29 nov. 2007

+ acerca de la novela

En la actualidad, para mucha gente, una condición necesaria para que un texto sea clasificado como “novela” es que entrañe la creación de un mundo “aparte”, “paralelo”, “otro mundo”, “otra realidad”, una “ficción”, en todo caso un “segundo mundo” evidentemente separado de este en el que vivimos a diario.

Supongo que es en relación con esa necesidad que mucha gente prefiere la tercera persona a la primera. Porque la tercera aparenta ser más “objetiva”. El autor, pues, en un ejercicio de disociación de su propia biología y psicología, sale de sí y asume la perspectiva de un tercero que observa, simplemente, una realidad que él mismo está creando prácticamente ex nihilo: aquel “mundo aparte” necesario para que un texto sea una novela.

Hay infinidad de críticos que detestan a los “novelistas” que escriben en primera persona y, de hecho, a veces ni siquiera los llaman novelistas y los consideran solamente escribidores ególatras o cosas peores. Dicen, por ejemplo, que el recurso a la autobiografía y la mezcla de géneros y estilos es solo una manera de ocultar la incapacidad para escribir verdaderas o auténticas novelas.

Resalté “verdaderas” y “auténticas” porque, generalmente, esos críticos son tan lúcidos que tienen clarísimo qué es, en efecto, una auténtica novela. Ellos, seguramente, podrían hacer un catálogo universal con dos únicos apartados: novela y no novela. Digo, tal vez no se han preguntado siquiera si lo que dichos escribidores quieren hacer son “auténticas novelas” o, nada más, textos.

A mí me tiene sin cuidado ese obsesivo deseo por saber y definir con claridad apodíctica qué es o cómo debe ser una novela. Al leer me interesa, entre otras cosas, que un texto me dé a pensar algo que no hubiera pensado por mí mismo, o un vislumbre de la “condición humana” vivida por alguien particular, concreto, o que me dé un rato de gozo; que si el texto es “poema” o “diario” o “ensayo” o garabato o libelo o la gran novela del siglo XX o el XXI, eso son minucias para patólogos o taxónomos, y no, creo, aspectos centrales para un lector común.

Por otro lado, no creo que ceder en esto –es decir, aceptar que pierda rigurosidad la definición o los límites de lo que es una novela, o, incluso, cualquier género literario– implique necesariamente una pérdida de calidad. Podría suceder, incluso, lo contrario: que ante la “liberalización” de criterios y de formas previstas y programas, la creatividad se viera más bien fomentada y enriquecida. Una analogía: cuando, en el uso de internet, los gobiernos o las policías de cualquier tipo quieren imponer todo tipo de reglas de comunicación y de censura, el resultado es un descenso considerable en la creación de nuevas aplicaciones, en su calidad y en lo que las personas pueden hacer con ellas; justo lo contrario de lo que sucede con el software abierto o cuando se deja que sean los usuarios, por sí mismos, quienes decidan cómo comunicarse y qué aplicaciones desarrollar y cómo usarlas. Otra analogía: es la diferencia entre una de las grandes cadenas televisivas y YouTube, por ejemplo.

En fin, entre otros problemas o contradicciones internas con aquella perspectiva normativa sobre la novela, apuntaré ahora solo dos que se me ocurren de pasada:

1/ Supone y depende de una división de tipo cartesiano entre sujeto y objeto, o realidad y ficción. Esos términos, entendidos como entidades absolutamente separadas, son lugares comunes filosóficos y científicos de la modernidad europea que, en diversas áreas y de diferentes maneras, han sido superados hace rato, tanto en filosofía como en ciencia. Las cosas no son tan simples como una división –sin contaminación mutua o borradura de sus límites– entre sujeto/objeto, observador/observado, realidad/ficción y otras parejas similares. Creo que la literatura, hoy en día, si insiste en esas dicotomías y ni siquiera las problematiza, solo contribuye a rezagarse con respecto a otros ámbitos de la experiencia y el saber humanos. Por eso, definir una novela como un “mundo aparte”, es casi equivalente a creer en la objetividad pura o, en su defecto, la subjetividad pura: dos extremos harto improbables.

