28 sep. 2009

¿A cuánto el medio kilo de Coelho?

Ayer, en una librería, estuve ojeando libros al lado de una pareja que parecía querer elegir un libro con base en su grosor.

Él: “¿este te gusta?”

Ella, mirando apenas de reojo la portada: “Puede ser, algo como de ese grueso está bien.”

Ella sacaba libros rápidamente de los estantes, los sostenía un segundo en la mano y los devolvía al estante. Estaban en la sección de “literatura latinoamericana”, lo cual, en ciertas librerías, se reduce a Paulo Coelho, Isabel Allende, García Márquez, Vargas Llosa, Cortázar y con suerte alguna cosa de Bolaño y punto. Los compradores de marras parecían no reparar en que 200 páginas de Coelho no serían equivalentes a 200 páginas de Bolaño, pero perseveraban y sopesaban...

Los reencontré con varios volúmenes en la mano acercándose a la caja. Quedé detrás de ellos en la fila. Quise fisgonear cuáles obras habían elegido, pero me despisté un instante y no logré verlas más allá de toda duda. Me dio la impresión, por los colores y el diseño, que, como era de esperar, eran del supersuperventas brasileño. Imaginé, con una sonrisita privada, que seguramente habían preguntado cuál era el precio por kilo...

Por mi parte, elegí un par de textos de Amos Oz, premio Asturias y candidato al Nobel de este año, que ya coloqué ordenadamente en mi cola de lectura. Aparte de mis dos nuevas adquisiciones, Contra el fanatismo y Mi querido Mijael, voy por la mitad de El mismo mar y, aparte de algunos pormenores poco felices de estilo y alguna rigidez en el ritmo, aspectos que achaco a problemas de traducción, el texto me va gustando y el autor, a quien no había leído antes, empieza a interesarme. Veré.

Luego había que pasar al súper por huevos y tortillas y quesito y demás viandas para el desayuno. Éramos de los últimos, 9:03 p.m., y solo una caja quedaba abierta.

Empezamos a pasar las cosas del carrito a la banda transportadora y tras dos o tres artículos reparé en que el par de tipos que nos seguían en la fila no quitaban la vista de todo lo que llevábamos. Una a una, estudiaban fijamente nuestras compras, una lata de frijoles molidos, tres latitas de pulpo, una sandia, bananos, tomates, cebollas, leche, quesos, tortillas...

¿Qué diablos puede tener de llamativo ver con tanto interés las latas y las verduras de los otros compradores? Además, eran de esas personas pesaditas que se te pegan a la espalda y te empujan el carrito y empiezan a poner sus cosas en la banda antes de que uno haya terminado con las suyas. Confieso que esas maneras me ofuscan así que simplemente apuré el ritmo para que pudiéramos largarnos cuanto antes.

Caminando hacia el parqueo, me vino de repente esta pregunta: “¿No era yo uno de ellos antes, en la librería, viendo y pensando morbosa y sardónicamente en los libros-por-kilo que comprarían la pareja de tórtolos?” Tal vez ellos veían mis tomates pensando que eran tomates Coelho y los suyos tomates Bolaño. O mis latitas de pulpo marca nacional no tenían punto de comparación con sus bonitos del norte de cinco mil colones la lata. O quizá la preferencia mía y de mi esposa por el queso Turrialba les hacía relamerse al imaginar su emmenthaler importado con trozos de pan de centeno alemán... Teníamos a nuestro favor que sí podíamos pesar el queso, medio kilo, ¿pero no tenían ellos a su favor copiar en su mirada la misma mirada mía de la librería?

Pensé finalmente que quizá no tenía yo ningún derecho a juzgar medio kilo de Coelho como si fuese medio kilo de tomates mal escogidos, semipodridos o reventados....

No estoy seguro de la respuesta y por eso la sigo meditando.

¿En qué momento se hizo tan complicado salir a hacer un par de comprillas un domingo por la tarde?

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16 sep. 2009

Federica y Miguel: los buenos

Federica nació como cualquiera, a las 3:45 de una madrugada helada de diciembre, en la vieja Maternidad Carit. Su madre la parió como cualquiera, con dolores y gemidos y coraje. Su padre, en cambio, pasó esa noche de juerga y reapareció al día siguiente engomado y alegrón y le dijo “quiubo” a su mujer y miró sin demasiado afán a Federica.

Su madre terminó criando sola a Federica porque su padre, de farra en farra llegó quién sabe adónde y un día ya no volvió más.

Federica fue a la escuela del barrio como cualquiera, e hizo la primera comunión y se graduó del colegio y fue a la universidad como casi cualquiera.

En la universidad, Federica estudió derecho y conoció a Miguel y se casaron.

A lo largo de toda su vida, Federica nunca le ha hecho mal a nadie, ni ha humillado ni le ha pegado a nadie; es cierto que una vez le robó una caja de lápices de colores a su amiga XYZ y que a veces se enoja y le grita barbaridades a los demás conductores y otras cosillas así, pero nada que merezca el fuego eterno. Y ha sido cariñosa con su pobre madre y ha sido leal a Miguel y aunque nunca aprendió a cocinar prepara la cena la mitad de las noches.

