30 oct. 2007

una frase, disparos

Hoy sólo puedo escribir a saltos… Con las manos arriba, a punto de recibir un disparo o cualquier muerte súbita…

Puedo, sin embargo, seguir sin dificultad las arrugas de su rostro, las de sus manos, como si fueran vidas sopladas… Pero sé muy bien que no hay tiempo para decir las arrugas de su meñique izquierdo, esas que se juntan como un ojo cansado...

Tampoco hay tiempo para la conversación que tuvimos envueltos en niebla desprendidos precisamente del peso del tiempo...

Aquí no hay tiempo para parar ni respirar ni pensar antes de hablar…

Pensar, por ejemplo, para durar treinta y siete minutos o cuatrocientos cuarenta y cuatro respiros decidiendo cuál adjetivo va mejor o quizá decidir que mejor sin adjetivos...

Cuatro cabellos le cubren a medias el ojo derecho... Pero no hay tiempo para suspender el tiempo... Su boca entreabierta… Aquí, hoy, hay tiempo de ejecutivos, sobresaltos como ejecuciones de condenados a muerte, ¡fuego!, tres disparos en el rostro cuatro en el torso uno desviado a la espinilla izquierda…

Escándalos, aspavientos, soltar palabras como hachas o epítetos o escupitajos… El cuerpo es cadáver antes de golpear el piso - rápido el final cae como una bofetada…

La meditación y la compasión como disparos, como cápsulas suplementos al desayuno, o todo obvio como recetas en-el-nombre-del-padre-del-hijo-del-espíritu-santo-amén o todo enrevesado y sibilino para engatusar con aires de misticismo brahmánico... Pero todo igualmente veloz y fácil, vea esto, lea esto: ya está instruido. Conocimiento ejecutivo, arte de ejecución, reflexiones que ni siquiera llegan a ejecutarse… Aquí, mañana, ¿qué habrá? ¿Habrá silencio?

Hoy el mundo es una habitación cerrada infestada de ruido…

Ella ronca, o no, es apenas un quejido. No ha escuchado el despertador. La dejaré dormir un poco más, que llegue tarde, de todos modos no habrá, o habrá aún menos tiempo…

Dentro de poco habrá que decirlo todo sin comas sin orden comprimido cifrado zip. Acabar las preposiciones y las conjunciones otras minucias gramaticales…

Porque ¿cuál es la gramática de la pérdida del tiempo? Y no digo de perder el tiempo porque de esa sobran enciclopedias, dichosamente; sino de la huida del tiempo: ¿con cuál gramática podemos decir la huida del tiempo, su achicamiento? ¿Es posible decir, preguntar, vertiginosamente declarar con sentido dos o tres frases sin hilar o apenas hiladas, tejidas como un suéter mal hecho o hecho a la carrera, medio hecho, que cubra pero no proteja del frío?

Aquí no hay tiempo para hacer las cosas, sólo para medio hacerlas... Y sin embargo intuir que cualquier idea o proyección o descubrimiento podría encerrarse en una simple frase, una sola, breve, pulida, cortante, si se la pensara durante el tiempo suficiente, hasta que todo se condensara en esa simple frase, breve, pulida, cortante...

¿No es cierto que se podrían resumir libros enteros en una simple frase? ¡Sólo hace falta dar con ella! Pero ¿no se debería escribir sólo si se ha hallado esa frase? Es decir, alguna frase de ese tipo, una que corte el tiempo, que verdaderamente lo atraviese y lo suspenda y nos dé en la imagen transversalmente imposible de su detenimiento, como un golpe, como una bofetada, como un disparo, el sentido a la vez contenido y explosivo... Meter un mundo entero en una oración, una que al leerla lo sacara también de golpe y lo desplegara por el aire, con ruidos y silencio, a colores y con arrugas en los dedos que parezcan ojos y conversaciones entre la niebla y enunciados obvios como recetas y confusos como acertijos y ambigüedades y certezas a la vez…

16 oct. 2007

negociación (1ª aproximación)

Uno de mis deportes favoritos es entretenerme pensando cómo hacer para que dos cosas que parecen excluyentes dejen de serlo, sin que eso implique que una parte deba “ganarle” a la otra, por ejemplo destruyéndola, eliminándola o callándola. Es decir, sin que ninguna de las dos pierda su especificidad. Se trata, pues, de pensar cómo lograr que una diferencia entre dos, una diferencia mutuamente excluyente (o que cada parte entiende así), se convierta en una o varias diferencias con las que ambas partes puedan convivir. Es el proceso de transformar las diferencias oposicionales en diferencias, digamos, “contaminantes”: que a cada uno le deje de dar alergia el otro y que, más aún, aprendan a mezclarse sin hacerse iguales.

A este proceso lo llamo “negociación”.

Para que sea exitoso deben suceder varias cosas. La más importante es que las partes deben efectivamente ceder en algo. Es decir, uno no negocia lo que de antemano consideraba negociable en el sentido de entregable o prescindible.

O dicho al revés: solo se negocia cuando se empieza por estar dispuesto a negociar algo que se considera innegociable.

Porque de otro modo uno no estaría negociando nada, sino simplemente entregando lo que de todos modos le parece prescindible. Dicho de otro modo: negociar solo lo previamente negociable no es, en sentido estricto, negociar, sino hacer un intercambio sin compromiso, sin un reconocimiento, ante el otro, de que sus intereses me parecen respetables y de que, por ese respeto radical, estoy dispuesto a ceder en algo que sea significativo, o bien, aceptar algo de su parte que antes no hubiera considerado siquiera aceptar…

Dicho todavía de otro modo: la verdadera negociación entraña un “sacrificio”; debo conceder o aceptar algo que, antes de sentarme a negociar, me parecía no “concedible” o no “aceptable”. Y para que haya de verdad negociación, cada parte debe cumplir con este “sacrificio”: si solo una parte cede entonces no hay negociación.

La negociación, pues, debe ser bilateral o multilateral, y todas las partes deben ceder algo y aceptar algo, y no cualquier cosa sino algo que, antes de la negociación, imaginaban como innegociable. De otra manera el intercambio no es significativo como signo de respeto radical hacia el otro, como signo de tolerancia ni como signo de un deseo real de convivir con el otro en cuanto otro, diferente de mí…

Negociar no puede ser un juego de suma cero. Negociar es lograr que las diferencias que nos separan de modo excluyente, se conviertan en diferencias con las que podamos convivir.

¿Quién debe empezar la negociación? ¿Quién debe invitar al otro a negociar? ¿Quién debe ser el primero en ceder? No creo que eso sea importante; lo esencial es que el otro quiera y sepa responder.