Lo más probable es que siempre habrá cierto grado de incertidumbre –una zona fronteriza borrosa– entre lo observado y el observador, entre el novelista y su novela, entre la realidad y la ficción. Un novelista puede crear su mundo imaginario tan separado del “real” como pueda y sea capaz según su talento, pero eso no implica en ningún sentido que, en efecto, esas sean realidades separadas, es decir, sin mutua contaminación. La vida entera del novelista, desde los recovecos particulares de sus cromosomas hasta el último beso que le dio a su amante, está de algún modo imbricada en cada palabra que sale de su mano, por el solo hecho de que su vida es un conjunto de experiencias que son suyas y de nadie más. Afirmar una separación tajante, infranqueable, entre realidad y ficción, es una ingenuidad epistemológica y, hoy en día, incluso neurológica, basta con investigar un poco.

2/ Algunos le rinden culto a la literatura como ámbito de libertad artística y creatividad y, al mismo tiempo, a veces sin darse cuenta, la restringen a moldes dentro de los cuales deben encajar los textos para ser considerados literatura. Con una mano se premia la creatividad y con la otra mano se le arrebata el premio. Por ejemplo, una novela típica, hoy en día, para ser considerada buena por el grupo de críticos y editoriales que dominan el mercado, debe cumplir un modelo técnico y un manual de reglas: ser una realidad o mundo “aparte”, ser obviamente creación de la imaginación, es decir, presentarse como ficción –ya sea que esté basada en supuestos hechos históricos o no– , estar contada, preferiblemente, en tercera persona por un narrador “neutral” que no se meta en su narración; estar armada como un caso de estudio forense o un guión cinematograficable; y, ojalá, su temática debe tocar, de alguna manera, la violencia. Alguien, cualquiera, digamos un jovencito que se sueña escritor, debiera seguir al menos estos lineamientos para triunfar: inventar un mundo aparte de este pero que se parezca lo suficiente para creer que podría ser este; escribir una historia en tercera persona que sea como un episodio de una de esas series de detectives forenses y de persecución de asesinos; en consecuencia, incluir algunos asesinatos macabros o toda la violencia de la que sea capaz su estómago; por último, a pesar de que debe ser obvio que es un mundo aparte, ficticio, debe decir o insinuar que refleja la amarga realidad de algún pueblo subdesarrollado. Muy probablemente esa novela será un éxito de crítica. Y lo demás, pues será silencio, o ruido, no importa, pero al menos estará claro que no será literatura.

A mí me parece que una vez que la literatura sigue las estrategias y los ritmos de cualquier aparato de modas, con regímenes del gusto y de la forma, en ese preciso instante la literatura se arriesga a dejar de ser literatura. Y, para ser claros, la razón no es porque la literatura sea una actividad sublime o elitista a la que no pueden tener acceso las “masas”, eso no es lo que estoy diciendo y no tiene nada que ver con lo que estoy diciendo. La razón es que –análogamente al sueño de una democracia y una libertad radicales– en un sentido fundamental la literatura pasa también por la necesidad innegociable de que no se restrinja ni su forma ni su contenido con acuerdos “críticos” o “precríticos” que sirven para enriquecer a las grandes editoriales gracias a perpetuos “remakes” o “re-versiones” del mismo tipo de historias y estilos. Los mundillos editoriales y de celebridades intelectuales ejercen una suerte de “censura previa” que atenta contra este aspecto fundamental de la literatura (en un sentido más amplio): que cada quien pueda expresar desde sí mismo el mundo (el texto literario como el cruce quizá más fino entre lo universal y lo singular de cada ser humano). Y sencillamente porque instituyen y sostienen unas formas “aprobadas”, y otras no, de escribir y contar las vidas. Por ejemplo, el aparato crítico/editorial se mueve para “famosear” a Fulano de Tal y, una vez que lo ha logrado, Fulano de Tal empieza a parir libros muy similares que vuelven siempre a ser superventas y generan a su vez una serie de otros Menganos de Cual cuyo único objetivo es poder escribir como Fulano de Tal... Una vez le escuché decir a alguien que en Costa Rica no hay buenos escritores porque ninguno escribe como Roberto Bolaño o Vila-Matas... Obviamente, uno tiene que leer a esos escritores y aprender de ellos, tanto como puede uno aprender de Ovidio o Rabelais, pero más bien tendría que aprender –tras haber asumido e incorporado y valorado su novedad y su singularidad– a no escribir como ellos y a no repetirlos.

