me vi junto al mar! Sería imposible describir ese instante; hay sólo una palabra: el mar.”)

2 may. 2006

juego de manos


Una vez me leyeron la mano y me dijeron que las líneas de mi vida y de mi pensamiento irían paralelas hasta el final, que no habría contradicción entre lo que vivía y lo que pensaba o que –era otra posibilidad– mientras estuviera vivo seguiría pensando “bien”: aprendiendo, produciendo, sin llegar a convertirme en un viejito delirante. Me dijeron obviamente muchas cosas más, pero anoche, recién acostado a dormir, recordé específicamente esa parte de la vida y del pensamiento porque sentí, con descomedido temor, que hacía días no pensaba nada, por ejemplo nada que valiera la pena escribir en el blog; razón por la cual he corrido hoy, apenas despierto, a escribir precisamente esto, que probablemente tampoco valga la pena pero que, al menos por un rato, tal vez me consuele o divierta… Claro, también podría buscar a alguien que me vuelva a leer la mano: tal vez de allá a acá las líneas hayan cambiado y ahora digan que mi vida está condenada a dejar rezagado para siempre a mi pensamiento, y entonces podría dormir tranquilo, pues, qué alivio, pensar cosas serias ya no sería una obligación con el destino.

23 abr. 2006

no más escripunturas

La dirección del periódico La Nación canceló la página "Polifonías" del Suplemento Cultural Áncora, razón por la cual ya no aparecerán allí mis Escripunturas. La noticia me ha entristecido, aunque no demasiado: espero que esta sea una de esas ocasiones en las cuales, cuando una puerta se cierra, se abren otras. En todo caso, sólo quería agradecer aquí a quienes me han leído durante los años que salió la columna, y especialmente a quienes me han escrito para comentar sobre mis textos. El último que había preparado para la sección fenecida, y que debía salir hoy, se titula "Homo"; indirectamente tiene que ver con algo que hace poco puso en discusión Xtian en su fusil de chispas. Como ya no aparecerá en La Nación, lo he incluido aquí en el blog (post anterior).

Homo

La persona humana es persona independientemente de su determinación de género. Y entre los derechos de todas las personas debiera estar el derecho de amar y de ser amadas. Pero aún hay muchas personas que se oponen a que otras se amen; creo que en buena parte son el tipo de opositoras a quienes les interesa más una regla que el bien o el mal que resulte de ella. Porque no dudo que estas personas crean que, como mínimo, el amor es tratarse con ternura, sentir atracción mutua, respetarse y comprometerse, cada uno, a acompañar al otro, a no hacerle daño y colaborar con su placer y su felicidad. Pero creen indemostrablemente que eso sólo puede ser amor cuando se da entre un hombre y una mujer, como si aquella definición mínima se hiciera irracional o imposible cuando sus rasgos aparecieran entre personas del mismo género. No ven que si la ternura, la atracción, el respeto y el compromiso tuvieran limitaciones genéricas, también la amistad sería imposible entre personas del mismo género.

Las personas opositoras recurren entonces al argumento de la “naturaleza”; dicen que en ella no hay homosexualidad porque el fin natural de la relación sexual es la reproducción. Y dicen que la relación homosexual es inmoral porque niega esta función natural de los órganos sexuales. Pero, si ese es su único fin natural, ¿por qué también brindan placer? ¿El placer es sólo un chantaje mediante el cual la naturaleza nos “invita” a reproducirnos? ¿Por qué el placer no puede pensarse también como algo natural? La función natural del oído es escuchar, por ejemplo la acechanza de un depredador, o el llamado de una cría; pero nadie considera antinatural que sintamos placer al usar el oído para escuchar el adagio de Albinoni o el último single de Marc Anthony. Por otro lado, aparentemente la homosexualidad es tan natural como las hormigas. Hace poco vi un documental llamado “Sexo salvaje” que muestra gráfica e irrefutablemente que hay prácticas homosexuales entre peces, monos, leones, insectos, en realidad por todo el mundo animal; por ejemplo, hay monos machos que se masturban mutuamente y a veces hasta se penetran, lo cual, palmariamente, no es para reproducirse.

