24 may. 2008

sci-fi = sci-phi(losophy)?

A partir de una noción de la novela como "simulación", Clive Thompson sugiere que en la actualidad las novelas de ideas se han recluido en la ciencia ficción, mientras que en la novela tradicionalmente literaria no hay más que motivos para aburrirse.

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19 may. 2008

The Matrix

He empezado a recuperar algunos textos viejos del olvido.

En octubre de 1999, participé en las Tertulias del Farolito (del Centro Cultural de España) con un texto motivado por la película The Matrix. Mi intervención relacionaba temas como internet, ciberespacio, realidad virtual, televisión, medios de masas, etc…

En aquella época, me inclinaba a una especie de “pesimismo tecnológico” (cercana al ludismo, aunque sin radicalidad) que, hoy, ya no comparto. Es un texto pensado cuando casi no se oía hablar todavía de banda ancha, redes sociales, web 2.0, etc., por lo cual resulta algo anacrónico. Sin embargo, el texto aún me parece valioso por otros motivos, entre ellos su enfoque de la “virtualidad” y otros asuntos teóricos afines. (Por otro lado, no veo ningún problema en que el "yo actual" de alguien no esté de acuerdo con algún "yo pasado"; sería una pesadilla estar obligados a ser siempre los mismos...)

El texto iba a formar parte de una antología que reuniría algunas de las participaciones en dichas Tertulias. Pero el proyecto nunca fue publicado. Lo salvo, pues, del polvo y la humedad, colgándolo aquí: The Matrix 1.0.

(Por cierto, hay muchos textos interesantes sobre matrix+filosofía en el sitio web de la película.)

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15 may. 2008

de tiranías y nostalgias

Algunos afectos llegan a ser tiránicos, eso lo sabe todo el mundo. La pregunta interesante es si hay ocasiones en que dicha imposición pueda ser totalmente beneficiosa...

Aunque hoy no estoy de ánimo para elucubrar una respuesta...

Empecé a improvisar estas notas pensando más bien en otra cosa. Entre las novelas que he leído, El Túnel, de Ernesto Sabato, es una de las que tienen un mejor comienzo. En pocas líneas se confiesa un asesinato y se hace una ligera reflexión sobre el recuerdo.

A tono con esa cuestión de la memoria, desde la primera vez que leí El túnel, hace tal vez unos quince años, nunca he olvidado algunas de las frases de sus primeras páginas (o no he olvidado su impacto):

“Aunque ni el diablo sabe qué es lo que ha de recordar la gente, ni por qué. En realidad, siempre he pensado que no hay memoria colectiva, lo que quizá sea una forma de defensa de la especie humana. La frase “todo tiempo pasado fue mejor” no indica que antes sucedieran menos cosas malas, sino que –felizmente– la gente las echa en el olvido. Desde luego, semejante frase no tiene validez universal; yo, por ejemplo, me caracterizo por recordar preferentemente los hechos malos y, así, casi podría decir que todo tiempo pasado fue peor, si no fuera porque el presente me parece tan horrible como el pasado; recuerdo tantas calamidades, tantos rostros cínicos y crueles, tantas malas acciones, que la memoria es para mí como la temerosa luz que alumbra un sórdido museo de la vergüenza.

(Ernesto Sabato, El Túnel)

La memoria de la humanidad, en efecto, es una especie de cloaca atravesada por caudales inmensurables de sangre. Ubicándonos exclusivamente en siglo XX, bastan unas pocas palabras para dar la idea: Auschwitz, Gulag, Hiroshima, Tlatelolco, Tiananmen, etc. etc. Pero no hace falta llegar al siglo XX: las masacres del pasado histórico no son tan impactantes hoy simplemente porque no hay fotos ni videos ni testimonios orales.

En todo caso, la misma memoria que recuerda a los verdugos también nos posibilita recordar a las víctimas. La memoria entraña una responsabilidad infinita, para empezar: la de guardar a los otros, caídos, en nuestra consciencia, tanto su vida como su muerte...

