30 ago. 2008

Alberti, optimista

Tú sabes bien que en mí no muere nunca la esperanza,
que los años en mí no son hojas, son flores,
que nunca soy pasado, sino siempre futuro.

Rafael Alberti

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26 jul. 2008

vicio

A veces sus ojos me atraen como agujeros en una pared: ¿cómo negarse a mirar? Y al hacerlo, a veces sus ojos se vacían en lamentos.

A veces sus labios me recorren y, enmudecidos, me callan.

Otras veces, al salir debatido de sus ojos y sus labios, la veo sonriendo. Casi siempre sonríe con cierta perversidad… A veces sé con implacable certidumbre que ella no se vacía en lamentos ni enmudece; soy solo yo quien se vacía y calla.

A veces siento que debería alejarme. Pero es imposible negarse a seguir mirando.

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18 jun. 2008

redes sociales y productividad

Aunque trabajo como traductor independiente, es decir, sin un jefe que me esté vigilando u ordenando cosas, a veces, cuando se me acumula demasiado trabajo, no tengo más opción que echarme al hombro jornadas de más 12 horas diarias.

Para poder soportar todo ese tiempo frente al monitor, y encima enfrascado en textos complicadísimos e hipertécnicos que debo traducir de urgencia (a los clientes siempre les urge, olvidan que el traductor tiene que comer y dormir y de vez en cuando hasta tener un fin de semana libre), en medio del trabajo atravieso lectura de blogs, feeds de noticias, chat de skype y yahoo, youtube, diversos sitios de música, etc...

Pues resulta que un estudio parece demostrar que el acceso a redes sociales desde la oficina aumenta la productividad, cosa que, según entiendo, no creen en la mayoría de empresas, razón por la cual les prohíben a sus empleados el uso de internet para fines ajenos a sus obligaciones.

Cito del artículo donde me enteré que somos muchos los que descansamos del trabajo siguiendo en la computadora en lugar de ir a hacer una siesta:

"Casos como éste demuestran que las redes sociales, de las que los blogs son su principal exponente, se están convirtiendo en el enemigo público número uno de las empresas. En este asunto hay dos posturas enfrentadas. Por un lado, están las empresas que consideran que interfieren directamente en la productividad de sus empleados, por lo que llegan a instalar cortafuegos para que los trabajadores no puedan conectarse a chats, a “messengers” o a redes P2P para descargarse música.

Pero también hay empresas que consideran que las redes sociales no son un peligro ni el fin del trabajo tal y como lo conocemos. Esta última postura ha quedado respaldada por un informe de la empresa PopCap según el cual prohibir el uso de Internet para fines personales en el trabajo costaría a las empresas británicas 8 mil de millones de euros al año por pérdida de productividad de sus empleados. ¿La razón? Tomarse un “E-descanso” durante la jornada laboral reduce el estrés porque ayuda descansar la mente. Para el estudio, un “E-descanso” son sólo diez minutos." (Raúl Morales)


artículo completo

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24 may. 2008

sci-fi = sci-phi(losophy)?

A partir de una noción de la novela como "simulación", Clive Thompson sugiere que en la actualidad las novelas de ideas se han recluido en la ciencia ficción, mientras que en la novela tradicionalmente literaria no hay más que motivos para aburrirse.

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19 may. 2008

The Matrix

He empezado a recuperar algunos textos viejos del olvido.

En octubre de 1999, participé en las Tertulias del Farolito (del Centro Cultural de España) con un texto motivado por la película The Matrix. Mi intervención relacionaba temas como internet, ciberespacio, realidad virtual, televisión, medios de masas, etc…

En aquella época, me inclinaba a una especie de “pesimismo tecnológico” (cercana al ludismo, aunque sin radicalidad) que, hoy, ya no comparto. Es un texto pensado cuando casi no se oía hablar todavía de banda ancha, redes sociales, web 2.0, etc., por lo cual resulta algo anacrónico. Sin embargo, el texto aún me parece valioso por otros motivos, entre ellos su enfoque de la “virtualidad” y otros asuntos teóricos afines. (Por otro lado, no veo ningún problema en que el "yo actual" de alguien no esté de acuerdo con algún "yo pasado"; sería una pesadilla estar obligados a ser siempre los mismos...)

El texto iba a formar parte de una antología que reuniría algunas de las participaciones en dichas Tertulias. Pero el proyecto nunca fue publicado. Lo salvo, pues, del polvo y la humedad, colgándolo aquí: The Matrix 1.0.