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8 oct. 2007

al día después... ¿lo mismo?

En mi post anterior Don William Venegas me invita a visitar su blog y hacerle algún comentario a lo que hoy publicó allí. Esto va en respuesta a dicha invitación.

Don William, me parecen muy sentidas sus palabras. Y las respeto y las comprendo, son las de cualquiera al que se le rompe una aspiración. Pero también hay cosas que no entiendo. Por ejemplo, usted dice: “las personas de buena voluntad hemos perdido algo”; y yo no dudo que así sea, digo, que usted y los suyos sean personas de buena voluntad y que hayan perdido una aspiración, un sueño legítimo que tenían, el de que, en este caso, ganara el “no”. Tener ideas y convicciones y sueños está muy bien, y también saberlos defender.

Pero al decir “las personas de buena voluntad…” me parece que sin querer usted da a entender que todas las demás personas no son de buena voluntad, ninguna de ellas. Es decir, generaliza que simplemente las personas (todas, las cientos de miles) que votamos “sí”, somos de mala voluntad o, llanamente, malvadas.

Por otro lado, yo, que voté “sí”, no me siento para nada identificado con ninguno de los siguientes grupúsculos: “el gigantismo de los poderosos de siempre”, “la gran prensa”, “el poder napoleónico”, “la intromisión imperial”, “el entramado legal dominado por los mencionados anteriormente”, y “la conciencia ingenua de muchos compatriotas”. Supongo que, a sus ojos, en el mejor de los casos caigo en el último conjunto. Ni modo.

Cito algunas otras frases similares, tomadas al vuelo de los mismos comentarios a su post:

1. “Los del NO siempre pensamos en el prójimo, en el vecino, en la comunidad y en la Igualdad Social. Es una gran enseñaza y los logros conseguidos tienen un gran valor.” [Ana Saravia] De acuerdo. Pero no estoy de acuerdo en el paso que, a veces, se da después de este: derivar de ese tipo de afirmaciones que, por definición, los del otro bando son incapaces de interesarse y trabajar por el prójimo, la comunidad y la igualdad. Es que de ser así, aritméticamente Costa Rica sería esto: 800000 personas malvadas y egoístas; 750000 personas buenas y solidarias; y el resto del padrón simplemente personajes no identificados, espectros de un limbo, o quizá: indiferentes, impasibles, echados... Dicho en otras palabras: ¿Cómo, sin conocer personalmente a las 800000 personas que votaron “sí”, puede saber alguien con certeza cartesiana que todas son ingenuas, tontas, vendidas, egoístas, corruptas? Yo no conozco a todas las 750000 personas que votaron “no”, pero sí conozco individualmente a muchas que lo hicieron, son amigos, familiares, colegas, conocidos, y a muchos de ellos los respeto, los quiero, y me esfuerzo por comprenderlos.

2. “Jamás creí que ganaría el SÍ, pero como ves, casi siempre el mal y la maldad imperan.” [yamilka noa] De nuevo: una identificación abstracta, metafísica y universal entre el “sí” al TLC y el “mal”…

3. “Me duele de corazòn que el miedo ganara, miedo que se transmite con otra palabra mas viceral y mas adecuada a nuestros tiempos: Terror, este terrorismo que nos ha bombardeado por todos los frentes y nos ha lastimado hasta el dia de Hoy.” [Antonio Chamu] Sinceramente no sé cómo aplicar la palabra “terror” a lo que ha pasado, ¿no será un poquitín excesiva?

4. “¿Cómo es posible que tanta gente venda el país de esa manera?” [Silvia Castro] Yo, al menos, no he recibido ni medio dólar por haber votado “sí”, ni nadie me lo ofreció ni creo que vaya a recibirlo. Por otro lado, solo lo aceptaría si me lo gano trabajando. Luego, en el mismo comentario: “Pero uno sabe, por que ya lo ha vivido muchas veces, que debe seguir, por que ese es el destino de los que se atreven a imaginar un mundo mejor.” En eso sí estoy completamente de acuerdo, también a mí me encanta imaginar todos los días un mundo mejor. Pero no creo que haya una sola receta ni una sola vía ni una sola verdad para conseguirlo. Si hubiera ganado el “no”, yo, al menos, hoy hubiera seguido imaginando un mundo mejor, solo que en otro contexto, con otras reglas, con otros problemas y seguramente otras soluciones, pero sin pensar que todo se fregó porque las cosas no son ahora como yo quería.

En fin… que, en general, me cuesta entender por qué tanta gente insiste en ofender (“inmorales”, “malvados”) o subestimar (“tontos”, “ingenuos”) a quienes no piensan de la misma manera cuando, al mismo tiempo, lo que dicen defender es la solidaridad, la tolerancia, la libertad, la paz… Una de dos: o no se dan cuenta de que lo hacen, o lo hacen a sabiendas y, entonces, me pregunto, ¿qué tipo de libertad y solidaridad son esas? ¿Solo se puede ser solidario con quien piensa como uno? ¿Solo se debe defender la libertad de quienes creen en las mismas verdades que uno?

Entiendo que, desde su perspectiva, son los otros (los del “sí”, por ejemplo, o los “poderosos de siempre”, etc.) los que practican ese tipo de intolerancia y de actitudes represivas. Y obviamente en algunos casos fue y es así, y siempre habrá que luchar para que esos casos tiendan a ser menores; pero, por otro lado, no siempre fue así, pues, de haberlo sido, hubiera sido sencillamente imposible que el TLC llegara hasta un referendo, que se hubieran organizado y celebrado yo no sé cuántos cientos de debates con participación equitativa de gente “sí” y gente “no”, que los medios de prensa universitarios gocen de la absoluta y grata y necesaria libertad para informar a la gente desde otras perspectivas, etc.

Lo que me pregunto, entonces, es esto: responder a la conducta que uno adversa en los otros con conductas simplemente especulares, ¿no colabora en la perpetuación de los mismos patrones de “intercambio” interpersonal y político que uno dice detestar, en lugar de ayudar a superarlos?

Quisiera ser entendido: a mí también me molestan esos patrones, pero me molestan independiente de donde provengan. Y, por otro lado, creo superfluo ponerse a discutir quién debe entonces cambiar primero, si nosotros o los otros. La respuesta es más simple: todos. Si de cualquiera de los dos bandos cada vez más personas actuaran, pensaran y debatieran de otra manera, eventualmente esos “patrones” de agresión y represión podrían empezar a cambiar. Y hay muchas maneras de empezar; una, por ejemplo, es esta, como lo hacemos aquí en la web cada vez que discutimos temas sin insultarnos, sin humillarnos, simplemente dando y leyendo argumentos y contraargumentos.