Federica tiene dos perritos y tampoco trata mal a sus perritos. Los adora y los cuida y goza que cada uno tenga su propia personalidad y le encanta que en las noches los acompañen a ella y a Miguel a ver la televisión.

Federica y Miguel tienen 7 años de casados y a pesar de haber emprendido su buena cuota de discusiones todavía están juntos y se quieren. No han tenido hijos pero piensan que ya llegará el momento.

Federica paga impuestos, es honrada y disciplinada en su trabajo y nunca ha robado ni un cinco, a pesar de que trabaja manejando dineros ajenos. Miguel igual. Incluso se quieren más porque comparten muchos principios.

Federica lee los periódicos y ve los telenoticieros y le da rabia la miseria de tantos compatriotas y el desamparo de los millones de hambrientos del mundo. Federica no consigue entender cómo es posible que unas personas exploten a otras tan campantemente. Tampoco consigue comprender qué llevan en el pecho ese desfile de pseudocaudillos corruptos que están desquiciando su país. Pero le encantaría meter a todos los explotadores y corrompidos a la cárcel y crear oportunidades para que las personas explotadas por ellos se superen.

Federica y Miguel creen fervientemente en la equidad y en la justicia social y en los derechos humanos y los defienden abiertamente. A diario se esfuerzan por tratar a todas las personas con respeto y decencia, aun si no piensan como ellos, y especialmente si no piensan como ellos.

Federica y Miguel leen, se educan, tratan de comprender a quienes son muy diferentes de ellos escuchando sus razones y sus molestias y sus anhelos. Ven en todos los seres humanos la misma dignidad, independientemente de sus rasgos étnicos, de su origen, de sus creencias espirituales, de sus vidas sexuales. Creen que independientemente de la forma que tengan las relaciones entre las personas, lo más importante es el amor y el respeto y la solidaridad que se manifiesten unas a otras.

Federica y Miguel discuten los temas de actualidad y opinan y tratan de decidir inteligentemente lo que les parezca mejor, al mismo tiempo, para ellos y para su sociedad. Federica y Miguel son, en el sentido más común de estas palabras: buenas personas. Sus familiares y amigos confirman que todas estas cualidades son ciertas.

Pues hace un par de años Federica decidió participar directamente en política. Se inscribió en el partido más afín a sus pensamientos y ha trabajado desde entonces en proyectos comunitarios y ha participado en reuniones y ha opinado en la prensa y ha hecho propuestas y ha ayudado a muchas personas. Ahora es candidata a diputada.

Miguel lo celebra y la anima y sabe que ella hará lo mejor que pueda... O que lo haría, si es que algún día llegara a la Asamblea, ¡o a la Presidencia de la República! Pero Miguel sabe, porque es más realista que Federica, que eso no sucederá jamás. Y para comprobar que no está loco sale a la calle y pregunta: “Señor, ¿votaría usted por Federica?” “No.” “¿Señora, votaría usted por Federica?” “No.”

Los diarios y la televisión han empezado a hablar muy mal de Federica. Sus oponentes tergiversan todas sus opiniones o las exageran o inventan algunas por ella. Su madre le dice que mienta, “mienta mamita, si a quién le va a importar, nadie va a saber y todos lo hacen”. Federica no va a mentir.

A Miguel le cuesta aceptarlo, pero es así: ese detallito insignificante que en nada afecta ni a su profesión ni a su vocación ni a su moral, impedirá que Federica pueda colaborar políticamente en su país. Federica es atea.

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13 sep. 2009

Y sin embargo evoluciona

En el Festival de cine de Toronto acaban de presentar la película Creation, de Jon Amiel, acerca de las vicisitudes personales (psicológicas, familiares, etc) que enfrentó Charles Darwin mientras desarrollaba su gran teoría de la evolución por selección natural. La principal, quizá, fue la muerte de su primera hija, a los 10 años.

Es de sobra sabido que él se guardó sus ideas y descubrimientos durante muchos años, pues imaginaba la polémica que provocarían y, además, mientras pulía sus argumentos y añadía evidencias (paleontológicas, biológicas, etc) y anticipaba todas las posibles críticas y sus posibles respuestas aclaratorias. Él mismo quería estar absolutamente seguro de la solidez, coherencia y fundamentación de sus tesis.

Por otro lado, su esposa, Emma, era profundamente religiosa y se le haría difícil comprender que, de acuerdo con las ideas de su marido, la belleza del universo, la grandiosidad de la naturaleza y la vida, pudieran ser explicadas sin recurrir a una divinidad. Pero justo eso demostraba por primera vez la teoría darwiniana de la evolución por selección natural. Esta es la gran idea, “la idea peligrosa de Darwin”, como dice uno de sus principales defensores en la actualidad, el brillante Daniel Dennett. De modo que sus dudas y conflictos también fueron amorosos, él amaba y respetaba a Emma y sabía que sería duro para ella cuando su libro viera la luz pública. La película Creation se ocupa de estos aspectos biográficos de la vida de Darwin.

Lo que me impresiona, hoy, es que a pesar de que la película ha sido alabado por la crítica y tiene prevista su distribución en todo el mundo, y de que parece, en primera instancia, fiel a la vida y las ideas de Darwin, todavía en EE.UU. los productores no han conseguido cerrar un trato para su distribución, pues es considerada demasiado polémica para la masiva y poderosa comunidad religiosa estadounidense...