(Por cierto, hay muchos textos interesantes sobre matrix+filosofía en el sitio web de la película.)

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15 may. 2008

de tiranías y nostalgias

Algunos afectos llegan a ser tiránicos, eso lo sabe todo el mundo. La pregunta interesante es si hay ocasiones en que dicha imposición pueda ser totalmente beneficiosa...

Aunque hoy no estoy de ánimo para elucubrar una respuesta...

Empecé a improvisar estas notas pensando más bien en otra cosa. Entre las novelas que he leído, El Túnel, de Ernesto Sabato, es una de las que tienen un mejor comienzo. En pocas líneas se confiesa un asesinato y se hace una ligera reflexión sobre el recuerdo.

A tono con esa cuestión de la memoria, desde la primera vez que leí El túnel, hace tal vez unos quince años, nunca he olvidado algunas de las frases de sus primeras páginas (o no he olvidado su impacto):

“Aunque ni el diablo sabe qué es lo que ha de recordar la gente, ni por qué. En realidad, siempre he pensado que no hay memoria colectiva, lo que quizá sea una forma de defensa de la especie humana. La frase “todo tiempo pasado fue mejor” no indica que antes sucedieran menos cosas malas, sino que –felizmente– la gente las echa en el olvido. Desde luego, semejante frase no tiene validez universal; yo, por ejemplo, me caracterizo por recordar preferentemente los hechos malos y, así, casi podría decir que todo tiempo pasado fue peor, si no fuera porque el presente me parece tan horrible como el pasado; recuerdo tantas calamidades, tantos rostros cínicos y crueles, tantas malas acciones, que la memoria es para mí como la temerosa luz que alumbra un sórdido museo de la vergüenza.

(Ernesto Sabato, El Túnel)

La memoria de la humanidad, en efecto, es una especie de cloaca atravesada por caudales inmensurables de sangre. Ubicándonos exclusivamente en siglo XX, bastan unas pocas palabras para dar la idea: Auschwitz, Gulag, Hiroshima, Tlatelolco, Tiananmen, etc. etc. Pero no hace falta llegar al siglo XX: las masacres del pasado histórico no son tan impactantes hoy simplemente porque no hay fotos ni videos ni testimonios orales.

En todo caso, la misma memoria que recuerda a los verdugos también nos posibilita recordar a las víctimas. La memoria entraña una responsabilidad infinita, para empezar: la de guardar a los otros, caídos, en nuestra consciencia, tanto su vida como su muerte...

...
Redirijo mi divagación adonde comenzó (a veces las ideas y los textos simulan las circunvalaciones del cerebro y uno divaga sin asidero ni dirección constantes)... Los adultos (y, acaso, mientras “más adultos” con más fuerza) acostumbran quejarse de que su tiempo pasado (la época cuando ellos fueron jóvenes) fue mejor que el presente. “En mi época las cosas eran así y así, hacíamos tal y tal, todo era muy bonito, ahora no, ahora a los jóvenes no les interesa nada de eso, ahora solo piensan en tal y tal...”

Pero los jóvenes actuales no creen que el tiempo pasado fue mejor, en parte porque no lo conocieron y no pueden comparar, y en parte porque les gusta el suyo, su cotidianidad, y les gusta tener sus propias preferencias y expectativas. A los adultos les pasa lo mismo: tampoco son capaces de comprender el tiempo de los jóvenes actuales simplemente porque no participan de él y lo juzgan en comparación con el suyo, lo cual evidentemente produce ese desfase conocido como “brecha generacional”.

Luego algunos adultos permanecen tan ensimismados en la imagen de su propio pasado que convierten la nostalgia en tiranía: son hiperrepresivos con sus hijos, se incapacitan para comprender el presente de sus hijos porque lo juzgan desde la experiencia de su propio pasado, es decir, fuera de contexto, y encima bajo el prejuicio de que su experiencia, su juventud, su pasado, fue mejor (o más “moral”, “correcta”, etc.) por definición.

Pero uno disfruta la época de su juventud no porque fuera la época X o Y, los sesenta o setenta u ochenta, etc., sino porque fue la época de su juventud. Es decir, la nostalgia es por la juventud misma, perdida, y no por ciertos rasgos históricos y contingentes de la época. Hay excepciones, claro: por ejemplo entre quienes crecieron envueltos en miseria y quienes disfrutaron de buenas condiciones de vida. Pero, si asumimos condiciones similares, en el fondo la nostalgia es por la imagen de uno mismo hace veinte o treinta o cuarenta años, y no, en sentido estricto, por las calles y la música y los paisajes.