Propongo un ejercicio de ficción: imaginemos que el país –con los mismos ciudadanos que tiene hoy– estuviera gobernado por grupos que adversan los tratados de libre comercio, que dichos gobernantes tuvieran el control de la Asamblea Legislativa, y que, más aún, la prensa escrita y televisiva “estuviera de su lado” y que, por algún hado misterioso, a pesar de todo eso se hubiera negociado un TLC con EE.UU. (el mismo que votamos ayer) y que ese gobierno hipotético se hubiera visto obligado a llevarlo a un referendo. E imaginemos que quienes estuvieran a favor de ese tratado fueran minoría y tuvieran muchos menos medios económicos para defenderlo. Ahora viene la parte peliaguda: ¿es que todas esas personas del “no” actual que estarían al frente de esa Costa Rica imaginaria que describo, hubieran de “buena voluntad” abierto “su” prensa y gastado menos dinero del que podían gastar para competir en absoluta igualdad de condiciones contra quienes estarían a favor de ese TLC que para ellos sería nefasto aprobar? ¿Practicarían, sin ninguna duda, y todos por igual, una ética tan inquebrantable? Si la respuesta es sí –es decir, que no hubieran hecho ninguna de aquellas cosas terribles y que sin duda todos habrían sido equitativos y habrían jugado limpio, etc.– pues eso es asumir que, en efecto, todas esas personas, digamos las 750000 que votaron “no”, son prácticamente santas, impolutas, jesucristos redivivos. Yo no podría hacer esa generalización sin sonrojarme; aparte de que sería un error lógico flagrante.

Ahora bien, para que no se me malentienda: NO estoy defendiendo que esa inequidad de medios haya sido o sea correcta, inevitable, natural o que esté justificada porque viene de parte de quienes están en posiciones de poder. Solo estoy diciendo que me parece ingenuo pensar que solo sería ese el caso si el bando en el poder es el que está ahora y no el otro (vuelta del “argumento” que reza “nosotros somos los buenos en poder de la verdad, los otros son los malos ignorantes”, lo cual, dándole vuelta como una moneda, aplica para cualquiera de los bandos que diga “nosotros”). Lo que estoy diciendo, pues, es que en ambos casos me parecería igualmente incorrecto; y que en cualquier caso esas generalizaciones morales son simplistas, falaces e incluso contraproducentes: sirven para evadir los verdaderos problemas y las verdaderas soluciones y se limitan a señalar con el dedo: “vean, allí están los inmorales, los culpables, debiéramos odiarlos”. No olvidemos que hace pocos siglos se hacía algo parecido, con ayuda de la Iglesia, con la diferencia de que en aquellas épocas a los culpables se los torturaba públicamente y luego se los asesinaba sin más… Por otro lado, creo que es una pérdida de valiosa energía: se podría usar mejor la fuerza en intentar convencer a las personas con argumentos y no con moralismos, y en proponer alternativas viables y concretas para resolver los problemas concretos actuales y los que se avecinan.

Lo cual me lleva a otro asunto: ahora que ganó el “sí” en el referendo, por un margen estrecho, creo que lo decente sería que a la hora de discutir la agenda de implementación en la Asamblea se tomara en cuenta el parecer que está implícito en todos los votos que recibió el “no”. Es decir, que ese enorme porcentaje debe incluirse en esas leyes que deben crearse no solo para que el TLC pueda entrar en vigencia, sino para compensar y corregir las inconveniencias que vaya a provocar. Esa debiera ser la función de la oposición en la Asamblea, pelear por eso; pero también debiera ser la función del oficialismo: saber ceder en eso; de modo tal que por una vez todos estemos de acuerdo en algo: en que se deben aprobar esas leyes pero que, a la vez, deben ser las más justas posibles. (El extremo de negarse absolutamente a que se aprueben dichas leyes sí me parecería ignorar la voluntad de quienes ayer ganaron el referendo, pues es obvio que si votaron por el TLC es para que entre en vigencia, y eso entraña la necesidad de esa agenda de implementación.)

Espero no haber echado más leña al fuego. Quiero seguir creyendo que es posible empezar a construir cosas, las más convenientes de ahora en adelante, sin tanto pleito, sin ya tanto pleito...

6 oct. 2007

el fantasma de una decisión (o: confesiones de un simple ciudadano…)

Léase este fragmento de "diario" como eco en negativo de este post de Xtian en su Fusil de chispas...

En los últimos cinco años, más o menos, Costa Rica poco a poco se convirtió en un país monomaniático. Al menos formalmente: un único tema llegó a dominar a toda la población, a las instituciones, las iglesias, las universidades, y por todas partes se instaló y allí sigue clavado como cuña dentro de familias enteras, enemistando amigos y acercando a desconocidos. Un efecto beneficioso fue que obligó a mucha gente a redescubrir algo que no sabían que tenían o habían olvidado: su discernimiento. ¿Cuándo, en la historia reciente del país (o, incluso, en la no tan reciente), algo había generado tal cantidad de debates, publicaciones, manifestaciones, memorandos tétricos, informes, escatologías, revelaciones de obispos eméritos, investigaciones serias y documentales y contradocumentales, cientos de posts y comentarios en blogs, grafitis, campañas publicitarias, discusiones y paralizaciones legislativas, programas de radio, etc., etc., etc…?

Enhorabuena. Eso es lo primero. En un país que, a juicio de algunos, no pasaba nada desde el Big Bang, algo sin duda ha pasado y sigue pasando. Eso es indiscutible.

Por otro lado, esta buena nueva –la de un país que parece haber empezado a encaminarse hacia una madurez política que tanta falta le hacía– también ha provocado una marea de conductas que, al menos a mí, me tienen absolutamente hastiado: debatir se convirtió en un deporte de insultos mutuos que ya cuenta con verdaderos campeones; infundir miedo, una estrategia usada a diestra y siniestra, es decir, por ambos bandos; recurrir a “argumentos” moralistas parece hoy en día una manera “natural” de convivir y pensar democráticamente: cada quien parece pensar y decir “yo soy bueno y por eso lo que pienso es verdad, y el otro, obviamente, es malo y lo que dice es falso”. En buena medida, hoy en día Costa Rica es un país en blanco y negro, y lo ha sido desde hace tanto que uno empieza a creérselo, y es triste, muy triste.