Creo que una condición de la literatura –independientemente de sus géneros, estilos, de si se hace en primera o tercera persona, de si cuenta hechos o imagina ficciones– es que no se anquilose en una institución –todas las instituciones tienen sus estatutos, reglamentos, trámites, burocracias, etc.– y que, en cambio, intente poner siempre en práctica algún grado de espíritu contrainstitucional.

De nuevo, el temor de muchos es que este tipo de “libertades” supondría una pérdida absoluta de calidad. Que no habría criterios de buena y mala literatura y que, entonces, el verso de un niño de once años que no hubiera leído nunca nada en su vida valdría lo mismo que un soneto de Shakespeare. Yo no lo creo; eso sería equivalente a creer que siempre necesitaremos “expertos” en todo que decidan por nosotros todos los aspectos de nuestras vidas. Lo que, en cambio, podría suceder, es que efectivamente se publicara todo tipo de cosas, unas buenas y otras malas, unas excelentes y otras pésimas, y que, simplemente, fuera más difícil encontrar las joyas perdidas entre tal abundancia de palabras. Algo similar a lo que ya sucede, de todos modos, en la blogosfera. Lo cual, dicho sea de paso, es el precio de la libertad de creación: todos pueden crear algo desde su propia experiencia. Esto, en principio, no elimina los criterios de calidad, coherencia, innovación, destrezas técnica y artística, etc., solo hace más difíciles los “algoritmos” para dar con los textos sobresalientes y las innovaciones; pero eventualmente siempre aparecerán y serán los mismos lectores quienes los harán aparecer, sin necesidad, pues, de que una gran máquina editorial/crítica/académica centralizada decida de antemano, por todos nosotros, qué debemos leer y qué nos debe gustar como “auténtica” novela o “verdadera” poesía, etc…

Me cuesta entender por qué tantos críticos preclaros llegan tan fácilmente a la conclusión de que la gente es imbécil y no puede discernir por sí misma en cuál texto hay pensamientos sugerentes e imágenes innovadoras y en cuál hay solo lugares comunes y que, por esa razón, necesitan que ellos se los digan como decretos o mandamientos: compre este libro y este no, este texto es bueno y este no. En un mundo menos dominado por ese tipo de limitaciones habría más espacio para la diversidad: seguirían publicándose las novelas de acción, por ejemplo, y estaría bien, pero también se publicarían reflexiones más sosegadas y los apuntes cotidianos del vecino y en general todo tipo de textos, más acorde con esa enorme variedad de lectores y gustos que, hoy, sí deben limitarse a dos o tres opciones en los estantes de las librerías.

Me atrevo a apostar que, por todas estas razones, y aunque las editoriales en sentido tradicional no tendrán por ello que cerrar sus puertas, la literatura de este siglo sí tendrá que aprender y asumir muchas ideas y prácticas de lo que ya sucede en internet.

Uno se imaginaría, según los estereotipos, que la literatura debiera inclinarse a la diversidad y la incertidumbre y, por ejemplo, la ciencia a la certeza y la verdad. Curiosamente, hoy son algunas áreas de las ciencias las que parecen andar ya caminando en otro siglo y empiezan a apreciar, mejor que en ciertos ámbitos literarios, las incertidumbres, las probabilidades, las zonas difusas, las diversas “realidades” o perspectivas de lo real, la complejidad, los errores de Descartes, la abundante diversidad de misterios que pueblan el universo o los universos, porque no hace falta la literatura para que el universo incluya en sí mismo infinidad de “mundos aparte”, seguramente ya los incluye; pero acaso sí haga falta la literatura para que esos mundos no sean simplemente versiones y reversiones del mismo mundo repetido hasta la desesperación o la vacuidad.

