25 ene. 2006

Visión del desierto (Arizona, Utah)

He pasado los últimos días en el desierto, embelesado en un delirio primitivo, raigal y, hasta ahora, mudo. El desierto es la simple amplitud del tiempo, la paciencia del tiempo, así como el bosque tropical es la complejidad abigarrada de la vida. El desierto es anuncio y evidencia de la infinitud... Saguaros de 300 años bajo el sol, cañones milenarios, vórtices... Es la Tierra en su esplendor más propio. Uno se ve y se siente igual o menos que la arena interminable, que la madera petrificada por billones de años de... tiempo. Simplemente de tiempo, desnudo. Las colinas sinusoidales, los abismos escarpados, y en la más lejana visión alguna cima nevada. El desierto es un sueño incansable de renovación. A mí me ha dicho que empiece de nuevo a vivir, que siempre puede haber más tiempo...
¡Casi dos semanas sin acceso a una computadora! Lo ataca a uno la vida, como un golpe, la humanidad como una improbabilidad ingrata.
Un respiro necesario, en todo caso...
(Faltan un par de semanas de periplo, la escritura habrá de esperar otra vez, al menos la escritura aquí, en estas pantallas tan lejanas de la piedra y el sol. Pero lo más justo de la escritura es que siempre nos permite volver, y así también a nosotros nos enseña a esperar, a saber esperar.)
Una de tantas frases hermosas que he encontrado por acá: "The desert, to those who do listen, is more likely to provoke awe, than to invite conquest." (Joseph Wood Krutch)

14 ene. 2006

Del diario: Una tarde del 97


Hoy invertí la tarde mirando por la ventana. Mi escritorio estaba cargado de trabajo, pero los porós con sus ráfagas naranjas y las llamas del bosque con sus flores atulipanadas y rojas, fijaron mi atención. Estaban tan quietos. Y el cielo, como un respiro contenido, se mantuvo del mismo azul. Recordé momentos lejanísimos, escenas queridas, falsos olvidos; y pensé en escribirlos, pero recordé también lo inútil que es pretender salvarse en las hojas en blanco. El papel vacío, como alta mar, a veces sólo es un buen lugar para ahogarse…

Demasiada literatura… En realidad, el papel y las palabras ni curan ni matan; sólo son una manera indirecta de usar el tiempo sin vivir bajo su yugo. Sólo los hechos pueden salvar o matar. Lo demás es habladuría, una manera más de gastarse.

Entonces escribo estas líneas sólo porque encontré pacífica y quieta la tarde. Como si no hubiera necesidad de respirar. A través de la ventana el parque parecía una fotografía. Aunque sabía que no lo era porque los pericos –creo que eran pericos– iban y venían como nubes verdes y vivas y cantaoras. Luego empezaron a volver a sus nidos mientras el cielo palidecía lentamente. Como un imbécil, sentí deseos de llorar pero no lloré. Después me dormí y hasta ahora me levanto, y no sé si ya es otro día o es el mismo. En la ventana hay solo una noche indistinta. Sería un buen momento para que ocurriera algo violento. Deberé encender el televisor y esforzarme para que el sueño vuelva a tumbarme. Quizá mañana sí quiera trabajar. [CA 04-06/97]