“Christian film review website Movieguide.org described Darwin as 'a racist, a bigot and a 1800s naturalist whose legacy is mass murder.'” (Artículo en Daily Mail)

Es simplemente increíble: 150 años después de la publicación de El origen de las especies, todavía en Estados Unidos quieren simplemente negar su solidez y su carácter científico. La teoría, en esos 150 años, ha recibido todo tipo de críticas e intentos de falsación, y de cada combate ha salido mejor parada, con más pruebas y mejores y más detalladas explicaciones. Muchos autores consideran que prácticamente no hay ninguna otra teoría científica que tenga tantas pruebas a su favor. Negarse a ver en ella una verdad de la naturaleza (aún si concedemos que de todos sus pormenores y complejísimos detalles y consecuencias aún se no escapa una buena parte, pero no el núcleo de su funcionamiento) por una “necesidad” religiosa, es más bien necedad y fanatismo.

Parece que no solo en Costa Rica seguimos bajo el yugo de poderes inerciales del pasado y, casi, la antigüedad. No sé si en EE.UU. sea peor, pues los niveles y la virulencia de sus fanáticos son ciertamente de temer por su capacidad de influencia.

Negar, hoy en día, la evolución por selección natural, equivale a haber negado, 150 años después de Galileo (o peor: aún hoy), que la Tierra se mueve alrededor del sol y no a la inversa.

Hoy nadie niega los descubrimientos astronómicos de la modernidad que les debemos a Copérnico y Galileo; pero en su momento sus ideas fueron tan “peligrosas” para las anquilosadas instituciones religiosas como lo son hoy (en EE.UU., por lo menos) las ideas darwinianas. El mismo Papa Juan Pablo II emitió, cientos de años después, una disculpa pública para Galileo por el juzgamiento y la condena que de él hizo la Santa Inquisición. ¿Cuánto más habrá que esperar para que el sentimiento religioso desmedido y contracientífico siga imponiéndose sobre nosotros, manipulando los hechos y la opinión pública?

Por último, es absolutamente ridículo acusar a Darwin de genocida (“mass murderer”) o cosas semejantes, como hicieron los “críticos” de cine cristianos en el citado artículo. Todos los que hemos leído a Darwin y alguna de sus biografías sabemos que fue un ser humano, en el mejor sentido de la palabra, bueno, respetuoso y con un carácter moral admirable. Suyas son las siguientes palabras:

"As man advances in civilization, and small tribes are united into larger communities, the simplest reason would tell each individual that he ought to extend his social instincts and sympathies to all members of the same nation, though personally unknown to him. This point being once reached, there is only an artificial barrier to prevent his sympathies extending to the men of all nations and races." (el énfasis es mío)

Con Darwin, lo que nos separa de una sociedad global justa y equitativa no es una condena natural sino artificial, es decir, de nuestra propia creación. Nada en la teoría de la evolución por selección natural jusifica posiciones racistas o excluyentes de ningún tipo. Solo en las versiones erróneamente simplificadas, de mala fe o demonizadas sin conocimiento, es eso posible.

Y sin embargo se mueve, murmuró Galileo, entre dientes, ante sus inquisidores.

Darwin agregaría: y también evoluciona.


Para ampliar el tema, algunos textos recomendados:

Is religion a threat to rationality and science?

La nueva ilustración evolucionista

Darwin's Complex Loss of Faith

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10 sep. 2009

¿Es democrático discriminar a las personas ateas?

Del artículo de doña Laura Chinchilla, “Reforma condicionada del artículo 75” (en La Nación, 07/09/09), me gusta la propuesta de diálogo y tolerancia que expresa hacia credos diferentes del católico. Sin embargo, esto, aunque importante, no representa el meollo del proyecto por un estado laico. Es cierto que una de las preguntas fundamentales es si debemos seguir privilegiando, constitucionalmente, una religión entre otras; pero aquí me interesa más otro aspecto.

Dice doña Laura que el proyecto de reforma “no debe abordarse como un intento de eliminar a Dios, la religión o la fe de la Constitución y de la sociedad costarricense”. Me parece una imprecisión poner en un mismo paquete la “Constitución” y la “sociedad”, pues eliminar algo de alguna de ellas no implica necesariamente que se eliminará de la otra. En la Constitución, hasta dónde sé, no se habla de extraterrestres y, sin embargo, hay muchas personas que creen que existen. Quitar la mención de “Dios” del artículo 194 no atenta en nada contra la fe de las personas, ni contra la práctica de una religión, cualquiera que sea; las personas podrían seguir teniendo sus creencias tranquilamente y las religiones organizándose y participando en la sociedad. La reforma más bien va en beneficio de las religiones distintas de la católica y de las personas que las profesan. Pero, ¿y las personas ateas?

En efecto, ¿qué pasa con los ciudadanos que no profesan religión alguna? ¿Es que en sí mismo esto es un crimen, o una actitud inmoral? ¿No tiene una persona derecho a no creer en ningún dios y, a pesar de eso, ser una ciudadana en igualdad de condiciones políticas con todas las demás?