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Redirijo mi divagación adonde comenzó (a veces las ideas y los textos simulan las circunvalaciones del cerebro y uno divaga sin asidero ni dirección constantes)... Los adultos (y, acaso, mientras “más adultos” con más fuerza) acostumbran quejarse de que su tiempo pasado (la época cuando ellos fueron jóvenes) fue mejor que el presente. “En mi época las cosas eran así y así, hacíamos tal y tal, todo era muy bonito, ahora no, ahora a los jóvenes no les interesa nada de eso, ahora solo piensan en tal y tal...”

Pero los jóvenes actuales no creen que el tiempo pasado fue mejor, en parte porque no lo conocieron y no pueden comparar, y en parte porque les gusta el suyo, su cotidianidad, y les gusta tener sus propias preferencias y expectativas. A los adultos les pasa lo mismo: tampoco son capaces de comprender el tiempo de los jóvenes actuales simplemente porque no participan de él y lo juzgan en comparación con el suyo, lo cual evidentemente produce ese desfase conocido como “brecha generacional”.

Luego algunos adultos permanecen tan ensimismados en la imagen de su propio pasado que convierten la nostalgia en tiranía: son hiperrepresivos con sus hijos, se incapacitan para comprender el presente de sus hijos porque lo juzgan desde la experiencia de su propio pasado, es decir, fuera de contexto, y encima bajo el prejuicio de que su experiencia, su juventud, su pasado, fue mejor (o más “moral”, “correcta”, etc.) por definición.

Pero uno disfruta la época de su juventud no porque fuera la época X o Y, los sesenta o setenta u ochenta, etc., sino porque fue la época de su juventud. Es decir, la nostalgia es por la juventud misma, perdida, y no por ciertos rasgos históricos y contingentes de la época. Hay excepciones, claro: por ejemplo entre quienes crecieron envueltos en miseria y quienes disfrutaron de buenas condiciones de vida. Pero, si asumimos condiciones similares, en el fondo la nostalgia es por la imagen de uno mismo hace veinte o treinta o cuarenta años, y no, en sentido estricto, por las calles y la música y los paisajes.

La nostalgia surge de las experiencias vividas, porque son irrepetibles o solo repetibles como memoria: la más humana, quizá, de las facultades. Y una facultad paradójica: nos permite volver a vivir lo más preciado para nosotros una y otra vez, aunque sin la inmediatez de la experiencia. La nostalgia es la atmósfera de ese doble rostro de la memoria, su expresión común.

La memoria, en fin, me hace pensar en un foso, un don, una fuente, un lecho, una cárcel, el infinito a modo de libro o diccionario, un libro de arena, el cielo, las pesadillas, la gracia, y todo eso a la vez y quién sabe cuántas cosas más.

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Luego uno empieza a recordar con más fuerza cosas muy viejas y a olvidar los eventos inconsecuentes de ayer por la tarde. Esto también lo sabe todo el mundo. Hay infinidad de estudios neurológicos y psicológicos al respecto; pero en un ámbito más personal, o de sentido común, supongo que se debe a que las cosas viejas que nos han afectado mucho, para bien o para mal, las hemos recordado tantas veces que la fuerza de su recuerdo aumenta con cada ocasión en que las repetimos en la memoria, así como las nimiedades de la semana pasada se olvidan porque no las recordamos (repetimos, recreamos) ni una sola vez.

Hay una fuerza de los recuerdos, uno la alimenta o lucha contra ella; y hay recuerdos que llegan a ser tan fuertes que, aunque creamos que los hemos olvidado, yacen latentes en las marañas de la mente hasta que, ante una pista inesperada, un olor pasajero, una melodía, regresan con la nitidez de lo inmediato. Y a veces hasta llega la gente a enfermarse de tanto recordar lo mismo, irrecuperable.