La nostalgia surge de las experiencias vividas, porque son irrepetibles o solo repetibles como memoria: la más humana, quizá, de las facultades. Y una facultad paradójica: nos permite volver a vivir lo más preciado para nosotros una y otra vez, aunque sin la inmediatez de la experiencia. La nostalgia es la atmósfera de ese doble rostro de la memoria, su expresión común.

La memoria, en fin, me hace pensar en un foso, un don, una fuente, un lecho, una cárcel, el infinito a modo de libro o diccionario, un libro de arena, el cielo, las pesadillas, la gracia, y todo eso a la vez y quién sabe cuántas cosas más.

...
Luego uno empieza a recordar con más fuerza cosas muy viejas y a olvidar los eventos inconsecuentes de ayer por la tarde. Esto también lo sabe todo el mundo. Hay infinidad de estudios neurológicos y psicológicos al respecto; pero en un ámbito más personal, o de sentido común, supongo que se debe a que las cosas viejas que nos han afectado mucho, para bien o para mal, las hemos recordado tantas veces que la fuerza de su recuerdo aumenta con cada ocasión en que las repetimos en la memoria, así como las nimiedades de la semana pasada se olvidan porque no las recordamos (repetimos, recreamos) ni una sola vez.

Hay una fuerza de los recuerdos, uno la alimenta o lucha contra ella; y hay recuerdos que llegan a ser tan fuertes que, aunque creamos que los hemos olvidado, yacen latentes en las marañas de la mente hasta que, ante una pista inesperada, un olor pasajero, una melodía, regresan con la nitidez de lo inmediato. Y a veces hasta llega la gente a enfermarse de tanto recordar lo mismo, irrecuperable.

El recuerdo es un arma de doble filo, ambigua siempre, una especie de fármaco: es igualmente posible que nos haga sonreír como llorar, curarnos o envenenarnos; algo así como el amor, según Quevedo: una “enfermedad que crece si es curada”...

La nostalgia, tal vez, no sea más que una insistencia –no siempre lúcida o sana, a veces morbosa– en preferir el pasado –es decir, lo que nos queda de él como recuerdo–, que el presente y las posibilidades del porvenir.

Si el recuerdo es una especie de celebración gozosa de la vida, la facultad de repetir y aprender, también es la puerta de la nostalgia y de la tiranía de la nostalgia: la parálisis, la depresión, cualquier suerte de dogma emocional...

...
Giro, vuelvo a Sabato; todo El túnel es la narración de un recuerdo, “Lo que sucedió luego lo recuerdo como una pesadilla”, dice Castel, el narrador, en el penúltimo capítulo.

Pero Sabato también conoce otra función de la memoria: en Argentina, dirigió la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas, cuyo informe, Nunca Más, conocido también como “Informe Sabato”, sirvió para aclarar los hechos de terror acontecidos durante la dictadura militar, enjuiciar a los verdugos y honrar la memoria de los desaparecidos. Entre los incontables testimonios y documentos de las víctimas de la dictadura argentina, aparecen estas frases:

“Estoy seguro de que la memoria es más fuerte que la traición y que cuando ya nadie se acuerde ni de Brusa ni de Facino, ni de Videla ni de Martínez de Hoz, los jóvenes argentinos seguirán venerando el recuerdo de cada uno de los treinta mil desaparecidos.

–Eso si que será Justicia.”
(En: Los laberintos de la memoria, de José Ernesto Schulman)

Tiranías de la nostalgia, olvido de los tiranos... Este es un buen final (y comienzo): una forma de justicia es que el recuerdo de las víctimas equivalga al olvido de sus verdugos.

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9 may. 2008

Paul Auster, frases del desierto

En fin, que el reposo ha terminado. Sin haber comenzado, en realidad, pues ha sido más bien una pausa impuesta por la enfermedad (una o varias, no lo tengo claro).

Primero, semanas de una cantidad de trabajo abrumadora, seguidas por semanas de enfermedad, a su vez causada por el exceso de trabajo. A veces se trabaja para luego poder pagar el médico que ha de curar las dolencias producidas por tanto trabajo.