La mención de “Dios” en el juramento constitucional sí discrimina contra ateos, agnósticos y, si fuésemos aún más estrictos, también contra politeístas, si es que todavía quedasen algunos.

Incluso el Presidente Arias, como sin querer, lo confirma: “Lo que no estoy de acuerdo es en quitar a Dios de la Constitución. Eso sí no, porque Dios es Dios para todo el mundo, para el cristianismo, para el islamismo, para todo el mundo hay un Dios excepto para los ateos.” [Mi énfasis]

Algo similar expresa el subtítulo del artículo de Chinchilla: “La mención a Dios no atenta contra la libertad de culto ni discrimina entre credos religiosos”. Quizá no, pero sí discrimina contra las personas ateas, quienes, así, estarían siendo excluidas de la posibilidad de hacer un juramento constitucional de manera coherente con sus creencias. Es decir, se les excluiría de participar en la democracia mediante la aspiración a cargos públicos.

Chinchilla dice que, como creyente que es, es su “derecho invocar lo que considero más sagrado cuando asuma la responsabilidad...” Se refiere a la posibilidad de ser elegida Presidenta de Costa Rica. De lo que se sigue que cualquier otra persona que llegase a ocupar un cargo público debiera tener el mismo derecho, es decir, invocar lo que esa persona considerase “más sagrado”? ¿Pero qué pasaría si esa persona, aparte de una excelente ciudadana y, posiblemente, una brillante diputada o presidenta, fuese atea o agnóstica? Cuando fuera a hacer su juramento, ¿no tendría derecho a no jurar con base en algo en lo que no cree? ¿Hacerlo no sería, aparte de una hipocresía, también obligarla a actuar inmoralmente, por ir en contra de sus propias creencias?

Para una persona afín al laicismo, quizá eso “más sagrado” serían sencillamente sus “propias convicciones”, o prometerle “a la Patria observar y defender la Constitución y las leyes de la República”, tal como se propone en el texto de la reforma.

Lo que se plantea es nada más que las creencias religiosas de cada quien queden fuera del ámbito público, estatal –no fuera de su vida, de la sociedad, etc.– y que, en tal ámbito, los juramentos, la rendición de cuentas, la responsabilidad, se consideren a la luz del deber asumido al formar parte de una república, es decir, al vivir bajo una Constitución y sus leyes; y, por otro lado, a la luz de los derechos humanos.

Doña Laura escribe: “El juramento constitucional constituye un acto de máxima responsabilidad que se refuerza mediante la supremacía moral que supone la mención a Dios.”

En efecto, es un acto de máxima responsabilidad, y por eso las personas en cargos públicos son y deben ser juzgadas por el pueblo. Pero quizá el “refuerzo” por la mención de “Dios” solo se dé en ciertas personas muy creyentes. De nuevo, para una persona atea el recurso a la divinidad no añadiría nada a su sentido de responsabilidad, que, por sí mismo, puede ser tan o más elevado que el de una persona creyente.

Por otra parte, la manera en que lo expresa doña Laura, “supremacía moral que supone la mención a Dios”, es ya, en sí misma, un prejuicio: supone a su vez que para toda persona posible esa mención de “Dios” entraña, de hecho, una “supremacía moral”, o peor: que debiera hacerlo (y vale señalar que ese aparentemente inocuo “deber”, si creyésemos en él, nos devolvería inmediatamente a épocas medievales). Pero el caso es que para muchas personas esa mención hace referencia más bien a prácticas históricas de crueldad, xenofobia, abuso infantil, nacionalismo, tortura, persecución, represión de la libertad de expresión, etc., etc., cometidas por diferentes iglesias y pastores a lo largo de los siglos y todavía hoy, claro está, y acerca de las cuales existe abundantísima documentación (para cualquiera que quiera buscarla y estudiarla).

Ahora bien, otra opción, que sí cabría considerar y discutir, es la que propone en La Nación de hoy don Julio Kierszenson: usar como juramento constitucional el que se utiliza en los procesos judiciales (o una versión semejante):

“Jura por Dios o por lo más sagrado de sus creencias...”

Al menos, en este caso, la disyunción “o” les dejaría una opción a los ateos. El juramento actual, en cambio, unifica, mediante la conjunción “y”, la apelación a Dios y la Patria:

“–¿Juráis a Dios y prometéis a la Patria, observar y defender la Constitución y las leyes de la República, y cumplir fielmente los deberes de vuestro destino?
–Sí, juro.
–Si así lo hiciereis, Dios os ayude, y si no, Él y la Patria os lo demanden.” (Art. 194)

En suma, en las personas ateas no jurar en nombre de Dios no demeritaría en nada su visión y su práctica de la responsabilidad civil, ni su moral personal. De hecho, que la moralidad no necesite del recurso a un dios ni a una religión es, a mi juicio, parte fundamental del contenido mismo del laicismo como visión humanista de la democracia, la sociedad y la justicia.