En los seres humanos el amor no puede equipararse con la relación sexual, ni reducirse a ella; los animales no aman como nosotros y por eso sus normas no deben simplemente calcarse a nuestro ámbito. Nosotros pensamos simbólicamente, no estamos atados al instinto, podemos variar el sentido de las cosas, y todo esto entraña que nos sea posible darle al amor otros fines: celebrar la vida con el gozo del cuerpo, por ejemplo.

En fin, si el amor –compromiso, ternura, placer, etc.– no está necesariamente ligado a la reproducción, nada debiera limitarlo a la heterosexualidad. El amor se dice y hace de muchas maneras y, como el arte, se falsea o mutila cuando se constriñe en camisas de fuerza formales. Todas las personas que se amen deben tener el derecho de civilizar su amor ante la ley, pues entre nosotros, y ya desde hace tiempo, es la ley antes que la naturaleza lo que rige nuestras relaciones. De otro modo no nos quedaría más que admitir que en esto los monos son más civilizados que nosotros.

14 abr. 2006

frase (2)

Lo cual no quiere decir que tenga "fondo".

frase

Hoy me niego a ser sólo una antología de mí mismo.

10 abr. 2006

tontería a secas

Llueven palabras pero ninguna me toca.
¿Cómo se cierra este paraguas?

1 abr. 2006

mañana optimista

Hay mañanas en las que, sin razón aparente, simplemente me levanto con optimismo. Yo desconfío terriblemente de las personas que siempre son optimistas, en todas las situaciones imaginables, personas que no le dejan a uno ni siquiera sentirse un poquito mal por algo y que siempre tiene la respuesta o la solución para todo, como si estuvieran ontológicamente prohibidos la nostalgia y el dolor, la duda o el temor. Es que a veces hay que sentirse mal y punto, también así aprende uno ciertas cosas que de otra manera no aprendería. Y no hacerlo nunca sería estar siempre evadiendo dimensiones importantes de realidad y de uno mismo… En ese sentido, el optimista extremo se parece mucho a un vendedor, de esos que siempre buscan la manera de convencerlo a uno de que compre algo, de que le conviene aunque a uno no le interese o necesite el chunche que le está vendiendo, etc…
Obviamente, a mi todos los extremos se me parecen demasiado (todos son extremismos, obvio) y en general rehúyo de ellos, y por eso tampoco se me da bien el pesimismo a ultranza, esa idea horrorosa de que todo es una trampa del universo para reírse de nosotros… Siempre intento habitar las zonas intermedias de todo, aun si son borrosas, negociando, tratando de no ser injusto con nada ni nadie, con ninguna posición. Pues claro que es difícil, pero es que vivir es ya de por sí difícil, ¡cómo no va a ser más difícil convivir! Es decir, hacer lo mismo que uno hace por sí mismo (y quiere, y sueña, y no quiere, e ignora, etc.) pero con otros al lado, rodeado siempre de gente y cosas y obligaciones…
En todo caso, decía que hay mañanas en las que, sin razón aparente, me levanto con cierto optimismo, una especie de convicción de que las cosas van por buen camino, o de que pueden mejorar realmente, en sentido personal y colectivo, a pesar de que a veces toda la situación del mundo sólo incita a desesperarse, qué sé yo. Y lo mejor de esas mañanas es que en lugar de leer el periódico y pensar, como inevitablemente hay que pensar cuando se abre el periódico, “¡qué barbaridad”!, me siento a escribir creyendo que todavía es posible usar las palabras como esfuerzo por acercar a las personas y como ejemplo, precisamente, de una convivencia siempre posible, esa que el mundo tal como es insiste en quitarnos. Por eso no creo que la literatura o la escritura en general tengan un propósito cognoscitivo o lúdico, no son esencialmente ni ciencia ni entretenimiento, sino algo más importante: su función es ética, pero en el bueno sentido de "ética", es decir, no en el sentido cuasirreligioso de enseñar una moral, unas reglas, unos mandamientos, sino en el sentido más inteligente de mostrar cómo pueden las personas más disímiles reunirse, entenderse, aceptarse, tolerarse, reconciliarse después de hacerse violencias mutuas… La literatura está más allá de las religiones, las leyes, las ciencias, y por eso más acá de la vida diaria de la gente, y por eso mismo es más útil que las religiones, las leyes y las ciencias para mostrar la necesidad de convivencia, de justicia, y no sólo su necesidad sino sus posibilidades...
En fin, hoy, porque me levanté raramente optimista (raramente para mí, claro), he pensando con renovada convicción que la literatura no está condenada aún a perderse en la banalidad de la novela-acción (novela-escrita-como-guión-hollywoodense), a pesar de que sólo eso parecen querer las grandes editoriales (quieren vender tantos libros como se venden entradas de cine, y creen que eso es posible sólo si los libros son como esas películas que llenan los cines)... Hace tiempo me viene obsesionando este asunto. ¿Qué pasa con esos textos tan poco comerciales que sin duda se siguen escribiendo, dónde están, cómo se puede hacer para que sean de más fácil acceso? ¿Y si es uno quien los escribe o quiere escribirlos, qué hacer con ellos, adónde enviarlos, cómo publicarlos?
No voy a amenazar demasiado mi ligero optimismo de hoy con más preguntas aguafiestas. Lo importante es contar con los textos. Es decir, hacerlos. Lo demás sabrá cómo llegar, a su tiempo. Al menos eso es lo que hoy mi leve optimismo me hace pensar.