El recuerdo es un arma de doble filo, ambigua siempre, una especie de fármaco: es igualmente posible que nos haga sonreír como llorar, curarnos o envenenarnos; algo así como el amor, según Quevedo: una “enfermedad que crece si es curada”...

La nostalgia, tal vez, no sea más que una insistencia –no siempre lúcida o sana, a veces morbosa– en preferir el pasado –es decir, lo que nos queda de él como recuerdo–, que el presente y las posibilidades del porvenir.

Si el recuerdo es una especie de celebración gozosa de la vida, la facultad de repetir y aprender, también es la puerta de la nostalgia y de la tiranía de la nostalgia: la parálisis, la depresión, cualquier suerte de dogma emocional...

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Giro, vuelvo a Sabato; todo El túnel es la narración de un recuerdo, “Lo que sucedió luego lo recuerdo como una pesadilla”, dice Castel, el narrador, en el penúltimo capítulo.

Pero Sabato también conoce otra función de la memoria: en Argentina, dirigió la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas, cuyo informe, Nunca Más, conocido también como “Informe Sabato”, sirvió para aclarar los hechos de terror acontecidos durante la dictadura militar, enjuiciar a los verdugos y honrar la memoria de los desaparecidos. Entre los incontables testimonios y documentos de las víctimas de la dictadura argentina, aparecen estas frases:

“Estoy seguro de que la memoria es más fuerte que la traición y que cuando ya nadie se acuerde ni de Brusa ni de Facino, ni de Videla ni de Martínez de Hoz, los jóvenes argentinos seguirán venerando el recuerdo de cada uno de los treinta mil desaparecidos.

–Eso si que será Justicia.”
(En: Los laberintos de la memoria, de José Ernesto Schulman)

Tiranías de la nostalgia, olvido de los tiranos... Este es un buen final (y comienzo): una forma de justicia es que el recuerdo de las víctimas equivalga al olvido de sus verdugos.

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9 may. 2008

Paul Auster, frases del desierto

En fin, que el reposo ha terminado. Sin haber comenzado, en realidad, pues ha sido más bien una pausa impuesta por la enfermedad (una o varias, no lo tengo claro).

Primero, semanas de una cantidad de trabajo abrumadora, seguidas por semanas de enfermedad, a su vez causada por el exceso de trabajo. A veces se trabaja para luego poder pagar el médico que ha de curar las dolencias producidas por tanto trabajo.

En fin, que adonde más disfruta uno estar, siempre ha de volver. Aun si al hacerlo todo es diferente, o casi todo. Porque uno camina, avanza, da vueltas, sabe lo que busca, pero no lo encuentra, o a veces no lo sabe y por eso encuentra algo, quizá no lo que creía o sospechaba buscar antes, pero algo, y luego, casi por azar, encuentra que la búsqueda misma es más importante, que solo así avanzamos realmente, o en un sentido definitivo, que si hubiera dónde llegar entonces ya nadie querría caminar: anticiparíamos constantemente el final…

Y entre tantas búsquedas azarosas encontré un libro de Paul Auster. Hace tiempo que oigo muy buenas cosas de sus libros, hace tiempo estaba en mis listas de lectura pendiente; y con mayor insistencia desde que le otorgaron el Premio Príncipe de Asturias en el 2006.

Ahora siento que llego demasiado tarde a Auster. Lo cual, claro, no entraña nada, solo el saber inconsecuente de que desde siempre me habría gustado. Lo cual, a su vez, solo implica que aquí puede comenzar algo. Es que desde cierta perspectiva, en el juego inhumano del tiempo, no hay de todos modos comienzos ni finales.

Estoy, pues, leyendo mi primer libro de Auster. Hasta ahora, he leído solo su primera parte, “Retrato de un hombre invisible”, pero esas 70 páginas han bastado para que me apresara su estilo... Esa violencia de no poder dejar un libro. Esas raras ocasiones en que algo simplemente se mete dentro y empuja, ciertas frases –o el modo de decirlas– que te gustan mucho más que otras; una atmósfera imprecisa de identificación; y que, por supuesto, sería imposible que llegara a concretarse, además de innecesario: una simpleza…

El libro es The Invention of Solitude, de 1982 (hay versión en español, en Anagrama). Es una memoria novelada y, por eso, no simplemente un relato “autobiográfico”; más bien es una borradura de la frontera entre la narración y la propia vida.