Por supuesto (esto es evidente, pero es mejor decirlo para evitar confusiones), laicismo y ateísmo no son equivalentes, ni siquiera mutuamente necesarios; pero las personas laicas sí tienen en común con las ateas que tampoco para las primeras se demeritaría su sentido de responsabilidad civil por el hecho de no jurar en nombre de Dios, es más, posiblemente se reforzaría, pues sabrían que así su responsabilidad incluiría a todos los ciudadanos de un país: tanto a los creyentes, de cualquier religión, como a los no creyentes.

Una última nota aclaratoria: algunos creyentes podrían entonces pensar que no mencionar a Dios sería una discriminación contra ellos. No es así: ellos tendrían la opción de jurar en silencio, para sí mismos, ante el dios que mejor represente sus creencias. En cambio, en el caso que nos ocupa, la diferencia radica en que un ateo tendría que jurar públicamente en nombre de algo en lo que no cree (estaría obligado a hacerlo). Lo mejor, pues, en ambos casos, sería dejar todo el asunto de las creencias, o falta de ellas, fuera del ámbito público, que es precisamente lo que se busca con esta reforma.

¿Por qué, entonces, seguir oponiéndose a que “Dios” deje de estar presente en la Constitución? No habría otra razón más que el intento por conservar un privilegio histórico, tradicional y exclusivo de una parte de la ciudadanía. Pero, ¿es que todavía podríamos llamarle a eso, “razón”?




+ otros sitios de interés:

Laicismo.net / Chile
Laicismo.org / España
Red Iberoamericana por las libertades laicas

la inmortalidad es posible

He aquí el primer bichejo inmortal de la naturaleza:


+ en ABC
+ en Wikipedia

9 sep. 2009

"no deberás dejar ningún sobreviviente"

Medianoche. Tengo algo de insomnio o una extraña inquietud... Dado el clima religioso que se ha apoderado de CR en estos días, se me ha ocurrido repasar un poco la Biblia...

El Deuteronomio, por ejemplo, que es toda una historia y un arte de la guerra...

Recordé algunos pasajes de este libro a raíz de las declaraciones de hoy del Obispo Ulloa, recogidas en La Nación: “cuando un estado se vuelve ateo es capaz de cometer las peores injusticias y las más bajas aberraciones...”

Habría que recordarle al prelado que no hace falta que un estado sea ateo para hacer esas cosas horribles... Además, ¿cómo podría un Estado ser ateo? Parte esencial del proyecto para hacer de Costa Rica un estado laico es precisamente la idea de que un Estado, que no es una persona, no puede tener creencias y, así como no puede ser católico ni calvinista ni islámico ni nada semejante, tampoco puede ser ateo.

En fin, que apenas hojeando algunos capítulos del Deuteronomio encuentro pasajes como estos:

“Efectivamente, el Señor, nuestro Dios, puso también en nuestras manos a Og, rey de Basán, con todo su ejército, y lo derrotamos hasta tal punto que no le quedó ni un solo sobreviviente.

Aquella vez nos apoderamos de todas sus ciudades. Las conquistamos todas, sin exceptuar ninguna: las sesenta ciudades del distrito de Argob, que pertenecía al reino de Og, en Basán.

Todas ellas eran ciudades defendidas por altas murallas, puertas y cerrojos, sin contar las ciudades de los perizitas, que también eran muy numerosas.

Y las consagramos al exterminio, como habíamos hecho con Sijón, rey de Jesbón, matando en cada ciudad a hombres, mujeres y niños.

Pero nos reservamos como botín el ganado y los despojos de las ciudades.” (Deut. 3: 3-7)

O este:

“Entonces hice esta advertencia a Josué [habla Moisés]: ‘Tú has visto con tus propios ojos todo lo que hizo el Señor, nuestro Dios, con estos dos reyes. De la misma manera tratará el Señor a todos los reinos por donde vas a pasar’.” (Deut. 3: 21)

O este otro:

“Pero en las ciudades de esos pueblos que el Señor, tu Dios, te dará como herencia, no deberás dejar ningún sobreviviente.

Consagrarás al exterminio total a los hititas, a los amorreos, a los cananeos, a los perizitas, a los jivitas y a los jebuseos, como te lo ordena el Señor, tu Dios, para que ellos no les enseñen a imitar todas las abominaciones que cometen en honor de sus dioses. Así ustedes no pecarán contra el Señor, su Dios.” (Deut. 20: 16-18)

O finalmente:

“Cuando salgas a combatir contra tus enemigos, y el Señor, tu Dios, los ponga en tus manos, si tomas algunos prisioneros y entre ellos ves una mujer hermosa que te resulta atrayente, y por eso la quieres tomar por esposa, deberás llevarla a tu casa. Entonces ella se rapará la cabeza, se cortará las uñas, se quitará su ropa de cautiva y permanecerá en tu casa durante un mes entero, llorando a su padre y a su madre. Sólo después de esto podrás unirte a ella para ser su esposo, y ella será tu mujer.” (Deut. 21: 10-13)

Etc... etc...