24 mar. 2006

¿ganarse la vida?

De pronto tuve el impulso algo maniaco de hacer un post, decir algo de puro arrebato, sin pensarlo demasiado… Ha de ser el cansancio de mucho trabajar, trabajar y trabajar. Y no viene al caso decir en qué porque da igual: cualquiera de esos trabajos que todos hacemos para “ganarnos la vida”, como se dice tan mal: ¿ganarnos la vida? ¿Pero no está uno perdiéndola a cuenta gotas con tanto agotarse trabajando? Digo, no se me malentienda, yo puedo felizmente pasar veinte horas de maratón “trabajando”, pero en esos otros trabajos placenteros que hacemos sin ganarnos nada quienes, por ejemplo, escribimos porque sí y quisiéramos escribir más y más (vale lo mismo, obviamente, para cantar o componer o pintar o…).
Quizá en estos otros “trabajos” sí se gane uno la vida o algo de vida, o se gana que tenga sentido, o que parezca atractiva, etc.; porque en el otro caso, el de los otros trabajos corrientes, pues bueno, ahí no se gana uno la vida, sólo se gana dinero, que es evidentemente algo muy distinto de ganarse (la) vida.
En fin, creo que esto sólo vino al caso porque, cansado como estoy, sólo pensé como de pasada que eso de “ganarse la vida” es un dicho terrible porque confunde de algún modo ganar dinero con ganar vida… Se da también el caso en el que llega uno a ganar dinero y perder vida, o ganar dinero para poder vivir (ese, claro, es el sentido de dicho dicho, no soy tan bestia como para no entenderlo) pero entonces está uno tan cansado que no sabe qué hacer ni con el dinero que se ganó ni con la vida que le permite ganar el poquillo de dinero de sobrevivencia… Y bueno, tampoco se trata de ser amargado, claro, porque no hay otra opción que ganarse (ese dinero que le permite a uno seguir en) la vida para entonces poder de hecho seguir en la vida ahora sí ganando vida, etcétera...
Y bueno, en fin otra vez, quejas de trasnochado, supongo, ganas inerciales de escribir algo a pesar de tener un sueño osuno como ninguno... Ya veré qué pienso mañana en la mañana.
(Lo bueno -y malo a la vez, inseparablemente- es que los humanos somos tan veleidosos que podemos pensar de un día a otro cosas contrarias o al menos radicalmente diferentes...)