En esa división bipolar, ambos bandos han pecado de exageraciones y manipulaciones de información, y han hecho amenazas veladas y públicas. Creo que negarlo es simplemente volver al autoengaño moralista: no, nosotros no, solo lo han hecho los del otro bando… Habría que dejarse ya de cuentos y reconocer al menos que desde cierta perspectiva lo sucedido ha sido una guerra mediática, verbal, imaginaria, afectiva, y que ambos bandos han recurrido a un sinfín de argucias y artimañas que dejan mucho que desear… Podemos achacarlo a la novatez del proceso: nuestro país no pasaba por una decisión de estas dimensiones desde hace mucho tiempo...

Sobre este asunto quisiera destacar algo que me parece tan radicalmente inaceptable que no me lo puedo callar. Que un obispo emérito “insinúe” que es pecado votar por el “SÍ” es llanamente un retorno instantáneo a la Edad Media, a una época precrítica, preilustrada, premoderna y a todas luces aborrecible. La votación del domingo 7, dijo el obispo, es un debate “entre Dios y Satanás”… ¡Pero lo más lamentable para mí fue ver, no sé si por desesperación o simplemente oportunismo, a gente inteligente siguiéndole la corriente! En uno de los últimos debates televisivos, don Henry Mora, siempre lúcido y lleno de recursos, citó no sé cuántas veces al obispo y a la religión católica como autoridades infalibles para convencer a la gente a que votara “NO”; entrelíneas uno oía que, como el obispo es cura, es decir, bueno e impoluto por definición, y como tiene comunicación directa con Dios, es decir, con el Bien y la Verdad, hay que hacerle caso como niñitos buenos. Lo que más molesta es que el gesto implica tratar a las personas como imbéciles: como ustedes no son capaces de pensar por sí mismos, yo no me voy a tomar el tiempo de explicarles con razones lo que pienso, simplemente les digo lo que piensa Dios padre todopoderoso para que ustedes lo sigan como borregos…

En fin, ambos bandos en distintos momento han recurrido a satanizar a X y a endiosar a Y, actitudes llanamente deplorables, vengan de donde vengan. Es que el recurso más necio e infantil ha sido reducir este debate a una lucha entre “buenos” y “malos”.

Pero dejemos eso…

Cambio ligeramente de tema: alguien dijo recientemente en la blogosfera, lamentablemente no recuerdo exactamente dónde, que en estos momentos el voto “rebelde” ya no es por el “no” sino por el “sí”. Es decir, que el NO se convirtió en una corriente tan fuerte, que terminó por generar el poder de arrastrar a muchos que no sabían para donde coger y, muy probablemente, ya son mayoría. El país, tan dado a organizarse en sectas maniáticas (superargollas de gente que se identifica plenamente entre sí), tiene, por ejemplo, al 99.999% de sus artistas e intelectuales aliados al NO, con, sin duda, justas y ponderadas razones; pero, supongo que en parte por carecer de una división interna en cuanto a sus opiniones, han generado sin querer la ilusión (falacia, en realidad) de que votar por el NO es signo de inteligencia y votar por el SÍ signo de imbecilidad; lo cual ha conseguido generar adeptos al NO bajo el supuesto de que, como tanta gente inteligente votará NO, si uno vota NO efectivamente es –o se hará al salir del recinto– inteligente; lo cual, más bien, para mí demostraría que tal persona no lo es, pues estaría decidiendo su voto por influencias sospechosas y no por pensárselo bien y, en el peor de los casos, solo por quedar bien con sus “iguales”… Y el mismo argumento, pero moral, es igualmente válido: solo las personas solidarias votan NO, entonces, para ser persona solidaria, basta con votar NO, no importa si por el resto de mi vida me olvido absolutamente de hacer algo por esa gente empobrecida que digo defender en todos mis discursos…

En general, estoy de acuerdo en que llevar el debate a esos extremos es algo ridículo e inútil: que los del NO son solidarios e inteligentes, pacíficos, buena gente, no consumistas, gandhis en potencia, etc.; y que los del SÍ son egoístas y tontos, guerreristas, vivazos y explotadores, consumistas y materialistas y superficiales, etc… Simplezas. Hay gente inteligente y buena y sonsa y malvada en ambos bandos, y yo hubiera preferido –creo que muchos lo hubiéramos preferido– que el debate no se moralizara tanto; pero ya es muy tarde para eso…

Pero, en fin, más allá de todo esto, ¿por cuál opción, pues, votar?

Yo votaré el domingo por el SÍ y, al igual que Xtian en el post citado, he tomado la decisión después de años de leer artículos y periódicos, La Nación y el Semanario Universidad, y de escuchar incontables debates en la radio y en la TV, y de ver con pasión los documentales de Pablo Ortega y las respuestas a sus documentales, y de leer los informes de notables y otros no tan notables, y libros, y el tratado mismo, sí, que he intentado digerir en diversos intentos y de acuerdo a diferentes estrategias… He leído y he estudiado y he escuchado y he discutido y después de años de indecisión y de debates internos y externos, finalmente he decidido: SÍ.

Queda dicho, fuera del clóset... Pero un clóset en el que yo me debatía conmigo mismo, es decir, no uno en el cual estuviera recluido porque no quisiera que vieran “mi verdadera identidad”, sino por no tener yo mismo idea de cuál era, en este caso, “mi verdad”. Lo mismo que, creo, le ha pasado a muchos indecisos hasta el día de hoy. Hace años, cuando comenzaba este delirio nacional, esta manía o monomanía que degeneró en bipolaridad crónica, yo estaba convencido del NO. Incluso lo escribí en La Nación: me oponía a este TLC. Eso fue hace tres años y uno cambia mucho en tres años y lo peor que puede hacer es ensañarse uno consigo mismo, ser hipócrita consigo mismo o simplemente seguir pensando siempre lo mismo por miedo a cambiar de opinión o por miedo al qué dirán.

A mí se me haría insoportable la vida si desde ya y para siempre supiera qué voy a pensar al respecto de todo. ¿Y si uno supiera de antemano qué van a creer y pensar y decir siempre las personas que uno conoce, como si fueran títeres que simplemente repitieran una y otra vez lo mismo?

Uno no debe ser quien es solo por inercia, como si, al nacer, uno hubiera firmado un pacto eterno con cierta “identidad” que sería “pecado” violentar en algún momento de la vida. Uno debe ser quien es por discernimiento, y eso entraña debatirse consigo mismo siempre y tomar decisiones, arriesgadas, a veces, más seguras otras veces, pero decisiones al fin, a la luz de los contextos y las emociones, las razones, los posibles escenarios y los intereses y principios propios, y decisiones diferentes para situaciones diferentes, sin actuar, pues, como si hubiera en uno mismo una receta universal de uno mismo...