Y sí, ya sé que son pasajes del Antiguo Testamento, donde enigmáticamente Dios –que, claro y a pesar de todo, debe ser el mismo Dios del Nuevo Testamento– pasa por una etapa vengativa y rabiosa y nacionalista; y ya sé que narra la época de historia nacional del pueblo israelita, en camino a la tierra prometida tras haber estado esclavizados y que con razón están algo molestos; y ya sé que estoy sacando las citas fuera de contexto; y también sé que el problema del mal es el meollo mismo de la religión y que, cuando no se puede explicar, y nunca se puede explicar religiosamente, se recurre al misterio trascendentalísimo de la divinidad y a la pequeñez de nuestra mente, incapaz de comprender Sus designios, etc... etc...

Y bueno... Tal vez que debiera dejar la saña y ser más serio y “objetivo”. Es cierto.

Pero la objetividad es un trabajo para las mañanas, uno que prefiero hacer bajo el sol; ahora es medianoche y no consigo dormir y me siento con cierto derecho a molestarme: que el Estado costarricense sea oficialmente católico me excluye a mí, que no profeso ninguna religión, y a miles de otros ciudadanos que sí profesan una religión, pero no la católica.

Quisiera creer que el tiempo de las exclusiones sin fundamento es cosa del pasado... Pero solo ha de ser otro delirio de madrugada, como el que me llevó a elegir el Deuteronomio como lectura para el insomnio y no, digamos, el Cantar de los Cantares...

En fin, veré si aquellas imágenes bíblicas de exterminio y destrucción y xenofobia, con Dios a la cabeza, me dejan dormir plácidamente.

(P.d. Totalmente de acuerdo con este texto del Fusil.)

5 sep. 2009

Dedo gigante en Marte

¿Quién habrá tocado Marte con un dedo gigante? La foto de la colosal "huella digital" es una de muchas que la NASA ha publicado recientemente:

4 sep. 2009

La laicidad explicada a los niños (de F. Savater)

En el contexto de la discusión actual en Costa Rica acerca de las reformas planteadas a la Constitución Política para convertir al país en un estado laico, reproduzco abajo un artículo del filósofo español Fernando Savater, publicado originalmente en El País el 05/11/2005.

Cae de perlas cuando solo 1 de los precandidatos a la Presidencia (Otto Guevara) ha apoyado abierta y totalmente la propuesta del Movimiento por un Estado Laico. Ottón Solís, en cambio, dijo: "Más bien hay que meter más Dios, más Biblia".

A mí se me para el pelo cuando un político, que además quiere ser presidente, dice cosas como esa: ¿más "Dios" en los asuntos políticos?

Antes del texto de Savater, anoto algunos datos improvisadamente: El franquismo, en España, también se llamaba "nacionalcatolicismo". El señor G.W. Bush mencionaba y usaba a Dios cada vez que podía para justificar su guerrerismo y sus absurdos (con graves consecuencias). En Belfast, por ejemplo, la religión politizada causó muerte y destrucción durante años. En la antigua Yugoslavia, las religiones y los diferentes "etnonacionalismos" siempre fueron excusa para el asesinato y la crueldad. En Ruanda, curas católicos apoyados por la iglesia belga fueron cómplices en el genocidio reciente. (Obsérvese que no he citado casos orientales).

Los ejemplos podrían multiplicarse extensamente... Por todos ellos, uno de los grandes logros de la modernidad fue desvincular las monarquías absolutas y sus justificaciones "divinas" del ámbito político. Los fundadores de EE.UU., por citar un caso notorio, consiguieron, hace más de 200 años, redactar una constitución que no menciona a Dios y que únicamente menciona la religión para asegurarse que el Congreso no legislará al respecto, aunque conserva la libertad de culto: "Congress shall make no law respecting an establishment of religion, or prohibiting the free exercise thereof..." (Enmienda 1)...

A mi juicio, en lugar de lecciones de religión en las escuelas y colegios, y en lugar de cualquier referencia religiosa en materias de Estado o política, se deberían ofrecer clases y ejemplos de ciudadanía: educar a los jóvenes para la tolerancia, la hospitalidad, la solidaridad y otros valores semejantes. Ser miembro de un país es ser ciudadano, no ser católico o protestante o budista o lo que sea. La ciudadanía tendría que ver más con derechos humanos y multiculturalismo que con dogmas o tradiciones clericales específicas. Algo de esto ha intentado don Leonardo Garnier, nuestro actual Ministro de Educación, por lo cual merece un reconocimiento del que mucha gente no es consciente. Pero, por supuesto, una sola persona en un gobierno difícilmente podrá hacer mover el pesado barco en el que vamos...

Dejo las palabras Savater, su contexto es el español, pero aplican muy bien para nosotros:


"