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27 nov. 2007

apuntes de consciencia

...aparentemente, la consciencia es una actividad secundaria en el cerebro, es decir, una actividad diferida, o bien, la interpretación de una actividad –suponemos– originaria…

…pero es imposible tener acceso a esa actividad –supuestamente– originaria. Esa imposibilidad es el límite de la consciencia; y, quizá, de no ser así, no habría del todo consciencia…

…solo conocemos interpretaciones diferidas, lo cual, claro, es casi un pleonasmo, dado que toda interpretación exige, de todos modos, algún tiempo ya transcurrido…

…la consciencia más parece una actividad de lectura, algo en todo caso textual. Pero es una lectura que constantemente (se) reescribe, sin origen ni final...

...nuestra experiencia es eso: la interpretación de huellas dejadas por un presente que, en rigor, nunca ha sido presente. O, dicho en las palabras “originales” (que alguien tradujo de su original francés y yo cito de memoria): la huella es la estructura general de toda experiencia posible (J. Derrida)…

…que si la consciencia es resultado de una interpretación –por ejemplo, la constante (re)interpretación de los estados fisiológicos del cuerpo, que, por lo demás, nunca son estáticos sino dinámicos–, entonces solo somos esa interpretación y nunca su –supuesta– fuente…

…si somos un texto, no tenemos texto original…

…ser (consciente) es ser diferido… uno mismo es siempre una copia de un original fantasma...

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24 nov. 2007

¿novelas (sin) por venir?

A través de Jacintario, llegué a este decálogo de Vicente Verdú acerca del presente y el futuro de la novela. Jacinta ofrece algunos argumentos sólidos y muy sensatos contra el señor Verdú; yo, en cambio, estoy de acuerdo prácticamente en todo con él.

En resumen, Verdú habla de cierto cansancio que padecemos hoy en día las personas al respecto de la ficción y de que, como una especie de descanso o retirada, la literatura por venir debiera ocuparse más de la persona misma, del “yo” de quien escribe, y menos de copiar al cine en su recurso a la ficción y la acción. Dicho de otro modo, que la literatura debiera tender más hacia la autobiografía que a la invención de historias (lo cual no implica renunciar a la ficción, asunto por lo demás imposible pues la escritura misma, de cualquier manera, la traerá consigo...).

En efecto, me parece que hay tal saturación de ficción en nuestras vidas que la literatura hace mal al simplemente sumar a esa tendencia con novelas que, vistas más cuidadosamente, no son sino guiones de cine puestos en papel. De hecho, he leído hoy a Verdú y es como si hubiera estado de acuerdo con él desde años, pues recuerdo que un par de textos míos publicados en La Nación en el 2003 y el 2005 hablaban en el mismo sentido: “Escribir para no dormirnos” y “¿Literatura por venir?”.

Sin embargo, pública y comercialmente, las novelas –y la literatura en general– que siguen “triunfando” (con premios, en listas de superventas, con versiones cinematográficas), son las que cumplen con ese modelo narrativo que, hoy en día, ya es tradicional y convencional, a pesar de que quizá no haya nada más ajeno al espíritu contrainstitucional y liberador de la literatura que el tradicionalismo... Aquel es un modelo centrado en el propósito de contar una historia de principio a fin, de manera ingeniosa, con secretos o misterios y emociones trepidantes, generalmente en tercera persona, evidentemente ficticia o presentada como tal y, ojalá, plagada de violencias y crueldades y personajes heroicos o excepcionales, etc.

A mi juicio, esta literatura más parece un medio de entretenimiento rápido (para leer en el avión o en las vacaciones en la playa, para salirse un rato del tedio y el estrés del trabajo, para evadirse de sí mismo en cualquier sentido, etc.) y un objeto de consumo, que una escritura reposada mediante la cual pudiera un lector cualquiera hacer una pausa en el trajín del mundo y pensar y pensarse. Yo no tengo nada en contra del entretenimiento, pero sí creo que a la literatura habría que exigirle algo más que eso, que, de todos modos, es omnipresente en el resto de aspectos de la vida cotidiana actual.