Yo, personalmente, estaba en una especie de clóset no por vergüenza, sino por una profunda indecisión “teórica”… Obsesivo como soy con los temas que me interesan, he leído y escuchado todo lo que he podido sobre el bendito tratado. Valga decir: la indecisión no ha desaparecido, pero es imperativo tomar hoy una decisión. Xtian, en su post, dice que votará NO bajo protesta; pues a mí me pasa exactamente lo contrario: votaré SÍ bajo protesta. Los dos, creo, somos simples casos de lo que deben estar pasando infinidad de costarricenses indecisos. Y todos, del SÍ o del NO en el momento de votar, igualmente arriesgados. Porque lo que no estoy dispuesto a aceptar es que haya, respecto de todo este asunto, una certeza que algunos posean y otros no. Todos, igualmente, nos estamos arriesgando con nuestra respectiva decisión.

Los lectores que habrán tenido la paciencia y la generosidad de llegar hasta aquí, preguntarán, bueno, ¿pero por qué SÍ? (Otros, supongo, más maledicentes, simplemente dirán: “este tipo se volvió imbécil –¡o ya lo era!–, o lo compraron los gringos”, y simplemente me convertiré en otro de sus objetos de humillación y escarnio… están en su derecho.)

...Y que si por estas palabras voy a perder amigos y el respeto de algunos familiares, pues eso me entristecerá hasta el fin de mis días; pero me entristecería más haber conservado amistades que solo lo eran porque pensábamos de manera idéntica en estas cosas o cualesquiera otras. Creo que una idea y una práctica de la amistad que no pueda ir más allá de la política, no es en realidad amistad –ni, casi, siquiera respeto humano– sino solo sectarismo: la capacidad de solo apreciar y respetar a quien piensa como uno y cree lo mismo que uno; equivale a declarar que quien no piensa como uno es inmoral o estúpido. Esto, en sí mismo, es un vicio político nefasto: atenta con reducir la vida en común –la vida política– a vida entre absolutamente iguales, es decir, no iguales en cuanto a derechos y oportunidades y deberes –lo cual es imprescindible– sino iguales incluso en opiniones, en creencias, en “verdades”. Yo quiero saber querer y respetar a quienes tienen ideas y razones opuestas a las mías, incluso cuando parecen excluyentes y precisamente porque lo parecen: la amistad no radica en apreciar solo al idéntico a mí, sino que nace del esfuerzo por comprender y aceptar a otro radicalmente diferente de mí. Lo primero, querer solo la identidad, me parece tan simple que no puedo concederle mucho valor. Y algo similar debiera motivar las relaciones de "fraternidad" entre conciudadanos...

Y la posibilidad de aprender a respetar y apreciar al radicalmente diferente de uno mismo pasa por esforzarse por escuchar a los otros sin prejuicios. Al principio de estos debates nacionales, hace tres o cuatro años, llegue a estar convencido de que había que rechazar este TLC y, partiendo de dicho convencimiento, escuchaba debates y leía textos sin prestar verdaderamente atención: ¿para qué, si yo estaba seguro de la verdad, si consideraba que mis razones eran irrefutables, si creía en ellas absolutamente? De esto, por supuesto, solo me di cuenta después, no sé exactamente cuándo, espontáneamente. Y entonces me esforcé por empezar a escuchar y leer como si yo no tuviera ninguna decisión tomada, ni ninguna certeza previa. Poco a poco empecé a creer que me había equivocado en algunas de mis razones y conclusiones, y que otras que antes me parecían flojas o simplemente falsas, tal vez no lo eran tanto. Al menos, que las cosas eran mucho más complejas…

¿Qué es lo que hacemos, pues, cuando, por ejemplo, escuchamos o participamos en un debate creyendo que nuestro punto de partida y de llegada es inmutable, incontestable, y que nada ni nadie lo va a poder cambiar? No sé cómo llamarlo, pero sí sé que no es debatir; o sí, pero entonces no es ni dialogar ni negociar, sino simplemente enfrascarse en una lucha de imposición, un juego de suma cero donde solo podría haber un ganador. Algo así como una lucha entre dos fes irreconciliables. Algo, pues, sin futuro: creer X y punto; creer Y y punto (o decir SÍ y punto; o decir NO y punto). Mi esfuerzo por no creer nada (es decir, por suspender mi decisión hasta hoy, sábado 6 de octubre, un día antes del referendo), y por escuchar y leer todo sin una decisión o fe u opinión previamente asumida como innegociable, hoy, pues, tras ese esfuerzo tan difícil, he decidido finalmente votar SÍ; y no solo eso, he decidido también decirlo, aquí por ejemplo.

Ahora bien, es obvio que hay muchas razones para el no y hay muchas razones para el sí. Creo que nadie, ni siquiera un obispo emérito, tiene la facultad de prever límpidamente el futuro ni de anticipar todas las minucias económicas, políticas, geopolíticas, etc., que determinarán los eventos por venir; pero algo, en definitiva, debe inclinar la balanza, pues la indecisión solo sirve como herramienta heurística hasta que llega el momento impostergable de –en este caso– decir sí o no.

Yo prefiero inmensamente las situaciones en las cuales no es necesario llegar a una disyuntiva de este tipo, situaciones en las cuales se puede mantener la negociación sin tener que llegar a una opción excluyente y tomando, en cambio, decisiones mínimas que intenten mediar entre los “opuestos” o “diferentes”; pero también entiendo que a veces eso no sea posible, al menos no en el mundo que habitamos hoy en día.

En ese sentido, creo que el esfuerzo habría que dirigirlo a intentar, de todas las maneras posibles, crear contextos –económicos, sociales, políticos, interpersonales, etc.– en los que no sean necesarias ese tipo de decisiones tajantes, en las cuales siempre se pueda negociar un matiz y luego otro y avanzar poco a poco, tratando de incluir en las decisiones, las organizaciones, las instituciones, todas las posiciones reales o la mayoría, es decir, a todas las personas y sus más diversos intereses… Por esto, en parte, creo que lo más importante no es la decisión (sí o no) sino lo que haremos después de tomar la decisión (cuando, justo después, el 8 de octubre, ya otra vez podamos volver a un escenario no presionado ni exigido por una decisión excluyente…).

