9 may. 2008

Paul Auster, frases del desierto

En fin, que el reposo ha terminado. Sin haber comenzado, en realidad, pues ha sido más bien una pausa impuesta por la enfermedad (una o varias, no lo tengo claro).

Primero, semanas de una cantidad de trabajo abrumadora, seguidas por semanas de enfermedad, a su vez causada por el exceso de trabajo. A veces se trabaja para luego poder pagar el médico que ha de curar las dolencias producidas por tanto trabajo.

En fin, que adonde más disfruta uno estar, siempre ha de volver. Aun si al hacerlo todo es diferente, o casi todo. Porque uno camina, avanza, da vueltas, sabe lo que busca, pero no lo encuentra, o a veces no lo sabe y por eso encuentra algo, quizá no lo que creía o sospechaba buscar antes, pero algo, y luego, casi por azar, encuentra que la búsqueda misma es más importante, que solo así avanzamos realmente, o en un sentido definitivo, que si hubiera dónde llegar entonces ya nadie querría caminar: anticiparíamos constantemente el final…

Y entre tantas búsquedas azarosas encontré un libro de Paul Auster. Hace tiempo que oigo muy buenas cosas de sus libros, hace tiempo estaba en mis listas de lectura pendiente; y con mayor insistencia desde que le otorgaron el Premio Príncipe de Asturias en el 2006.

Ahora siento que llego demasiado tarde a Auster. Lo cual, claro, no entraña nada, solo el saber inconsecuente de que desde siempre me habría gustado. Lo cual, a su vez, solo implica que aquí puede comenzar algo. Es que desde cierta perspectiva, en el juego inhumano del tiempo, no hay de todos modos comienzos ni finales.

Estoy, pues, leyendo mi primer libro de Auster. Hasta ahora, he leído solo su primera parte, “Retrato de un hombre invisible”, pero esas 70 páginas han bastado para que me apresara su estilo... Esa violencia de no poder dejar un libro. Esas raras ocasiones en que algo simplemente se mete dentro y empuja, ciertas frases –o el modo de decirlas– que te gustan mucho más que otras; una atmósfera imprecisa de identificación; y que, por supuesto, sería imposible que llegara a concretarse, además de innecesario: una simpleza…

El libro es The Invention of Solitude, de 1982 (hay versión en español, en Anagrama). Es una memoria novelada y, por eso, no simplemente un relato “autobiográfico”; más bien es una borradura de la frontera entre la narración y la propia vida.

Una borradura: un claroscuro, una difuminación. Una contaminación.

La primera parte se dedica al recuerdo de su padre; o a la ausencia de su padre y del recuerdo de su padre. Hay una especie de búsqueda, o varias, casi desesperadas, entrecortadas, algo de carreras en círculos y de cómo todo eso tiene que ver precisamente con la memoria, con la escritura y los afectos, especialmente entre padres e hijos.

El recuento es desolador, intenso, preciso como una autopsia. Al menos, en lo que fuera posible realizar una autopsia a un cuerpo vacío, vacío cuando estaba vivo, una personalidad escurridiza… Su padre, al parecer, era un maestro en el arte de la evasión, huía de sí y de la intimidad, no dejaba verse porque ni él mismo se veía.

Hay, entre muchas otras, una frase que me ha dejado frío, encantado:

“Just because you wander in the desert, it does not mean there is a promised land.”

Un golpe, un nudo: la escritura, el amor, el recuerdo, la vida… Aprender, quizá, lo más difícil: soportar la búsqueda, aceptar que no haya más que búsqueda y precisamente por eso seguir, siempre, jamás detenerse. ¿Por qué detenerse si ninguna tierra, ningún afecto, ninguna palabra será la “prometida”?

La búsqueda, la incertidumbre, el gozo del instante. La piel sin fondo, la atracción del vacío.

Auster escribe aquella frase mientras escribe acerca de la ausencia afectiva de su padre, de la necesidad que todos sentimos por contar con el amor de nuestros padres, de la improbabilidad de escribir con rumbo cierto acerca de personas que pasaron su propia vida sin una trayectoria transparente o disimulándola tan bien, que ni la decían ni la mostraban: inobservable. Invisible, como esa tela que siempre conforma o atraviesa o vela (esconde y muestra a la vez) toda gran escritura: laberíntica y puntual, compleja y precisa, exasperante y adictiva...

En fin, que su padre era un enigma de persona, y, entonces, también de personaje, por el simple hecho de que su hijo lo intente dibujar en un texto: siempre una especie de fijación que, paradójicamente, también es una apertura a la infinitud: las lecturas infinitas lo harán infinito.

Recién muerto su padre, Auster escribe que de no escribir acerca de él, su padre dejaría de existir para siempre: sería como si no hubiera vivido del todo ("If I do not act quickly, his entire life will vanquish along with him.").

A mí, este tipo de escritura me resulta enormemente atractiva: es personal pero no narcisista, es íntima pero no reveladora (la obscenidad de las “verdades” de cada uno), es una narración sin novela o una novela de experiencia y búsqueda de algo, en el texto, que no aparece tal cual en la experiencia misma, un área de borradura entre los límites de la realidad y la ficción. Algo así como la vida.

Dejo otra muestra de Mr. Auster:

“This is the point I am trying to make. His refusal to look into himself was matched by an equally stubborn refusal to look at the world, to accept even the most incontrovertible evidence it thrust under his nose. Again and again throughout his life he would stare a thing in the face, nod his head, and then turn around and say it was not there. It made conversation with him almost impossible. By the time you had managed to establish a common ground with him, he would take out his shovel and dig it out under your feet.” (Paul Auster, The Invention of Solitude)

Y todo comenzaría de nuevo, siempre, sin tierra prometida, como si, entre las personas, no pudieran mediar más que desiertos, en los cuales las personas pueden verse, tocarse, incluso quererse, pero jamás llegar juntos a un destino final. Y quizá porque la muerte es siempre individual; de hecho, quizá, la única identidad.

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2 comentarios:

Asterión dijo...

Llegué a Auster el año anterior, como con muchos otros, yo, siempre reticente a los famosos que están más cercanos en el tiempo. Leí "Mr. Vertigo", que me gustó bastante, la verdad. Un estilo narrativo muy clásico, de hecho, y esos desiertos parecían hehcos directamente para una pelíucla, lo cula me hizo preguntarme si el estilo del cine gringo preovenía de su literatura o si por el contrario, su literatura actual es una extensión de aquel. En fin, que luego conseguí "Ciudad de cristal" (la más barata de Anagrama) y la empecé, pero por causa de excesos de actividades, desde enero dejé pendiente.

Por si querés leer:

http://asterion9.blogspot.com/2009/02/novela-iv-mr-vertigo-de-paul-auster_01.html

Saludos.

pezenseco dijo...

Entiendo lo de los "famosos" contemporáneos, es cierto, casi que todos merecen un poco de sospecha, la literatura siempre exige el paso del tiempo y hay obras que no lo soportan... De Auster solo he podido leer El libro de las ilusiones, que me gustó, sí, pero no me fascinó. Igual quiero ver otros a ver cómo van. Veré tu post.