Otro aspecto que señala Verdú y que, para mí, es de especial interés, se refiere al gusto del texto por el texto mismo, al placer que se puede obtener al simplemente leer un fragmento de texto, unas pocas palabras hiladas de cierta manera que, en una especie de fogonazo de sentido, de una simple inmediatez gozosa, sin excusas (narrativas, sociológicas, críticas, etc.), nos den sencillamente eso: un instante de gozo de uno mismo consigo mismo y con la vida. “Lo que cuenta es la belleza de la inmediatez, el texto convertido en un gozoso bocado de por sí”, dice Verdú.

Textos gozosos en sí mismos y personales, que no dependan del recurso a una historia rebuscada o de una gravedad o severidad que, se supone, reflejan la vida misma. Es que para dicha gravedad o severidad bastan, o bien la vida misma o bien los noticieros.

¿Pero es válido escribir, hoy en día, textos sin una historia, sin una trama?

Seguramente no serían aceptados por las editoriales, pues obviamente no venderían tanto como los otros. La belleza de un texto, la inteligencia de sus comentarios, una prosa bien lograda y gozosa de sus fragmentos podrían ser aspectos maravillosos, pero si el texto no contiene “fluidez” y “estructura” narrativa, si no está escrito como una historia sólida y coherente que se desarrolla y sostiene de un principio a un final, el texto, muy seguramente, será rechazado por la mayoría de editoriales. Lo cual, obviamente, tiene que ver con el poder no formal de los medios, del intermediario, todos esos que deciden qué está bien y qué no, cuáles son las convenciones estilísticas correctas, etc... Y, a la inversa, tiene que ver con el fenómeno que, actualmente, mejor contrarresta a esos poderes no formales: Internet. Los blogs, por ejemplo, carecen de la intermediación editorial, es decir, comercial. Eso implica, por supuesto, que todo puede aparecer en ellos, lo bueno, lo menos bueno, lo regular, lo malo y lo pésimo... Por un lado, desde el punto de vista de la literatura, eso no tiene importancia, pues una de las características esenciales de la literatura moderna es, precisamente, la libertad de decirlo todo; rasgo por el que habría que agradecerle, entre otros, al Marqués de Sade... Pero por otro lado, lo que sucede en Internet no es una renuncia a la calidad; lo que sucede es que la calidad no la determinan grandes señores en las editoriales y las agencias, sino los lectores mismos, enlazando, comentando, valorando...

De modo que la pregunta interesante es: independientemente de si las editoriales y los críticos de oficina aceptan o no esos textos anómalos de los que habla Verdú como literatura por venir, ¿serían aceptados por los lectores? Porque hay lectores que solo leen lo que las grandes editoriales y todos los círculos y circos mediáticos les dicen que lean; pero hay, creo que cada día más, otros lectores que son más exigentes y cuidadosos y no se creen todo ese bombo de buenas a primeras y, hartos también de la ficción y de todo tipo de modas, buscan un contacto más directo con otras personas tan comunes y corrientes como ellos: otros “yo”.

Por ejemplo, los lectores de blogs, ensimismados frente a pantallas que, al contrario de lo que muchos creen, no están separándolos de otras personas sino, más bien, acercándolos a ellas. La escritura y lectura de blogs es una manera para que personas que jamás se relacionarían entre sí y ni siquiera se conocerían, puedan ponerse en contacto. Esta es para mí una de las funciones más enriquecedoras de toda escritura. Y hoy, saturados hasta el hartazgo de simulacros y ficciones hollywoodenses, sería sin duda una fuerza de la escritura que habría que explotar cada día más.

Gozar la fragmentación; dejar ir sin nostalgia las visiones o ilusiones de totalidad, de que el sentido está en historias “cerradas”, con principio y final; disfrutar la inmediatez de esos vislumbres de las vidas de otras personas, personas reales y no personajes, y personas que, muchas veces, llevan vidas planas y tristes y en nada excepcionales y que no por eso debieran perder su derecho a escribirse y ser leídas.