16 mar. 2006

libros / blogs


Es increíble la cantidad de tonterías que llega uno a escribir. Yo, al menos, he pasado ya casi quince años echando todo tipo de efluvios al papel, y ayer, revisando esos “archivos” viejos y otros no tan viejos, me di cuenta justamente de eso: la cantidad de tonterías que llega uno a escribir. Supongo que todos los que escriben por una u otra razón, van cargando o acumulando el mismo volumen de anotaciones, proyectos, cuadernos, borradores, libelos espontáneos o mamotretos interminables. La mayoría de autores, dichosamente, eligen bien lo que publican y no ventean toda esa cadena interminable de bosquejos que constituyen el oficio de escribir. (Lástima que no se pueda decir lo mismo de algunas editoriales.)


Por mi parte, yo he sido bastante cobarde y todavía no me atreví a intentar hacer público ninguno de mis “textos tamaño libro”. Les llamo así porque no sé qué son: si diarios, novelas, epistolarios, experimentos anacrónicos o trillados, o simplemente –esta es mi opción preferida– catálogos de textos. Es que no entiendo por qué, para que un libro sea considerado libro, debe estar clarísimo e irrefutable qué es: si antología de cuentos, novela, diario, poesía, ensayo, etc. Esta obsesión metafísica de las editoriales y del mundo literario me cae particularmente mal, es como una camisa de fuerza tácita que indica cómo y por qué escribir. Actualmente están tan bien identificados los géneros que no parece haber demasiada demanda por simples “textos”. Imagínense, por ejemplo, un libro –uno real, físico, con tapa y papel y olor a libro– que fuera como un blog, pero hecho libro. ¿Es que a las editoriales les interesa publicar algo como eso? Me parece que no, y esa ha de ser también una de las razones del gusto masivo por los blogs: llenan un espacio intocado y cumplen una función inexistente en el mundo editorial. Un blog deja que la escritura sea más íntima y espontánea, no tiene el peso terrible de la intermediación editorial y publicitaria, no conoce de modas o categorías (literatura española, novela histórica, etc.), y encima permite que todos los autores/lectores sean lectores/autores a la vez y se dejen comentarios y conversen aunque nunca se hayan visto la cara; y encima, que entre todos y poco a poco, sólo por referencias y links, etc., decidan a quiénes les gusta leer y a quiénes no. Por supuesto, los más elitistas dirán que allí la desventaja es que todo "vale lo mismo", y que al menos los procesos editoriales de selección garantizan que sólo se publiquen los mejores textos. Obviamente eso está muy lejos de ser verdad, si juzga uno por las cosas que se publican hoy en día: novelas-guión, novelas tipo Hollywood (sólo acción), etc.… Pero el problema de la calidad o falta de ella parece ser cada día más difícil de resolver por las grandes editoriales, que parecen obligadas a elegir entre calidad o ventas masivas y casi siempre eligen lo último. E incluso en autores más atrevidos e innovadores, tal vez Houellebecq, Bolaño o Vila-Matas, por decir algunos nombres, el "género", a pesar de todo, sigue estando muy presente: es que los libros deben ser identificables, será para que las librerías sepan en qué estante ponerlos.


Pero no era mi intención hoy ser cínico ni extremista. Evidentemente todavía hay muy buenos textos por aquí y por allá, en el mundo de papel y en la blogosfera. Lo que simplemente pensaba era que no veo por qué debieran ser excluyentes el estilo/papel y el estilo/blogosfera. A mí al menos siempre me han encantando los libros que son más diarios que novelas, o sólo libros de apuntes o reflexiones, qué sé yo, el Libro del desasosiego de Pessoa, por ejemplo, o los amargos y lúcidos textos de Cioran, que bien podrían haber sido el blog más exitoso de la historia si a él le hubiera correspondido vivir en la época de la web…