En fin, que adonde más disfruta uno estar, siempre ha de volver. Aun si al hacerlo todo es diferente, o casi todo. Porque uno camina, avanza, da vueltas, sabe lo que busca, pero no lo encuentra, o a veces no lo sabe y por eso encuentra algo, quizá no lo que creía o sospechaba buscar antes, pero algo, y luego, casi por azar, encuentra que la búsqueda misma es más importante, que solo así avanzamos realmente, o en un sentido definitivo, que si hubiera dónde llegar entonces ya nadie querría caminar: anticiparíamos constantemente el final…

Y entre tantas búsquedas azarosas encontré un libro de Paul Auster. Hace tiempo que oigo muy buenas cosas de sus libros, hace tiempo estaba en mis listas de lectura pendiente; y con mayor insistencia desde que le otorgaron el Premio Príncipe de Asturias en el 2006.

Ahora siento que llego demasiado tarde a Auster. Lo cual, claro, no entraña nada, solo el saber inconsecuente de que desde siempre me habría gustado. Lo cual, a su vez, solo implica que aquí puede comenzar algo. Es que desde cierta perspectiva, en el juego inhumano del tiempo, no hay de todos modos comienzos ni finales.

Estoy, pues, leyendo mi primer libro de Auster. Hasta ahora, he leído solo su primera parte, “Retrato de un hombre invisible”, pero esas 70 páginas han bastado para que me apresara su estilo... Esa violencia de no poder dejar un libro. Esas raras ocasiones en que algo simplemente se mete dentro y empuja, ciertas frases –o el modo de decirlas– que te gustan mucho más que otras; una atmósfera imprecisa de identificación; y que, por supuesto, sería imposible que llegara a concretarse, además de innecesario: una simpleza…

El libro es The Invention of Solitude, de 1982 (hay versión en español, en Anagrama). Es una memoria novelada y, por eso, no simplemente un relato “autobiográfico”; más bien es una borradura de la frontera entre la narración y la propia vida.

Una borradura: un claroscuro, una difuminación. Una contaminación.

La primera parte se dedica al recuerdo de su padre; o a la ausencia de su padre y del recuerdo de su padre. Hay una especie de búsqueda, o varias, casi desesperadas, entrecortadas, algo de carreras en círculos y de cómo todo eso tiene que ver precisamente con la memoria, con la escritura y los afectos, especialmente entre padres e hijos.

El recuento es desolador, intenso, preciso como una autopsia. Al menos, en lo que fuera posible realizar una autopsia a un cuerpo vacío, vacío cuando estaba vivo, una personalidad escurridiza… Su padre, al parecer, era un maestro en el arte de la evasión, huía de sí y de la intimidad, no dejaba verse porque ni él mismo se veía.

Hay, entre muchas otras, una frase que me ha dejado frío, encantado:

“Just because you wander in the desert, it does not mean there is a promised land.”

Un golpe, un nudo: la escritura, el amor, el recuerdo, la vida… Aprender, quizá, lo más difícil: soportar la búsqueda, aceptar que no haya más que búsqueda y precisamente por eso seguir, siempre, jamás detenerse. ¿Por qué detenerse si ninguna tierra, ningún afecto, ninguna palabra será la “prometida”?

La búsqueda, la incertidumbre, el gozo del instante. La piel sin fondo, la atracción del vacío.

Auster escribe aquella frase mientras escribe acerca de la ausencia afectiva de su padre, de la necesidad que todos sentimos por contar con el amor de nuestros padres, de la improbabilidad de escribir con rumbo cierto acerca de personas que pasaron su propia vida sin una trayectoria transparente o disimulándola tan bien, que ni la decían ni la mostraban: inobservable. Invisible, como esa tela que siempre conforma o atraviesa o vela (esconde y muestra a la vez) toda gran escritura: laberíntica y puntual, compleja y precisa, exasperante y adictiva...

En fin, que su padre era un enigma de persona, y, entonces, también de personaje, por el simple hecho de que su hijo lo intente dibujar en un texto: siempre una especie de fijación que, paradójicamente, también es una apertura a la infinitud: las lecturas infinitas lo harán infinito.

Recién muerto su padre, Auster escribe que de no escribir acerca de él, su padre dejaría de existir para siempre: sería como si no hubiera vivido del todo ("If I do not act quickly, his entire life will vanquish along with him.").