13 ene. 2006

Ni personas ni animales

Leí por ahí que la riqueza de las doscientas personas más ricas del planeta equivale a la del 45% de personas más pobres. No sé si ese es un dato científico o una exageración, aunque es posible que sea las dos cosas. A mí se me hace aborreciblemente incomprensible que haya lugares en donde una botella de agua sea un tesoro por el cual vale la pena matar, lugares donde la norma es la desnutrición y el analfabetismo, donde parece que no se ha avanzado en nada en miles de años; es más, hay lugares cuya ley histórica pareciera ser retroceder. Se me hace todo incomprensible porque se me arruina la semántica: esos seres miserables, fantasmales, óseos, reducidos a un estado inferior al animal, ¿son “personas” en el mismo sentido en que aquellos otros seres opulentos son “personas”?
Las oleadas de huracanes y tormentas del año pasado nos han abierto los ojos a situaciones que mucha gente preferiría no ver. Porque mucha gente creía, por ejemplo, que en ciertos países “ricos” todos eran realmente “personas” y que en ellos no había esa suerte de humano subanimal que habita otras regiones lejanísimas del planeta… Pero ha resultado que también los había allí. Y lo sabemos porque vimos cómo tan fácilmente se volvió en esas ciudades anegadas al estado de naturaleza. Había que hacer lo que fuera para sobrevivir. Era como si el agua trajera consigo el recuerdo inmemorial de la selva. De pronto veía uno a personas que se creían con el derecho de exigir alimentos, o incluso de de robarlos. ¡Cómo se atreven! –dijeron algunos–, ¡ni que estuvieran en África!
¿Por qué digo que estas personas tienen un estatus inferior al de los animales, tanto en África, por decir algo, pero también en Nueva Orleáns? Porque encima de que no tienen medios para sobrevivir, tampoco se les permite –como sí hacen los animales en la selva– cazar o recolectar o hacer lo que sea para poder comer. A los pobres más pobres del mundo ni se les da alimentación suficiente ni se les permite buscarla por su cuenta. Se les explota, se les coloniza, se les niegan las posibilidades de educación, etc… y luego tampoco se les alimenta ni se les permite actuar como animales. Al menos al perro de casa uno le da puntualmente su alimento, y ni siquiera tiene que trabajar para conseguirlo. Hasta los perros callejeros tienen “permiso” de “robar” lo que encuentren por ahí. En Nueva Orleáns los marines no llegaron a ayudar a evacuar a los pobres de la ciudad; pero sí llegaron prontísimos cuando estas huestes abandonadas decidieron romper los portones de los supermercados para poder comer. ¡Al menos cuando vivíamos en la selva no había marines con rifles de asalto!
Pues estos seres subhumanos, no sé si aún personas, tienen una animalidad mutilada: no son ni animales ni humanos, ni, pues, personas. ¿Pero qué son, entonces? Al menos en EEUU son otra de las tantas vergüenzas de EEUU…
(Y sobre otra de esas vergüenzas recomiendo la última columna de Leonardo Garnier en La Nación.)

6 ene. 2006

rostro


De pronto me descubro mirando su rostro sin reconocerlo. Vivo a diario con ese rostro al lado, le miro sus minucias y arrebatos y a veces pasan semanas sin sorpresas. O también lo miro saliendo de una selva o de una simple oscuridad y sin previo aviso lo siento mío, tan mío como el mío, que a veces también miro en el espejo y tampoco lo reconozco. Los rostros son como carpas de circo, o máscaras, ya se sabe, desde siempre, uno no es su rostro, al contrario, uno es más uno mismo cuando nadie le mira el rostro, ni siquiera uno mismo… Y sin embargo hay que tener un rostro público, infiel y necesario…
Dichosamente también pasa que miro su rostro y no sé por qué pero sé que lo amo, o más bien que el amor es exactamente esto: no saber por qué pero saber que uno desearía volver a ver ese rostro mañana, aun sabiendo que tal vez mañana será otra vez desconocido, o precisamente por eso…

2 ene. 2006

monstruos olvidados

Algunas personas tienen la costumbre de olvidar, y olvidan paisajes, situaciones, rostros, miradas, incluso a personas con quienes han compartido meses o años, olvidan sus voces, sus gestos, sus caricias… el olor, el olor es lo que más rápido se olvida…
En lugar de una costumbre, deseada o no, para otras personas el olvido es un ejercicio, creen que así se liberan de “fantasmas” y dolores, como si fuera posible elegir del todo lo que conservamos en la memoria. Pero con malestares también se van para siempre alegrías o aprendizajes, porque uno aprende de todo, y a veces más del dolor.
En todo caso, creo que con hacer del olvido un ejercicio forzado uno no se “libera” de los monstruos que lo aquejan, sólo los guarda en gavetas o archivos recónditos, es decir, los posterga, los convierte en saltos o sueños o imágenes latentes. Olvidar se convierte así en una actividad peligrosa: es enviar al futuro los monstruos que podrán saltarnos a la cara en una noche imprevisible. Es decir, cuando olvidamos para evadir, esos monstruos en cualquier momento podrán volver a devorarnos.
Tal vez en lugar de olvidar para “liberarse”, más bien habría que recordar lo suficiente -y con la fuerza suficiente- como para poder superar lo indeseado, lo sufrido, para convertirlo en anécdota, en historia, en experiencia. De ese modo no habrá monstruos -o al menos serán menos- esperándonos en cualquier recodo del porvenir. Que el olvido, pues, no sea una evasión; y que el recuerdo sea un aprendizaje.
O dicho de otro modo: no hace falta liberarse de los monstruos, basta con hacerse su amigo. ¿No será eso aprender a vivir?
Al menos para mí será algo así como un propósito: aprender a recordar más y a olvidar menos. Es simplemente otra manera entre cientos de definir la “escritura”.