Hay toneladas de información sobre el TLC y ya no es hora de resumir sus temas ni de profundizar en ellos. Solo diré un par de cosas: Consideré muchas razones para el NO, y la fundamental, para mí, es el tema de propiedad intelectual, con exigencias más fuertes que las de la misma OMC: algo imperdonable. Por otro lado, como no creo en los nacionalismos ni en ningún tipo de aislacionismo ni de metafísicas de la identidad nacional, etc., por esos lados no me pescó nunca el NO; además tampoco me gusta perder tiempo visualizando escenarios apocalípticos, el mundo ha estado tantas veces supuestamente tan cerca del fin que me parece harto improbable que un cataclismo llegue en la forma de un TLC; las extinciones de la soberanía y, por ejemplo, el saqueo del subsuelo marino también me parecen exageraciones, o bien, peligros contra los cuales puede legislarse desde Costa Rica con herramientas provenientes de la Constitución, del mismo TLC y del derecho internacional. Más sensata me parece la perspectiva de que la mayoría de trabajos que genera este tipo de tratados tienden a ser miserables, puestos para robots, maquileros, de operadores telefónicos, es decir, puestos que no representan una carrera en la cual una persona pueda superarse, sino puestos mecanizados y de estancamiento profesional, etc. O los argumentos de que, en el caso de telecomunicaciones, por ejemplo, la competencia que se genera no es muy ventajosa por la creación de pseudomonopolios privados que, como las empresas actuales de cable en el país, simplemente se reparten el mercado sin competir para verdadera ventaja de los consumidores...

Pero, por otro lado, tampoco me parece probable que los agricultores, en general, estén en peligro de extinción si se aprobara el TLC. El mercado estadounidense es enorme para productos agrícolas; la función del estado sería ayudar a los que podrían verse desfavorecidos a entrar en ese mercado, con agendas de desarrollo agrícola que dependerían de la voluntad política de Costa Rica, nada más, y no de preferencias que EE.UU. ofrecería por su cuenta y que también eventualmente podría eliminar. Nuestra tarea sería tener la creatividad, la voluntad y la fuerza para idear esa agenda y exigir su cumplimiento, lo cual dependería en buena medida de factores ajenos al TLC. Las mismas ideas valdrían para un eventual tratado con la Unión Europea, donde también hay subsidios que afectan a los productores nacionales; y algo relacionado: ¿sería tan sencillo participar con el resto de América Central en un TLC con la UE tras el precedente de no participar con ella en el tratado con EE.UU? Aparte del problema de la unión aduanera centroamericana, aspecto que también se complica si rechazamos este TLC. Otro asunto: no creo que sea sensato hablar de la Iniciativa de la Cuenca del Caribe como de algo “permanente”. Depende, por un lado, del Congreso de EE.UU., y, por otro lado, de la OMC: en ambos casos, contextos externos a Costa Rica y obviamente ajenos a nuestro control. Esto es algo que, en mi ingenuidad sobre temas de fondo económicos, me ha costado comprender: ¿por qué va a ser mejor la ICC que este TLC si, con la primera, son los EE.UU. y lo que suceda en la OMC –es decir, factores ajenos a Costa Rica– los que determinan las preferencias arancelarias –o su eliminación– con las que los productos costarricenses entran en EE.UU? Digo, a veces me da la impresión de que con la ICC dependemos más de países extranjeros que de nosotros mismos, y no menos.

Desde otro punto de vista, creo en el comercio, no solo como generador de riqueza económica sino, incluso, como una manera o una excusa para poner en relación a los países y a las personas; y creo en las relaciones cada vez más complejas entre las personas y los países: el intercambio siempre es una buena manera de evitar la guerra, la violencia, el odio, etc. La falta de relación con otros es la vía más rápida para pensar que son nuestros enemigos. Y obviamente preferiría que los tratados de comercio fueran de comercio justo y no de comercio “libre”, pero por ahora no lo son y el esfuerzo habría que darlo por convertir el comercio que ya existe en uno cada día más justo; mi pregunta ha sido entonces si rechazar este TLC sería un paso para crear comercio justo o un paso en contra del comercio en general.

Creo, también, que generar riqueza debe ir acompañado de distribución de riqueza. Pero si no hay leyes ni un aparato institucional y judicial capaz de hacerlo, la respuesta inteligente, me parece, no es rechazar la generación de riqueza, sino ocupar toda la energía posible en la creación de esas instituciones y legislaciones que sean capaces de distribuirla. Si el mismo empeño, fuerza, creatividad, lucha, inteligencia, etc., que la campaña del NO ha dedicado a rechazar el TLC, se dedicara (en el caso imaginario de que el TLC fuera aceptado por los costarricenses) a forzar la creación de leyes e instituciones capaces de distribuir más equitativamente la riqueza que puede generar ese comercio y, por consiguiente, disminuir la desigualdad, me parece altamente probable que podríamos conseguirlo, y más aún porque, en esto, muchísimas personas que ahora apoyan el SÍ se unirían a las personas que han apoyado el NO (tendríamos, finalmente, un objetivo común). Lo inexplicable es que casi siempre parece haber más fuerza, energía, creatividad, empuje, etc., para oponerse a algo que para crear y fomentar algo.

Me parece, pues, que lo más sensato –o el mejor de los mundos posibles– sería: generar mucha riqueza gracias a todo tipo de intercambios comerciales –con EE.UU., con Europa, con China, con nuestros vecinos centroamericanos, etc.– y gracias a leyes que verdaderamente apoyen a los pequeños empresarios y los ayuden a crecer; y, al mismo tiempo, crear las estructuras jurídicas, fiscales, judiciales, sociales en general, capaces de distribuir esa riqueza y disminuir cada día más esa asquerosa desigualdad que es la peor peste de los países latinoamericanos. Esto implica hacer la misma guerra que se ha hecho contra el TLC –y, en la manera, la organización, la fuerza de esa lucha, creo, hay que quitarse el sombrero ante el NO– en contra de la corrupción, de la evasión fiscal, de la ineficiencia en el uso de los recursos públicos, de la excesiva burocratización de absolutamente todo en Costa Rica, en contra de las agendas de desarrollo que solo son discursos y promesas y no hechos concretos, y a favor de una legislación que pueda implementarse en la práctica y hacerse cumplir. Y habría que hacerlo sin renunciar jamás a la legislación laboral que ya tenemos y nos distingue, y a la educación pública y a la seguridad social que ya tenemos y nos distinguen. ¿Qué pasaría si la misma energía que se ha desatado en todo este proceso en Costa Rica, tan enriquecedora, que ha despertado al país entero, se utilizara para esos propósitos?