A mí, este tipo de escritura me resulta enormemente atractiva: es personal pero no narcisista, es íntima pero no reveladora (la obscenidad de las “verdades” de cada uno), es una narración sin novela o una novela de experiencia y búsqueda de algo, en el texto, que no aparece tal cual en la experiencia misma, un área de borradura entre los límites de la realidad y la ficción. Algo así como la vida.

Dejo otra muestra de Mr. Auster:

“This is the point I am trying to make. His refusal to look into himself was matched by an equally stubborn refusal to look at the world, to accept even the most incontrovertible evidence it thrust under his nose. Again and again throughout his life he would stare a thing in the face, nod his head, and then turn around and say it was not there. It made conversation with him almost impossible. By the time you had managed to establish a common ground with him, he would take out his shovel and dig it out under your feet.” (Paul Auster, The Invention of Solitude)

Y todo comenzaría de nuevo, siempre, sin tierra prometida, como si, entre las personas, no pudieran mediar más que desiertos, en los cuales las personas pueden verse, tocarse, incluso quererse, pero jamás llegar juntos a un destino final. Y quizá porque la muerte es siempre individual; de hecho, quizá, la única identidad.

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12 abr. 2008

mientras...

...se levanta el velo...



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14 mar. 2008

definiciones aleatorias (2)

Éxito. Solo imagino un verdadero éxito: estar algún día satisfecho conmigo mismo, con mi pasado y mi presente, pero más con mi presente. Por una vez, no arrastrar ya ningún dejo de frustración por lo que “pudo haber sido si...” o “lo que debería haber hecho pero...” Es decir, haberlo hecho, o más exactamente: estarlo haciendo.

Amor. Depende, hay amor de pareja y otro sinfín de amores. En cualquiera de los casos, un elemento básico sería: llegar a un mutuo entendimiento con otros, según el cual las causas de nuestros conflictos se compensen por otras tantas o más causas de cooperación; que mi bienestar no entrañe el malestar de otro; pero que el bienestar de otro tampoco entrañe mi malestar... (Qué diablos, tal vez eso no tenga mucho que ver con el amor "en general", pero igual me sonó bien al escribirlo...) ¿Y el otro caso, el del amor de pareja...? Una pasión, una necesidad, una sobredosis de oxitocina, la serena alegría de la compañía... Siempre parece muy pronto para aventurar una definición. Tal vez, tal vez cuando esté anciano.

Identidad. Siempre que se entienda como algo dado e inevitable, una especie de “alma” (de cada individuo, de etnias o países, etc.), es una fábula... Quizá, en algún contexto, haya sido necesaria; pero cada día menos.



Ese sentido de identidad implicaría fijeza: ser una especie de entidad ajena al tiempo. Pero hasta las rocas cambian, hasta los continentes se mueven. Alguna vez África estuvo adherida a América del Sur, que estaba separada de América del Norte, que estaba a su vez adherida a la actual Europa, y América Central no existía (geológicamente, nuestras tierras, tal como son actualmente, son unas bebitas de apenas 3 o 4 millones de años)... Alguna vez los desiertos actuales fueron bosques y el Mediterráneo ha estado seco varias veces. Y algún día Australia chocará contra Asia y, aun si evitara encaramarse en China, barrería sin duda las islas japonesas como botecillos a la deriva en alta mar... La Tierra no tiene identidad, tiene pasado geológico, y futuro.

Tampoco a las personas nos hace falta una identidad para ser personas; tampoco hace falta la identidad nacional para ser nación. (Al menos no esa identidad pensada o deseada como un rasgo único, esencial e inmutable –siempre el mismo– que nos definiera.) Creo que las personas tenemos singularidad, que es muy distinto: cada uno es un conjunto abierto de experiencias y factores biológicos irrepetibles, pero en constante interacción y cambio... Incluso la posible “identidad humana”, la identidad general o común a todos los seres humanos, es decir, la naturaleza humana, a pesar de que existe, también es producto de una evolución particular, de miles y miles de años de nimios cambios y adaptaciones; y sin duda ni siquiera ella ha tirado la toalla y ha decidido estancarse de una vez para siempre...

Y los países, por su parte, con sus fronteras contingentes, tienen una historia y una tradición, pero tampoco tienen identidad, algo así como una fotografía suya pegada a la eternidad. En fin, que tener identidad, en el sentido dicho, entrabaría con demasiadas amarras a la libertad. Tal vez sea este, pues, uno de esos conceptos que sería mejor dejar ir sin nostalgia, así como, tras un desamor, debemos dejar ir a algún amado para poder, mañana o cualquier otro día, amar a otro, seguir viviendo.