En fin, ¿qué pasa si uno sólo quiere escribir, sin estar circunscrito previamente –antes de sentarse de hecho a escribir– a un modelo genérico? Sí, ya sé que estoy simplificando las cosas, que el asunto del género es más complejo (quizá tanto, en literatura, como en asuntos de género sexual); pero por mor de la argumentación, se podrá conceder tal vez que hay hoy una especie de abulia contra el género, es decir, contra la diversidad de género, una pereza de no atreverse a cruzar los evangelios editoriales y deshacer la dureza del género. Es ingenuo e imposible, eso lo entiendo, escribir de manera virginal, como si pudiera uno inaugurar algún estilo o patrón, etc… Pero es que no se trata de eso. Se trataría de zafarse en la escritura de la rigidez de la identificación genérica, así como muchas personas con justo derecho bregan para que se les reconozca su identidad (o no identidad) sexual cuando no quieren ser reducidas a la simple y aburrida oposición hombre-mujer. De todos modos, si uno revisa bien los textos, se da cuenta que ya de por sí, por más esfuerzos editoriales o “críticos”, los textos en general participan de diversos géneros. Es decir, no podría uno identificar de manera esencialista una novela pura, o una poesía pura o un ensayo puro. Siempre hay juego entre conceptos y metáforas, por ejemplo, y ya sólo eso embarra la anhelada limpidez. Por eso, parafraseando a Jacques Derrida, creo que los mejores textos son aquellos que no pertenecen a un solo género, pero participan de varios. La diversidad y la mezcla siempre parece estar del lado de la creatividad, de la belleza, de la vida y del pensamiento.


Y bueno, ya ven, entre todas las tonterías que me he dado a escribir, pues también hoy he escrito esta, que no sé ya ni puedo saber definitivamente, si será o no tontería, si será o no sólo capricho mío, o si arrastra todo esto algún dejo de objetividad. Aunque la objetividad en sentido humano sólo puede ser alguna variedad de intersubjetividad, así que lo menos que puede uno esperar si escribe y hace públicos sus devaneos textuales, es que algún otro (u otros, mejor, siendo ambicioso) metan mano o voz o palabra en lo que uno ha escrito para que así entre varios vayamos haciendo real, al menos, esto que escribimos porque se nos antoja. Uno puede hablar o escribir solo durante años, y está bien, pero nunca será lo mismo que hablar o escribir con otros, así como no es lo mismo quererse a sí mismo que quererse con otros…


Yo, personalmente, creo que la escritura más importante para el futuro, será una escritura personal, que no es lo mismo que autobiográfica, una que pueda de algún modo distanciarnos de la creciente abstracción en que el mundo “real” se ha convertido y nos convierte todos los días. Supongo que también ha de ser por esto el gusto actual por los blogs: uno los lee y siente que del otro de la pantalla hay personas y no sólo personajes. Dicho en otras palabras: una escritura que no tema decir "yo", pues ¿por qué temer si ya hemos superado las reliquias románticas o religiosas del Autor y del Alma? La escritura del futuro debe aprender a decir yo impersonalmente. O bien, jugando, debiéramos aprender a hacerlo para que tenga futuro la escritura...


En fin, que no habría que elegir entre estilo/libro o estulo/blog, sino, ojalá, encontrar un día la manera de mezclar sus bondades sin que pierdan cada uno su singularidad: en general me parece más sensato no pertenecer a ninguna identidad y en cambio participar de varias; y lo mismo valdría con los estilos, con los libros, con los géneros, con los países…

Y bueno, eso, callo, ansioso, y espero.

(P.D. Este mismo texto ejemplifica un poco lo que digo, pues mi primera intención cuando empecé a escribirlo, fue usarlo para mi columna en La Nación, pero luego vi que era imposible porque su extensión es de más del doble del espacio (invariable, rígido) disponible en el diario; así que decidí colgarlo aquí en el blog, que amablemente recibe todo lo que le ponga.)