Una borradura: un claroscuro, una difuminación. Una contaminación.

La primera parte se dedica al recuerdo de su padre; o a la ausencia de su padre y del recuerdo de su padre. Hay una especie de búsqueda, o varias, casi desesperadas, entrecortadas, algo de carreras en círculos y de cómo todo eso tiene que ver precisamente con la memoria, con la escritura y los afectos, especialmente entre padres e hijos.

El recuento es desolador, intenso, preciso como una autopsia. Al menos, en lo que fuera posible realizar una autopsia a un cuerpo vacío, vacío cuando estaba vivo, una personalidad escurridiza… Su padre, al parecer, era un maestro en el arte de la evasión, huía de sí y de la intimidad, no dejaba verse porque ni él mismo se veía.

Hay, entre muchas otras, una frase que me ha dejado frío, encantado:

“Just because you wander in the desert, it does not mean there is a promised land.”

Un golpe, un nudo: la escritura, el amor, el recuerdo, la vida… Aprender, quizá, lo más difícil: soportar la búsqueda, aceptar que no haya más que búsqueda y precisamente por eso seguir, siempre, jamás detenerse. ¿Por qué detenerse si ninguna tierra, ningún afecto, ninguna palabra será la “prometida”?

La búsqueda, la incertidumbre, el gozo del instante. La piel sin fondo, la atracción del vacío.

Auster escribe aquella frase mientras escribe acerca de la ausencia afectiva de su padre, de la necesidad que todos sentimos por contar con el amor de nuestros padres, de la improbabilidad de escribir con rumbo cierto acerca de personas que pasaron su propia vida sin una trayectoria transparente o disimulándola tan bien, que ni la decían ni la mostraban: inobservable. Invisible, como esa tela que siempre conforma o atraviesa o vela (esconde y muestra a la vez) toda gran escritura: laberíntica y puntual, compleja y precisa, exasperante y adictiva...

En fin, que su padre era un enigma de persona, y, entonces, también de personaje, por el simple hecho de que su hijo lo intente dibujar en un texto: siempre una especie de fijación que, paradójicamente, también es una apertura a la infinitud: las lecturas infinitas lo harán infinito.

Recién muerto su padre, Auster escribe que de no escribir acerca de él, su padre dejaría de existir para siempre: sería como si no hubiera vivido del todo ("If I do not act quickly, his entire life will vanquish along with him.").

A mí, este tipo de escritura me resulta enormemente atractiva: es personal pero no narcisista, es íntima pero no reveladora (la obscenidad de las “verdades” de cada uno), es una narración sin novela o una novela de experiencia y búsqueda de algo, en el texto, que no aparece tal cual en la experiencia misma, un área de borradura entre los límites de la realidad y la ficción. Algo así como la vida.

Dejo otra muestra de Mr. Auster:

“This is the point I am trying to make. His refusal to look into himself was matched by an equally stubborn refusal to look at the world, to accept even the most incontrovertible evidence it thrust under his nose. Again and again throughout his life he would stare a thing in the face, nod his head, and then turn around and say it was not there. It made conversation with him almost impossible. By the time you had managed to establish a common ground with him, he would take out his shovel and dig it out under your feet.” (Paul Auster, The Invention of Solitude)

Y todo comenzaría de nuevo, siempre, sin tierra prometida, como si, entre las personas, no pudieran mediar más que desiertos, en los cuales las personas pueden verse, tocarse, incluso quererse, pero jamás llegar juntos a un destino final. Y quizá porque la muerte es siempre individual; de hecho, quizá, la única identidad.

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