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27 feb. 2008

cenizas

Se dejó caer sobre el sofá y apagó el cigarrillo con descuido. Las uñas se le llenaron de ceniza y empezó a limpiárselas con las uñas de la otra mano. Estaba fastidiada y, seguramente, harta de disimularlo. Finalmente, se sacudió las dos manos en la microfibra leonada y miro rápidamente a todos lados para confirmar que nadie la veía.

Yo quería devorarla. No sabía su nombre. Su marido, al otro lado de la sala e incipientemente alcoholizado, reía y gesticulaba desmesuradamente con sus amigotes. Pensé en una banda de chimpancés. Luego pensé que a veces los chimpancés machos secuestran hembras... Raptarla no me sonó tan mala idea, salvarla de ese grupúsculo... Pero al instante me humanicé: nuestro ancestro común con los chimpancés existió hace unos cinco millones de años, suficiente tiempo para que algún empuje moral se instalara en nuestros cerebros. O quizá solo quería que ella me salvara. Raptarla era innecesario, una trivialidad. Ella, además, no tendría por qué saber que para mí sería solo un juego.

Empezó a mirar el equipo de sonido como si fuera un televisor. Me acerqué. Ella levantó la vista y, tras un segundo vacío, sonrió.

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18 feb. 2008

cuatro notas

1. continuación…
El caso del barco atunero TIUNA y sus tripulantes confirma lo que decía en mi post anterior.

La liberación de los marineros da el siguiente mensaje: bienvenidos todo tipo de piratas de recursos marinos, Costa Rica es incapaz de hacer cumplir sus propias leyes. Pasen adelante, saqueen el mar, llévense lo que quieran. Es patético. Según el fiscal general, "la isla del Coco está perdida"; en cuyo caso, nadie sabe qué habrá ya en ella y sus alrededores si llegase a ser elegida como una de las siete maravillas del mundo natural (actualmente ocupa el puesto No. 5 de la lista).

2. quejas
No entiendo por qué cuando uno se queja de A, saltan por todas partes personas que lo regañan a uno por no quejarse también de B, C, D, E… Z. Que uno se queje de A no implica que no le importe también B, C, D, E… Z. Solo quiere decir que en ese preciso momento uno quería quejarse de A. Obviamente, sería imposible quejarse de todo a la vez siempre, además de infructuoso... Aunque algunos lo intentan. Es la práctica común de disparar hacia todas partes para ver si de casualidad se le da a algún blanco.

3. ejercicio especulativo
¿Y si las personas les prestáramos atención a otras personas sin meterlas en marcos prediseñados antes de escucharlas o leerlas? ¿Y si pensáramos y discutiéramos mayoritariamente sobre casos, problemas concretos en contextos específicos, y si analizáramos argumentos puntuales, independientemente de quién los dice, y abordáramos los conflictos principalmente con perspectivas pragmáticas y ánimo conciliador?

Hoy en día la complejidad de lo que, para las personas, en su cotidianidad, es la realidad, excede cualquier "visión de conjunto" o "visión totalizadora". Evidentemente hay marcos y estructuras que restringen las opciones e indican, con mayor o menor fuerza, los posibles caminos a seguir. ¿Pero es que alguien o algo sería hoy capaz de salirse de la estructura para hacerla tambalear desde fuera? ¿Adónde está ese afuera? ¿No sería una estrategia más sutil, penetrante y posiblemente exitosa, meterse aún más en la estructura y buscar sus cimientos y carcomerlos poco a poco, o ir llevando el peso hacia un lado, hasta que termine por inclinarse y se desplace o se le desplome un costado, un trozo, un piso, y cambie su forma? Esta estrategia no equivaldría a un "reformismo", sino a un asunto más espontáneo, más "an-arquista": búsquedas inadvertidas de un fundamento o principio (arche, algo que sostiene en pie al poderoso, al arconte) (todos esos detallitos ocultos que, sin embargo, sostienen lo que está levantado) para darle ligeros empujoncitos hasta mostrar, primero, su carencia de soporte o justificación última y, segundo, que no son imprescindibles ni ese tipo de principios ni otros que los sustituyan, sino, quizá, pequeñas transformaciones cotidianas de las formas de relacionarnos unos con otros, con los recursos naturales, con las instituciones que creamos y de ellas con nosotros. Por supuesto, nada de esto excluiría la posibilidad de que, en ciertas ocasiones, se pueda y se deba tomar decisiones que afecten o pretendan afectar grandes sectores del edificio al mismo tiempo. Es decir, que en lugar de elegir un frente, lo más sensato sería atacar en varios frentes a la vez.