Por todas estas razones y otras más suscribo, enteramente, estas palabras de Verdú:

“La novela eminentemente nueva no deberá, desde luego, agarrarte por el cuello y llevarte así, del pescuezo, hasta su final, entre meandros y malabares. Contrariamente a estos modos circenses, la buena novela del XXI considerará la multiplicada sensibilidad del receptor mediático y la interacción. Estimará la belleza eficiente de la forma, la seducción estética y no el uso instrumental o perruno del lenguaje. Es decir, la lectura no será una ansiedad que, entre jadeos y vigilias, buscará cuanto antes la revelación de la última página sino que paladeará cada párrafo a la manera de la slow food.

Lo propio de la literatura excelente será, hoy más que nunca, la belleza y perspicacia de la escritura. Para contar una historia hay ahora abundantes medios, desde el telefilme al vídeo, más eficaces, más plásticos y vistosos. La escritura, sin embargo, es insustituible en cuanto agudiza su ser, emplea las palabras exactas y no la palabra como un andén para llevar la obra a otra versión.”

Como entretenimiento, la literatura es superada por el cine y otros medios; como fuente de conocimiento, es superada por las ciencias; como especulación y ejercicio del pensamiento metódico, es superada por la filosofía; pero como penetración ética y emocional en el mundo de la experiencia cotidiana de las personas comunes y corrientes, creo que nada la supera.

La literatura del futuro, decía Henry Miller hace varias décadas, habría de ser autobiográfica, entre otras cosas porque ese sería un recurso para ayudarse uno mismo a soportar la banalidad del mundo, y hallarle, aún, algún sentido: por ejemplo ese que emerge súbitamente en el contacto con otros, en la identificación con otros, en la simple relación con otros. Esos tantos otros que escriben.


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23 nov. 2007

vidas

¿Cuántas vidas se pueden vivir en una vida? Hay personas que identifican su vida con una profesión, o con un lugar de trabajo. Pero hay otras que viven muchos años como topógrafos –por decir algo– y luego se hacen paracaidistas y terminan como chefs en un paraje apartado de los Andes.

Uno empieza haciendo algo en la vida y los giros mismos de los días y los acontecimientos lo conducen a uno a sitios distintos del previsto. Es posible vivir varias vidas consecutivas siempre que uno esté dispuesto a recibir esas sorpresas y darles seguimiento.

Pero también se pueden llevar vidas paralelas, reales o imaginarias, aunque casi siempre imaginarias. Uno está a diario en la oficina fingiendo que trabaja y mientras tanto toda su capacidad especulativa está escalando el Mont Blanc o buceando en la Isla del Coco, para no ir tan lejos. Uno se sueña constantemente otro. Es prácticamente una necesidad. Desearía equivocarme, pero no creo que la mayoría esté satisfecha con su cotidianidad. Supongo que por eso mismo el ideal del sabio meditativo, en continuo satori, es realizable solo para muy pocos.

Y uno sueña también con uno mismo como resultado de decisiones o eventos distintos de los efectivamente vividos. Es decir, uno anda por ahí creyendo saber quién es, y a veces sólo porque cree saber quién ha sido, pero a la vez anda preguntándose constantemente “qué hubiera pasado si…”; si me hubiera quedado a vivir en…; si no hubiera terminado con fulana…; si…; si… La vida ha de ser el resultado de una ecuación probabilística que nunca tendremos oportunidad de resolver.

Y a veces, claro, uno no puede vivir de hecho varias de sus vidas porque son excluyentes en algún aspecto; en cuyo caso vive uno una vida en la realidad y otra en la imaginación, con la consecuencia de que, si por alguna razón la imaginaria es para uno más atractiva, paradójicamente llega a ser más real que la real…

Aunque también hay personas que insisten quizá demasiado en ser consecuentes con una idea o imagen que tienen de sí mismas y de sus vidas y no se permiten ni medio desliz, ni siquiera imaginario, y entonces lo más probable es que acumulen morbosamente imaginarios frustrados, es decir, frustraciones reales.