Ciertamente, desde el NO es posible decir que todo eso está muy bien, pero que es más fácil lograrlo sin TLC que con él. Y ese, al fin de cuentas, es el meollo de todo este asunto. ¿Es más fácil llevar a cabo esa lucha contra la desigualdad y a favor de la prosperidad de cada vez más cantidad de personas, con o sin este TLC? Como dije, al comienzo de estos debates, hace años, yo pensaba que sería infinitamente más fácil sin este TLC. Pero después de años de hacer lecturas y escuchar conferencias y debates, he llegado a creer que, en el contexto mundial actual y probablemente por venir, será mucho más difícil sin tratados de comercio y, específicamente, también sin este tratado con EE.UU. Lo cual produce al instante la otra posibilidad que se ha defendido en este gran debate nacional: entonces lo mejor sería rechazar este tratado con todos sus errores e inconveniencias y negociar otro. Y eso, en efecto, suena muy bien; hasta hace muy poco yo también lo creí y lo defendí en algún momento: la solución era renegociar el tratado.

Sin embargo, en este como en tantos otros aspectos tampoco hay nada seguro, ninguna certeza, es decir, especulan tanto quienes insisten en que es renegociable como quienes insisten en que no lo es. Y también especulan quienes están absolutamente seguros de que en una renegociación efectivamente conseguiríamos, en todo, mejores condiciones que las actuales. Es decir, especulan principalmente porque no depende solo de la voluntad de Costa Rica sino de la voluntad de Washington, y eso es hartamente complejo: los contextos políticos en EE.UU. son volubles y están enteramente fuera de nuestro control. Por eso me parece irresponsable afirmar una u otra cosa como si fuera una certeza: no tenemos idea de lo que harán en el futuro los estadounidenses. De nuevo, hay que arriesgar la decisión.

Otro argumento fuerte sobre el cual se ha comentado mucho: que con TLC cambiaría el modelo de país, el modelo de desarrollo, etc… Y, posiblemente, sea cierto; pero no creo que al nivel que muchos auguran con terrible oscurantismo. Tampoco, como otros insinúan, creo que haya que temerle a eso porque el cambio en general sea malo y haya una especie de deber cósmico con mantener las tradiciones de un país… La tradición de un país, tanto como la identidad de una persona, cambia, evoluciona, y está bien que lo haga porque de otro modo moriría, estancado, convirtiéndose en piedra que, sin más opción que “estar”, solo se cubriría de polvo… La lucha y el esfuerzo sería por lograr que los cambios que hayan de venir no atenten contra los logros únicos de los que ya disfrutamos en educación pública, seguridad social, legislación laboral, etc., etc., y que más bien los complementen e incluso mejoren.

Peco de ingenuo, ya lo sé, me lo han dicho… Pero no creo que sea ingenuidad; tal vez me equivoco, pero más me parece atrevimiento: es más conveniente apostarle a lo más difícil –si el premio va a ser mayor– que a lo más seguro. En otras palabras, no me parecen excluyentes la riqueza económica y un estado ocupado de crear y sostener y mejorar las condiciones necesarias para el bienestar y la prosperidad de todos sus ciudadanos (en salud, educación, igualdad de oportunidades, al vigilar que unos no exploten a otros, en distribuir equitativamente el ingreso, etc.). La creatividad, la particularidad costarricense estaría, a mi juicio (y esto sería más heroico) en hacer lo que otros países no han sabido hacer bien: no me refiero a rechazar tratados de comercio, sino a tener tratados y a la vez mecanismos reales y eficaces para la distribución de la riqueza, la disminución de la desigualdad y la creación de prosperidad. Por ejemplo: crear riqueza como Chile pero manteniendo y reforzando la CCSS, la universalidad de los servicios de energía y telecomunicaciones, la educación pública, etc… Ese sería, para mí, el mejor escenario posible; es decir, no uno que excluya el crecimiento económico –satanizándolo o no– solo por mantener los beneficios sociales existentes en salud y educación; ni uno que excluya los beneficios sociales por crecer económicamente; sino uno que fomente el crecimiento económico y al mismo tiempo el crecimiento (fortalecimiento, mejoramiento, etc.), de los servicios de interés social y en general todo lo que promueva la prosperidad de cada vez más personas…

El esfuerzo, pues, habría que darlo siempre por intentar conseguir el mejor escenario posible, en lugar de quedarse con el más o menos bueno que ya se tiene por temor a fracasar en uno nuevo. Y esto, creo, es cuestión de talante (no de moralidad): unos prefieren arriesgarse y otros prefieren quedarse con lo que ya tienen seguro, y las dos, en diferentes casos y momentos, bien podrían ser las mejores decisiones; pero el punto es que no puede haber una receta válida para todos los casos. Y, en este caso, en definitiva, no me parece que el tratado incluya una normativa tal que le hiciera imposible a Costa Rica lograr aquellos objetivos que son comunes tanto al SÍ como al NO.

Si uno puede juzgar estos temas sin recurrir al hígado y sin prejuzgar moralmente, son este tipo de “apuestas” las que decidirán en buena medida las políticas del presente siglo: ¿hasta dónde estaremos dispuestos a llegar, en cuanto a cambios se refiere? Las nuevas tecnologías nos obligarán a tomar muchas decisiones similares en el futuro próximo: ¿nos arriesgamos a permitir la clonación por motivos terapéuticos, por ejemplo, o, por temor a la creación de “frankensteins” y “mundos felices”, nos conformamos con lo que ya tenemos, aunque eso implique, por decir algo, no curar la distrofia muscular, o que mueran incontables personas por no contar con un riñón para que les realicen un trasplante, etc.? No es tan improbable que dentro de algunos años estemos haciendo referendos para decidir asuntos biotecnológicos y sobre el uso intensivo de tecnologías en el cuerpo humano. Y uno puede oponerse todo lo que quiera a la evolución tecnológica, pero no puede evitarla ni detenerla, pues eso sería frenar de golpe algunas constantes de la “naturaleza humana”: la curiosidad, la inventiva, el impulso de crear con libertad…

Ahora bien, ¿por qué pensar de antemano que es imposible construir aquel “mejor escenario”, es decir, no tener que elegir entre riqueza y crecimiento económico, por un lado, y fortalecimiento y mejoramiento de las instituciones y los servicios sociales, por otro?