En 1791, como respuesta a la proclamación por la Convención francesa de los Derechos del Hombre, el Papa Pío VI hizo pública su encíclica Quod aliquantum en la que afirmaba que "no puede imaginarse tontería mayor que tener a todos los hombres por iguales y libres". En 1832, Gregorio XVI reafirmaba esta condena sentenciando en su encíclica Mirari vos que la reivindicación de tal cosa como la "libertad de conciencia" era un error "venenosísimo". En 1864 apareció el Syllabus en el que Pío IX condenaba los principales errores de la modernidad democrática, entre ellos muy especialmente -dale que te pego- la libertad de conciencia. Deseoso de no quedarse atrás en celo inquisitorial, León XIII estableció en su encíclica Libertas de 1888 los males del liberalismo y el socialismo, epígonos indeseables de la nefasta ilustración, señalando que "no es absolutamente lícito invocar, defender, conceder una híbrida libertad de pensamiento, de prensa, de palabra, de enseñanza o de culto, como si fuesen otros tantos derechos que la naturaleza ha concedido al hombre. De hecho, si verdaderamente la naturaleza los hubiera otorgado, sería lícito recusar el dominio de Dios y la libertad humana no podría ser limitada por ley alguna". Y a Pío X le correspondió fulminar la ley francesa de separación entre Iglesia y Estado con su encíclica Vehementer, de 1906, donde puede leerse: "Que sea necesario separar la razón del Estado de la de la Iglesia es una opinión seguramente falsa y más peligrosa que nunca. Porque limita la acción del Estado a la sola felicidad terrena, la cual se coloca como meta principal de la sociedad civil y descuida abiertamente, como cosa extraña al Estado, la meta última de los ciudadanos, que es la beatitud eterna preestablecida para los hombres más allá de los fines de esta breve vida". Hubo que esperar al Concilio Vaticano II y al decreto Dignitatis humanae personae, querido por Pablo VI, para que finalmente se reconociera la libertad de conciencia como una dimensión de la persona contra la cual no valen ni la razón de Estado ni la razón de la Iglesia. "¡Es una auténtica revolución!", exclamó el entonces cardenal Wojtyla.

¿Qué es la laicidad? Es el reconocimiento de la autonomía de lo político y civil respecto a lo religioso, la separación entre la esfera terrenal de aprendizajes, normas y garantías que todos debemos compartir y el ámbito íntimo (aunque públicamente exteriorizable a título particular) de las creencias de cada cual. La liberación es mutua, porque la política se sacude la tentación teocrática pero también las iglesias y los fieles dejan de estar manipulados por gobernantes que tratan de ponerlos a su servicio, cosa que desde Napoleón y su Concordato con la Santa Sede no ha dejado puntualmente de ocurrir, así como cesan de temer persecuciones contra su culto, tristemente conocidas en muchos países totalitarios. Por eso no tienen fundamento los temores de cierto prelado español que hace poco alertaba ante la amenaza en nuestro país de un "Estado ateo". Que pueda darse en algún sitio un Estado ateo sería tan raro como que apareciese un Estado geómetra o melancólico: pero si lo que teme monseñor es que aparezcan gobernantes que se inmiscuyan en cuestiones estrictamente religiosas para prohibirlas u hostigar a los creyentes, hará bien en apoyar con entusiasmo la laicidad de nuestras instituciones, que excluye precisamente tales comportamientos no menos que la sumisión de las leyes a los dictados de la Conferencia Episcopal. No sería el primer creyente y practicante religioso partidario del laicismo, pues abundan hoy como también los hubo ayer: recordemos por ejemplo a Ferdinand Buisson, colaborador de Jules Ferry y promotor de la escuela laica (obtuvo el premio Nobel de la paz en 1927), que fue un ferviente protestante.

En España, algunos tienen inquina al término "laicidad" (o aún peor, "laicismo") y sostienen que nuestro país es constitucionamente "aconfesional" -eso puede pasar- pero no laico. Como ocurre con otras disputas semánticas (la que ahora rodea al término "nación", por ejemplo) lo importante es lo que cada cual espera obtener mediante un nombre u otro. Según lo interpretan algunos, un Estado no confesional es un Estado que no tiene una única devoción religiosa sino que tiene muchas, todas las que le pidan. Es multiconfesional, partidario de una especie de teocracia politeista que apoya y favorece las creencias estadísticamente más representadas entre su población o más combativas en la calle. De modo que sostendrá en la escuela pública todo tipo de catecismos y santificará institucionalmente las fiestas de iglesias surtidas. Es una interpretación que resulta por lo menos abusiva, sobre todo en lo que respecta a la enseñanza. Como ha avisado Claudio Magris (en "Laicità e religione", incluido en el volumen colectivo Le ragioni dei laici, ed. Laterza), "en nombre del deseo de los padres de hacer estudiar a sus hijos en la escuela que se reclame de sus principios -religiosos, políticos y morales- surgirán escuelas inspiradas por variadas charlatanerías ocultistas que cada vez se difunden más, por sectas caprichosas e ideologías de cualquier tipo. Habrá quizá padres racistas, nazis o estalinistas que pretenderán educar a sus hijos -a nuestras expensas- en el culto de su Moloch o que pedirán que no se sienten junto a extranjeros...". Debe recordarse que la enseñanza no es sólo un asunto que incumba al alumno y su familia, sino que tiene efectos públicos por muy privado que sea el centro en que se imparta. Una cosa es la instrucción religiosa o ideológica que cada cual pueda dar a sus vástagos siempre que no vaya contra leyes y principios constitucionales, otra el contenido del temario escolar que el Estado debe garantizar con su presupuesto que se enseñe a todos los niños y adolescentes. Si en otros campos, como el mencionado de las festividades, hay que manejarse flexiblemente entre lo tradicional, lo cultural y lo legalmente instituido, en el terreno escolar hay que ser preciso estableciendo las demarcaciones y distinguiendo entre los centros escolares (que pueden ser públicos, concertados o privados) y la enseñanza misma ofrecida en cualquiera de ellos, cuyo contenido de interés público debe estar siempre asegurado y garantizado para todos. En esto consiste precisamente la laicidad y no en otra cosa más oscura o temible.