Tal vez debiéramos volver a celebrar verdaderos carnavales, para que nuestras vidas imaginarias pudieran alguna vez, por unos pocos días, materializarse en alguna especie más o menos inocua de insania… La pregunta, claro, es si no habría que inventar una sensibilidad y una moralidad nuevas para poder de hecho vivir vidas paralelas sin hacerle daño a nadie...

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16 nov. 2007

siete, diesel, ternura

1. Escribiría como si el punto final de nuestro texto marcara el compromiso con una diminuta puesta en escena. La función empezaría de manera inédita cada vez que alguien comenzara a leer.

2. Crearía, por ejemplo, dos personajes que al toparse en una calle cualquiera se miraran con ansia. Propondría, tal vez, que a pesar del afán se pasaran de largo y que ninguno supiera que el otro piensa casi lo mismo: ¿por qué no puedo detenerme y abalanzarme sobre ese rostro fascinador? Aunque quizá “abalanzarse” no indicaría la intención efectiva de los personajes. Tal vez inclinarse hacia el otro en espera de una respuesta, es decir, de una contrainclinación. Y entonces los pondría a hablar. O quizá no debieran hablar, porque quienes hablan son las personas normales, esas de todos los días, restringidas por los oficios y los valores de siempre, entregadas únicamente a la ensoñada imagen de sí mismas.

3. Imagino, pues, un mundo donde dos personas cualesquiera pudieran toparse en una página cualquiera y saber al instante, con la convergencia de sus voces anticipadas, que está bien inclinarse hacia el otro y tocarle el rostro. O respirarle al oído. O entrever su desnudez. Sueño con enjambres de seres demasiado poco humanos que se permitieran contemplarse sin celo ni violencia, ni compitiendo por triunfos errados.

4. Creeré, después, que es posible porque ya está pasando, porque nos tenemos al lado y nos damos las manos sin pedir a cambio nada más que esas otras manos... Y luego abriré a regañadientes los párpados lagañosos y encontraré como de costumbre una mañana luminosa o tal vez nublada: nunca se sabe en los trópicos.

5. ¿Olerá, acaso, a diesel quemado? ¿Escucharé, de fondo, un sofocante griterío? ¿Habrá, todavía, brillantes autos atropellantes y rostros maquillados apocados, o calles superpobladas desoladas y tanto-caminante-trepidante? ¿Habrá que resignarse a esta escenita del diesel quemado? ¿No sería preferible apostarle a la escena de los desconocidos que deciden tocarse porque sí y tratarse con ternura porque entienden que de cualquier otro modo el mundo seguirá hacia donde va: ser al mismo tiempo un edén de mentirillas y un infiernillo de verdad?

6. Dichosamente, la escena, o su equivocidad fundamental, empieza de nuevo cuando alguien empieza a leer. Y entonces se recrean potencialmente todas las posibilidades. Por ejemplo imaginar que nuestros ojos podrían abrirse al unísono y que el punto final que ya casi sigue en esta misma oración habría de mostrar –si así lo decidiéramos– que casi todo puede siempre recomenzar.

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9 nov. 2007

novela en línea

Hace un par de días decidí emprender el experimento de publicar, sin intermediarios, algunos textos que solo me han servido, durante muchos años, para atraer polvo en mis estantes y gavetas. “Sin intermediarios” quiere decir, obviamente, en línea.

Empezaré por un texto titulado Agonizar en un escaparate, y subtitulado Ensayo de una novela. Los textos que conforman ese volumen fueron escritos hace cualquier cantidad de años; durante mucho tiempo no hicieron más que descansar en la oscuridad de algún cajón; recientemente intenté publicarlo en el sentido convencional, es decir, mediante una editorial, pero la experiencia fue lamentable: tras un año de espera, simplemente rechazaron el manuscrito sin especificar una sola razón “técnica”.