4. Por otro lado: ¿quién diablos se robó el verano?

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9 feb. 2008

país de papel

Bastaron, ayer viernes a las 7:00 pm, 10 minutos del noticiario de Repretel para casi echarme a llorar. La policía detiene a varios asaltantes de casas particularmente violentos, según el director del OIJ en el lugar hay evidencias de los robos, y sin embargo, como es común, al día siguiente un juez les otorga la libertad.

Siguiente noticia: en San José, un colombiano que intenta vender algunas bagatelas para poder sobrevivir y sustentar a su familia, opone resistencia para que no le decomisen los artículos y se lo llevan preso. Ya se sabe que, constantemente, a los vendedores ambulantes les decomisan la mercadería.

Pero, por otro lado, a esos ladrones profesionales que tienen el amparo de las leyes para robar menos de 250000 colones al día sin ir jamás presos, pues eso, los dejan libres. Algunos de ellos tienen más de cien causas en su contra por asalto y siguen andando por la calle como si nada: saben que quizá podrían llegar a 1000 y lo peor que les pasará es una nochecita de vez en cuando en una comisaría.

Es decir, en San José los asaltantes tienen una especie de derecho tácito a robar, pero a los vendedores ambulantes, que intentan ganarse algo de dinero honestamente, les decomisan su fuente de ingresos y a veces hasta los meten presos.

Cualquier llegaría a la paradójica y deprimente conclusión de que en Costa Rica es más conveniente (seguro, rentable) ser asaltante que vendedor, o bien, que si uno se dedica profesionalmente al asalto en las calles, pues es poco probable que reciba un castigo; pero si uno quiere ganarse su dinero vendiendo cosas en la calle, pues hay una alta probabilidad de que sí se le castigue por hacerlo: no solo le quitarán la mercadería, para que quede más pobre de lo que ya es, sino que también es posible que lo metan preso.

Esta semana el fiscal anunció “mano dura” contra los delitos menores. Habrá que ver si el anuncio se queda en palabras.

Siguiente noticia: los cazadores furtivos en Guanacaste matan venados como moscas. Esta semana detuvieron a siete de ellos, pero son muchos más los que, aparentemente, entran y salen de los parques nacionales sin mayor problema. Otra suerte de paradoja: el estado costarricense “protege” zonas naturales solo para, después de que estén protegidas en papel, desprotegerlas en la realidad. Porque, dicen, obviamente no hay recursos para proteger los parques, como no los hay para proteger como debe ser la Isla del Coco, etc… Yo me pregunto si de verdad será cuestión de recursos o más bien de voluntad y orden.

A veces da la impresión de que en nuestro país mucha gente, y no solo políticos y legisladores, se conforma con que las cosas existan en papel. Los ticos le damos una trascendencia rarísima a lo escrito: si existe una ley X para Y cosa, listo, nos sentimos bien, pero que exista en la cotidianidad, que se haga cumplir, que tenga consecuencias, nada de eso parece importarnos tanto. Así, por ejemplo, que en teoría y en papel seamos una nación ecológica parece bastarnos, aunque en la realidad sea, en buena medida, solo una ilusión…

A los ticos parece importarnos mucho que se piense X o Y, pero que no que la realidad sea X o Y. Es decir, parece que nos conformamos demasiado rápidamente con las palabras, con las teorías y los papelitos. En el papel, por supuesto, somos una genialidad, el papel, como dicen, aguanta todo lo que se le escriba encima; y está bien que lo haga. La realidad, lastimosamente, no es de papel.

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5 feb. 2008

desván

A veces alguien se detiene a media calle en media vida y en un parpadeo encuentra un mundo donde antes había otro. Pero sabe que solo él ha cambiado.

Otros descubren súbitamente a los cuarenta que han olvidado su niñez. Y no tener niñez, ¿no equivale a ser una especie de monstruo o de máquina, acaso un ángel inútil?

En la acera de enfrente había una anciana sentada en una mecedora, al borde de la calle.

En el álbum de fotos de mi niñez hay un niño que se parece a mí y tiene el pie derecho, casi entero, metido en la boca.