Algunos partidarios a ultranza de la religión como asignatura en la escuela han iniciado una cruzada contra la enseñanza de una moral cívica o formación ciudadana. Al oírles parece que los valores de los padres, cualesquiera que sean, han de resultar sagrados mientras que los de la sociedad democrática no pueden explicarse sin incurrir en una manipulación de las mentes poco menos que totalitaria. Por supuesto, la objeción de que educar para la ciudadanía lleva a un adoctrinamiento neofranquista es tan profunda y digna de estudio como la de quienes aseguran que la educación sexual desemboca en la corrupción de menores. Como además ambas críticas suelen venir de las mismas personas, podemos comprenderlas mejor. En cualquier caso, la actitud laica rechaza cualquier planteamiento incontrovertible de valores políticos o sociales: el ilustrado Condorcet llegó a decir que ni siquiera los derechos humanos pueden enseñarse como si estuviesen escritos en unas tablas descendidas de los cielos. Pero es importante que en la escuela pública no falte la elucidación seguida de debate sobre las normas y objetivos fundamentales que persigue nuestra convivencia democrática, precisamente porque se basan en legitimaciones racionales y deben someterse a consideraciones históricas. Los valores no dejan de serlo y de exigir respeto aunque no aspiren a un carácter absoluto ni se refuercen con castigos o premios sobrenaturales... Y es indispensable hacerlo comprender.

Sin embargo, el laicismo va más allá de proponer una cierta solución a la cuestión de las relaciones entre la Iglesia (o las iglesias) y el Estado. Es una determinada forma de entender la política democrática y también una doctrina de la libertad civil. Consiste en afirmar la condición igual de todos los miembros de la sociedad, definidos exclusivamente por su capacidad similar de participar en la formación y expresión de la voluntad general y cuyas características no políticas (religiosas, étnicas, sexuales, genealógicas, etc...) no deben ser en principio tomadas en consideración por el Estado. De modo que, en puridad, el laicismo va unido a una visión republicana del gobierno: puede haber repúblicas teocráticas, como la iraní, pero no hay monarquías realmente laicas (aunque no todas conviertan al monarca en cabeza de la iglesia nacional, como la inglesa). Y por supuesto la perspectiva laica choca con la concepción nacionalista, porque desde su punto de vista no hay nación de naciones ni Estado de pueblos sino nación de ciudadanos, iguales en derechos y obligaciones fundamentales más allá de cuál sea su lugar de nacimiento o residencia. La justificada oposición a las pretensiones de los nacionalistas que aspiran a disgregar el país o, más frecuentemente, a ocupar dentro de él una posición de privilegio asimétrico se basa -desde el punto de vista laico- no en la amenaza que suponen para la unidad de España como entidad trascendental, sino en que implican la ruptura de la unidad y homogeneidad legal del Estado de Derecho. No es lo mismo ser culturalmente distintos que políticamente desiguales. Pues bien, quizá entre nosotros llevar el laicismo a sus últimas consecuencias tan siquiera teóricas sea asunto difícil: pero no deja de ser chocante que mientras los laicos "monárquicos" aceptan serlo por prudencia conservadora, los nacionalistas que se dicen laicos paradójica (y desde luego injustificadamente) creen representar un ímpetu progresista...

En todo caso, la época no parece favorable a la laicidad. Las novelas de más éxito tratan de evangelios apócrifos, profecías milenaristas, sábanas y sepulcros milagrosos, templarios -¡muchos templarios!- y batallas de ángeles contra demonios. Vaya por Dios, con perdón: qué lata. En cuanto a la (mal) llamada alianza de civilizaciones, en cuanto se reúnen los expertos para planearla resulta que la mayoría son curas de uno u otro modelo. Francamente, si no son los clérigos lo que más me interesa de mi cultura, no alcanzo a ver por qué van a ser lo que me resulte más apasionante de las demás. A no ser, claro, que también seamos "asimétricos" en esta cuestión... Hace un par de años, coincidí en un debate en París con el ex secretario de la ONU Butros Gali. Sostuvo ante mi asombro la gran importancia de la astrología en el Egipto actual, que los europeos no valoramos suficientemente. Respetuosamente, señalé que la astrología es tan pintoresca como falsa en todas partes, igual en El Cairo que en Estocolmo o Caracas. Butros Gali me informó de que precisamente esa opinión constituye un prejuicio eurocéntrico. No pude por menos de compadecer a los africanos que dependen de la astrología mientras otros continentes apuestan por la nanotecnología o la biogenética. Quizá el primer mandamiento de la laicidad consista en romper la idolatría culturalista y fomentar el espíritu crítico respecto a las tradiciones propias y ajenas. Podría formularse con aquellas palabras de Santayana: "No hay tiranía peor que la de una conciencia retrógrada o fanática que oprime a un mundo que no entiende en nombre de otro mundo que es inexistente".

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Fuente original: Fernando Savater, El País, 05/11/2005.