Ya no quiero volver a engavetar esas páginas cuasiadolescentes; tampoco siento tentación por empezar otra aventura de caza editorial; la tercera opción es la que me parece, hoy, más sensata: publicarlas directamente online. Esto, claro está, puede llegar a parecerse a tener el material en un cajón o un archivador, pues nada asegura que, allí, a pesar de estar en principio disponible para quien quiera echarle una ojeada, alguien de hecho vaya a leerlo.

Sin embargo, creo que mentiría cualquiera que, al mismo tiempo que dice escribir o querer dedicarse a escribir, dijera que no le importa que nadie lea sus textos, que solo “escribe para sí mismo”. Escribir para sí mismo, me parece, no es siquiera escribir, es simplemente pensar o recordar dejando un rastro inútil, e inútil porque solo conduciría al propio punto de partida: uno mismo. Uno de los aspectos de la escritura que más me llama la atención es su capacidad para acercar y relacionar –acaso solo sea virtualmente– a personas que de otro modo permanecerían para siempre desconocidas. La virtualidad, evidentemente, no solo existe aquí, en la web, sino ya en el papel, en cualquier libro que, al ser leído por alguien, al instante comunica en un espacio sin espacio a dicho lector y a otro, lector/escritor que, sin conocer a aquel, fue quien primero garabateó en algún papelillo esas palabras que ahora establecen un vínculo, por más evasivo que sea…

No tengo idea si esos textos, esos experimentos, vayan a ser del agrado de alguien, de pocos o de muchos. Pero eso no es lo importante. Sí lo es, en cambio, que al menos por su fantasmagórica presencia aquí, online, en este lugar sin lugar, esos textos, a diferencia de los miles que aún siguen y seguirán guardados en alguna gaveta o cajón, tendrán la posibilidad de convertirse alguna vez en una relación. Guardados jamás tendrían siquiera esa opción.

El sistema será el siguiente: cada semana añadiré uno o dos “capítulos” (o “pasajes” o “fragmentos”: no tengo claro qué son)… El texto tiene un formato particular (hay un juego de fechas, de paréntesis, de rasgos genéricos, de estilos en pugna, de diferentes órdenes posibles de lectura, etc…)… En fin, no quisiera arruinar los sentidos que pudiera llegar a tener explicando yo, de antemano, por dónde va la cosa. Mi esperanza es que, con el tiempo, el texto se explique a sí mismo o que, al interactuar con lectores, se transforme a sí mismo en algo que yo no podría haber previsto…

Este es un texto, para mí, viejo. En buena medida ya no me reconozco en él, y no solo porque esté atravesado de “ficción”. Mi esperanza es que, al dejarlo ir, el texto pueda encontrar alguna manera de volver a ser joven. “Guardarlo” ahora públicamente y ya no más en un cajón es para mí una especie de desahogo febril, como si, por primera vez, estuviera reconociendo ante alguien alguna falta, liberándome de alguna culpa o simplemente dejando ir definitivamente una versión de mí mismo que me acompañó mucho tiempo pero que ya no me dice mucho de lo que soy ni quiero ser…

Uno, simplemente, puede agonizar muchas veces en la vida, y es gracias a eso que también puede uno empezar a vivir otra vez. La muerte, en cambio, es solo una y es definitiva.

Baste con eso.

O solo un detalle más: entre los primeros pasajes hay un par de ellos que son algo extensos, lo cual, en parte, era necesario en la “novela” para establecer los tonos y la atmósfera. Los demás, en su mayoría, serán más breves.

La agonía empieza aquí: algunas personas arrastran consigo una fiesta…

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4 nov. 2007

del baúl...


Amo de vos lo que no me decís.
Esos mitos que no advienen a tus labios.
Ese silencio.
No lo que callás porque querés que lo ignore,
sino lo que callás porque no sabés cómo,
ni podés comunicarlo.
Una pared blanca y dura y larga…
Ni vos podés contártelo a vos misma,
pero es patente que lo llevás guardado
como un mundo. ¡Cerrá los ojos!
Me duele tanto verte.
O más exactamente: que me veas
desde esa superficialidad sin fondo.

[circa 1994]