Algunos se resisten, otros se entregan. En su mecedora, la anciana les sonríe a todos pacientemente.

Dicen que los viejos se acuerdan mejor de su niñez o juventud que de lo vivido ayer. Mi abuelita, poco antes de morir, pasaba sus días creyendo que tenía otra vez quince años y acababa de regresar en tren desde Puntarenas. Estaba ciega y casi no podía hacer nada. Yo le preguntaba con quién había ido y cómo estaba el mar y ella me contaba a diario la misma historia, con la misma emoción e inmediatez. Luego me miraba con sus amorosos ojos acabados y le decía a mi madre, ausente, "ponele algo a ese chiquillo, no ves que está todo chingoleto, se te va resfriar". Sin verme me veía de cinco o seis años, cuando yo vivía con ella casi todo el tiempo porque mis papás trabajaban todo el día. Y entonces yo le pedía que me contara algo más de ese chiquillo, para conocerlo porque no lo conocía. Y ella a veces me entendía y a veces no me entendía. Los otros son a veces el mejor recuerdo de uno mismo.

Tal vez algún día me atreva a terminar de cruzar la calle.

O entienda que no hace falta, tal vez, ni cruzar ni devolverse.

En el álbum de fotos de mi niñez también hay un niño que no se parece a mí y está paralizado en un rincón mientras otros niños masacran con palos de escoba una piñata que parece un gallo; el pobre bicho es rosado y tiene los ojos saltones.

Al otro lado, la anciana no mira a ninguna parte, mira el aire o se deja mirar, se mece, la gente pasa a su lado sin verla, pasan carros y nubes y perros callejeros. Parpadea. Cierro el álbum. Las fotografías son una quimera: muestran un tiempo detenido, es decir, una experiencia inexistente. El paraíso, quizá, solo podría ser eso: una fotografía.

Hay un desván desordenado de palabras viejas que nunca fueron jóvenes ni, por supuesto, niñas; están cubiertas de polvo, dicen que son mías, que algún día finalmente serán mías, pero que yo no podré saberlo.

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22 ene. 2008

google y las orinadas a media calle

Uno tiende a pensar que si algo aparece en Internet, es probable que siga allí por los siglos de los siglos, los robots rastreadores de google son implacables. Acabo de leer en El País una noticia interesante, parece que ya el pasado de uno no tiene que ser una condena pública: un profesor, multado por orinar en la calle, creyó que estaba condenado a que sus alumnos se enteraran inevitablemente de su "falta", cada vez que buscaban su nombre en la web. Ahora ha conseguido exigirle a google que retire el lamentable evento de sus índices y de sus búsquedas.

La noticia entera aquí.

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10 ene. 2008

definiciones aleatorias

Aburrimiento. Entre los seres humanos, las “pasiones negativas” parecen ser pozos profundos, abismos submarinos; en cambio, la felicidad, la satisfacción, son como plataformas sólidas, firmes bajo un sol radiante: su transparencia y seguridad, aunque deseadas y agradecidas y celebradas… ¿no llegan siempre a aburrir? Y probablemente nada invita más a la aventura, al descomedimiento, incluso a la perversión, que el aburrimiento.

Futuro. Cada época imagina varias posibilidades de transformación. Algunas personas inteligentes y otras poderosas –generalmente no son las mismas personas– prevén esos posibles escenarios de transformación y escriben, cantan, hacen discursos o aparatos coherentes con lo que creen e imaginan y desean. Es decir, no solo prevén sino que producen o lo intentan, a veces incluso sin darse cuenta: ayudan a dar realidad a sus posibilidades imaginadas. Luego las personas y los países toman decisiones. Y seguramente se actualiza la idea/época futura que más adherentes haya ido ganando, es decir, con más poder de convencimiento y convocatoria. El futuro es el resultado de las ideas y prácticas con mejor publicidad sobre el futuro en el presente. En fin: el futuro es asunto de retórica (y, bueno, de cierto grado de azar...).

Idealismo. Desde cierta perspectiva, ser idealista es, simplemente, oponerse a la naturaleza humana. Y, en primer lugar, oponerse a que exista. Sobra decir que esta insistencia en que NO exista parece más bien parte de la misma naturaleza humana, de su evolución, de su evidente materialidad. Lo cual no impide que, en efecto, podamos transformamos a lo largo de los siglos y los siglos.

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