He escuchado a muchos intelectuales burlarse de Alberto Trejos –entre otras víctimas similares– cada vez que dice algo semejante. A veces, el “razonamiento” velado parece ser el siguiente: como los tipos que defienden esas cosas son cerdos capitalistas y egoístas, etc., eso que dicen debe ser pura paja y en realidad no les interesa y, por lo tanto, es imposible. Un “razonamiento”, al menos, débil: primero, asume y generaliza que toda la gente que comparte ese pensamiento es inmoral y egoísta, lo cual, además de falaz, sí me parece un pensamiento inmoral, pues más inmoral es quien afirma que otro es inmoral sin conocer sus actos, sus gestos cotidianos, sus costumbres, sus sentimientos, etc. Pero además es derrotista: asume que solo es posible seguir cursos de acción si hay un solo ganador absoluto, es decir, asume que la verdadera negociación es imposible y, por asumirlo y no porque lo sea, la hace imposible.
En una fórmula: asumir que una tercera opción entre dos aparentemente excluyentes es imposible es lo que la hace definitivamente imposible.

Y ya sé que el mismo argumento puede darse a la inversa, es decir, que sin TLC también se pueden buscar esos dos objetivos a la vez: el de crear riqueza y saber distribuirla, etc… Y es cierto; pero entonces dependería –cuál caso parezca más viable– del contexto en el cual se toma la decisión, es decir, del contexto regional y mundial en el cual le va a tocar a Costa Rica vivir sin TLC o con TLC. Porque obviamente este TLC no lo estamos discutiendo “al vacío”, sino en un momento histórico nacional e internacional particular, es decir, en un contexto dado y ajeno a nuestro control. Dicho de otro modo: si este TLC no tuviera un contexto dentro del cual hay que decidir en contra o a favor, yo sería el primero en rechazarlo. Pero en el contexto político y económico mundial de la actualidad me parece mejor tenerlo que no tenerlo y, si ese contexto cambiara sustancialmente en el futuro próximo –y Costa Rica, tanto como cualquier otro país, puede con TLC seguir ejerciendo presión para que siga cambiando, por ejemplo hacia un comercio más justo que “libre”, etc.– pues siempre será posible abandonarlo y salirse del tratado en ese eventual futuro próximo donde sería mejor ya no tenerlo. Pero estamos donde estamos y las decisiones no se pueden tomar a espaldas del contexto mundial, como si Costa Rica pudiera ejercer el mismo control que ejercerá con su voto sobre el TLC sobre las decisiones de los demás países y economías del mundo al respecto de si van a querer hacer nuevos tratos con nosotros en las condiciones que nosotros queramos: ¿tenemos, hoy, ese poder de palanca?

Si el ejemplo de fuerza, de valentía, de alegría, de creatividad y de resistencia que han demostrado los cientos de miles de ticos que han apoyado el NO, fuera seguido para apoyar y crear la legislación y las instituciones necesarias para que el TLC, de ser aprobado, se convirtiera en una herramienta útil para la gran mayoría de costarricenses, y para que no implicara menoscabos a la seguridad social ni a la educación ni a los servicios básicos, seguramente seríamos capaces de mantener todos esos servicios y de mejorarlos y, a la vez, contar con un país, en general, más rico (esto quiere decir, para mí: donde cada vez más personas tengan las oportunidades necesarias para vivir vidas más prósperas), y eso también quiere decir: con más margen para actuar, e incluso para actuar internacionalmente. La pregunta sería si somos capaces de generar y usar la misma fuerza para afirmar que para negar, para crear que para rechazar. (De nuevo, no ignoro que sin TLC también se puede usar esa fuerza y esa creatividad para crear esas condiciones, mi punto ahora es que por los contextos actuales, eso sería más complicado y su éxito más improbable.)

En suma, que, considerando todos los aspectos, la ICC, la OMC, los posibles cambios en el gobierno de EE.UU., el futuro de un posible trato con Europa y la puerta que se ha abierto hacia China, las ventajas de una unión aduanera y política con los demás países centroamericanos, etc., creo que el peor de los males sería enfrentar cada día más obstáculos para establecer relaciones comerciales, y que eso sería lo que, eventualmente, pasaría si rechazamos este TLC. Por otro lado, aprobarlo no implicaría dejar de luchar por un comercio realmente justo, ni por estrategias de desarrollo sostenible y de creación de igualdad; y la lucha habría que darla también fuera de los ámbitos nacionales, en la OMC, en Naciones Unidas, con la creación de comunidades políticas cada vez más amplias y, por eso mismo, más poderosas (en nuestro caso, algún día, ojalá, una verdadera comunidad centroamericana); con la creación de alianzas y consensos en los organismos internacionales mediantes los cuales los países menos adelantados, al presionar juntos, pudiéramos algún día, finalmente, frenar la codicia siempre colonizadora y pantagruélica de los países más ricos.

En fin, creo que toda la energía, la creatividad y las especificidades de los costarricenses debieran orientarse a enfrentar los males que traería este TLC y a buscarles soluciones, que, de esto sí me siento seguro, no son imposibles aunque puedan ser en algunos casos muy difíciles (pensarlas imposibles de antemano sin duda sí las haría imposibles). Sin el TLC, en el contexto mundial actual (y no en un mundo de ensueño donde todo, evidentemente, sería más fácil) creo que las soluciones –también posibles, obviamente– simplemente serían más difíciles para el país.

Finalmente, sé que puedo estar totalmente equivocado, y mi decisión parte de reconocer esta posibilidad, la cual, vista por su reverso, no es más que el deber radical de asumir la responsabilidad por las decisiones tomadas.

En el último instante, en el centro inasible de todos los argumentos y posibilidades y teorías y pasiones, lo más importante es esto: hoy hay que decidir y aceptar la responsabilidad de dicha decisión. Porque el problema –lo mismo sucede en la vida personal de cada uno– no es decidir sino asumir la responsabilidad de las consecuencias que traiga cualquier decisión que tomemos.

El fantasma de la decisión debe seguir a nuestro lado todos los días después de tomada una decisión, de otro modo la decisión sería irresponsable y, prácticamente, ni siquiera hubiera sido una decisión sino solo con un capricho o una acción mecánica. Una computadora, por ejemplo, toma “decisiones” a cada instante, según las reglas y los programas y objetivos que hayamos puesto en ella, pero obviamente esos cursos de acción no son decisiones, en el sentido humano, y, entre otras cosas, porque no entrañan responsabilidad.

La decisión verdadera siempre es arriesgada y exige una responsabilidad radical. En adelante, habrá que asumir las consecuencias de nuestra decisión, y, gane el NO o gane el SÍ, seguir ojalá con las mismas ganas discutiendo sobre cómo resolver los problemas de nuestro país, es decir, de las personas que lo habitamos ahora y lo habitaremos después.