28 sep. 2009

¿A cuánto el medio kilo de Coelho?

Ayer, en una librería, estuve ojeando libros al lado de una pareja que parecía querer elegir un libro con base en su grosor.

Él: “¿este te gusta?”

Ella, mirando apenas de reojo la portada: “Puede ser, algo como de ese grueso está bien.”

Ella sacaba libros rápidamente de los estantes, los sostenía un segundo en la mano y los devolvía al estante. Estaban en la sección de “literatura latinoamericana”, lo cual, en ciertas librerías, se reduce a Paulo Coelho, Isabel Allende, García Márquez, Vargas Llosa, Cortázar y con suerte alguna cosa de Bolaño y punto. Los compradores de marras parecían no reparar en que 200 páginas de Coelho no serían equivalentes a 200 páginas de Bolaño, pero perseveraban y sopesaban...

Los reencontré con varios volúmenes en la mano acercándose a la caja. Quedé detrás de ellos en la fila. Quise fisgonear cuáles obras habían elegido, pero me despisté un instante y no logré verlas más allá de toda duda. Me dio la impresión, por los colores y el diseño, que, como era de esperar, eran del supersuperventas brasileño. Imaginé, con una sonrisita privada, que seguramente habían preguntado cuál era el precio por kilo...

Por mi parte, elegí un par de textos de Amos Oz, premio Asturias y candidato al Nobel de este año, que ya coloqué ordenadamente en mi cola de lectura. Aparte de mis dos nuevas adquisiciones, Contra el fanatismo y Mi querido Mijael, voy por la mitad de El mismo mar y, aparte de algunos pormenores poco felices de estilo y alguna rigidez en el ritmo, aspectos que achaco a problemas de traducción, el texto me va gustando y el autor, a quien no había leído antes, empieza a interesarme. Veré.

Luego había que pasar al súper por huevos y tortillas y quesito y demás viandas para el desayuno. Éramos de los últimos, 9:03 p.m., y solo una caja quedaba abierta.

Empezamos a pasar las cosas del carrito a la banda transportadora y tras dos o tres artículos reparé en que el par de tipos que nos seguían en la fila no quitaban la vista de todo lo que llevábamos. Una a una, estudiaban fijamente nuestras compras, una lata de frijoles molidos, tres latitas de pulpo, una sandia, bananos, tomates, cebollas, leche, quesos, tortillas...

¿Qué diablos puede tener de llamativo ver con tanto interés las latas y las verduras de los otros compradores? Además, eran de esas personas pesaditas que se te pegan a la espalda y te empujan el carrito y empiezan a poner sus cosas en la banda antes de que uno haya terminado con las suyas. Confieso que esas maneras me ofuscan así que simplemente apuré el ritmo para que pudiéramos largarnos cuanto antes.

Caminando hacia el parqueo, me vino de repente esta pregunta: “¿No era yo uno de ellos antes, en la librería, viendo y pensando morbosa y sardónicamente en los libros-por-kilo que comprarían la pareja de tórtolos?” Tal vez ellos veían mis tomates pensando que eran tomates Coelho y los suyos tomates Bolaño. O mis latitas de pulpo marca nacional no tenían punto de comparación con sus bonitos del norte de cinco mil colones la lata. O quizá la preferencia mía y de mi esposa por el queso Turrialba les hacía relamerse al imaginar su emmenthaler importado con trozos de pan de centeno alemán... Teníamos a nuestro favor que sí podíamos pesar el queso, medio kilo, ¿pero no tenían ellos a su favor copiar en su mirada la misma mirada mía de la librería?

Pensé finalmente que quizá no tenía yo ningún derecho a juzgar medio kilo de Coelho como si fuese medio kilo de tomates mal escogidos, semipodridos o reventados....

No estoy seguro de la respuesta y por eso la sigo meditando.

¿En qué momento se hizo tan complicado salir a hacer un par de comprillas un domingo por la tarde?

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4 comentarios:

Asterión dijo...

Cuando dijiste queso, inmediatamente pensé en que habían comprado Turrialba. No me imagino desayunar con un manchego, por ejemplo.

Sobre tu pregunta, no tengo yo sino otra: derecho a ver los libros tenés, como ellos los tomates, el asunto es de qué forma incide eso en la otra persona, de qué forma se utiliza esa información, hasta dónde puede uno ofuscar a quien se "presiona" con la mirada, o sentirse ofuscado por el que te hace presión.

¿Tenemos derecho a nuestros prejuicios? Creo que sí, lo que no creo es que debamos hacer de ellos un instrumento de violencia.

Saludos.

pezenseco dijo...

Lo has dicho perfectamente, me parece, tantas pequeñas violencias que sobran...

Alejandro Kreiner dijo...

Los humanos solemos ser curiosos...

Saludos.

Anónimo dijo...

No creo que tengamos derecho alguno a cuestionar o denigrar los gustos de los demas, somos seres variados, lo que para ti es basura para otro es un tesoro, me parece que asi como te sentiste luego de que vieran tus compras es como isite sentir..."no agas a otros lo que no te gustaria que te isiseran a ti"