15 may. 2008

de tiranías y nostalgias

Algunos afectos llegan a ser tiránicos, eso lo sabe todo el mundo. La pregunta interesante es si hay ocasiones en que dicha imposición pueda ser totalmente beneficiosa...

Aunque hoy no estoy de ánimo para elucubrar una respuesta...

Empecé a improvisar estas notas pensando más bien en otra cosa. Entre las novelas que he leído, El Túnel, de Ernesto Sabato, es una de las que tienen un mejor comienzo. En pocas líneas se confiesa un asesinato y se hace una ligera reflexión sobre el recuerdo.

A tono con esa cuestión de la memoria, desde la primera vez que leí El túnel, hace tal vez unos quince años, nunca he olvidado algunas de las frases de sus primeras páginas (o no he olvidado su impacto):

“Aunque ni el diablo sabe qué es lo que ha de recordar la gente, ni por qué. En realidad, siempre he pensado que no hay memoria colectiva, lo que quizá sea una forma de defensa de la especie humana. La frase “todo tiempo pasado fue mejor” no indica que antes sucedieran menos cosas malas, sino que –felizmente– la gente las echa en el olvido. Desde luego, semejante frase no tiene validez universal; yo, por ejemplo, me caracterizo por recordar preferentemente los hechos malos y, así, casi podría decir que todo tiempo pasado fue peor, si no fuera porque el presente me parece tan horrible como el pasado; recuerdo tantas calamidades, tantos rostros cínicos y crueles, tantas malas acciones, que la memoria es para mí como la temerosa luz que alumbra un sórdido museo de la vergüenza.

(Ernesto Sabato, El Túnel)

La memoria de la humanidad, en efecto, es una especie de cloaca atravesada por caudales inmensurables de sangre. Ubicándonos exclusivamente en siglo XX, bastan unas pocas palabras para dar la idea: Auschwitz, Gulag, Hiroshima, Tlatelolco, Tiananmen, etc. etc. Pero no hace falta llegar al siglo XX: las masacres del pasado histórico no son tan impactantes hoy simplemente porque no hay fotos ni videos ni testimonios orales.

En todo caso, la misma memoria que recuerda a los verdugos también nos posibilita recordar a las víctimas. La memoria entraña una responsabilidad infinita, para empezar: la de guardar a los otros, caídos, en nuestra consciencia, tanto su vida como su muerte...

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Redirijo mi divagación adonde comenzó (a veces las ideas y los textos simulan las circunvalaciones del cerebro y uno divaga sin asidero ni dirección constantes)... Los adultos (y, acaso, mientras “más adultos” con más fuerza) acostumbran quejarse de que su tiempo pasado (la época cuando ellos fueron jóvenes) fue mejor que el presente. “En mi época las cosas eran así y así, hacíamos tal y tal, todo era muy bonito, ahora no, ahora a los jóvenes no les interesa nada de eso, ahora solo piensan en tal y tal...”

Pero los jóvenes actuales no creen que el tiempo pasado fue mejor, en parte porque no lo conocieron y no pueden comparar, y en parte porque les gusta el suyo, su cotidianidad, y les gusta tener sus propias preferencias y expectativas. A los adultos les pasa lo mismo: tampoco son capaces de comprender el tiempo de los jóvenes actuales simplemente porque no participan de él y lo juzgan en comparación con el suyo, lo cual evidentemente produce ese desfase conocido como “brecha generacional”.

Luego algunos adultos permanecen tan ensimismados en la imagen de su propio pasado que convierten la nostalgia en tiranía: son hiperrepresivos con sus hijos, se incapacitan para comprender el presente de sus hijos porque lo juzgan desde la experiencia de su propio pasado, es decir, fuera de contexto, y encima bajo el prejuicio de que su experiencia, su juventud, su pasado, fue mejor (o más “moral”, “correcta”, etc.) por definición.

Pero uno disfruta la época de su juventud no porque fuera la época X o Y, los sesenta o setenta u ochenta, etc., sino porque fue la época de su juventud. Es decir, la nostalgia es por la juventud misma, perdida, y no por ciertos rasgos históricos y contingentes de la época. Hay excepciones, claro: por ejemplo entre quienes crecieron envueltos en miseria y quienes disfrutaron de buenas condiciones de vida. Pero, si asumimos condiciones similares, en el fondo la nostalgia es por la imagen de uno mismo hace veinte o treinta o cuarenta años, y no, en sentido estricto, por las calles y la música y los paisajes.

La nostalgia surge de las experiencias vividas, porque son irrepetibles o solo repetibles como memoria: la más humana, quizá, de las facultades. Y una facultad paradójica: nos permite volver a vivir lo más preciado para nosotros una y otra vez, aunque sin la inmediatez de la experiencia. La nostalgia es la atmósfera de ese doble rostro de la memoria, su expresión común.

La memoria, en fin, me hace pensar en un foso, un don, una fuente, un lecho, una cárcel, el infinito a modo de libro o diccionario, un libro de arena, el cielo, las pesadillas, la gracia, y todo eso a la vez y quién sabe cuántas cosas más.

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Luego uno empieza a recordar con más fuerza cosas muy viejas y a olvidar los eventos inconsecuentes de ayer por la tarde. Esto también lo sabe todo el mundo. Hay infinidad de estudios neurológicos y psicológicos al respecto; pero en un ámbito más personal, o de sentido común, supongo que se debe a que las cosas viejas que nos han afectado mucho, para bien o para mal, las hemos recordado tantas veces que la fuerza de su recuerdo aumenta con cada ocasión en que las repetimos en la memoria, así como las nimiedades de la semana pasada se olvidan porque no las recordamos (repetimos, recreamos) ni una sola vez.

Hay una fuerza de los recuerdos, uno la alimenta o lucha contra ella; y hay recuerdos que llegan a ser tan fuertes que, aunque creamos que los hemos olvidado, yacen latentes en las marañas de la mente hasta que, ante una pista inesperada, un olor pasajero, una melodía, regresan con la nitidez de lo inmediato. Y a veces hasta llega la gente a enfermarse de tanto recordar lo mismo, irrecuperable.

El recuerdo es un arma de doble filo, ambigua siempre, una especie de fármaco: es igualmente posible que nos haga sonreír como llorar, curarnos o envenenarnos; algo así como el amor, según Quevedo: una “enfermedad que crece si es curada”...

La nostalgia, tal vez, no sea más que una insistencia –no siempre lúcida o sana, a veces morbosa– en preferir el pasado –es decir, lo que nos queda de él como recuerdo–, que el presente y las posibilidades del porvenir.

Si el recuerdo es una especie de celebración gozosa de la vida, la facultad de repetir y aprender, también es la puerta de la nostalgia y de la tiranía de la nostalgia: la parálisis, la depresión, cualquier suerte de dogma emocional...

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Giro, vuelvo a Sabato; todo El túnel es la narración de un recuerdo, “Lo que sucedió luego lo recuerdo como una pesadilla”, dice Castel, el narrador, en el penúltimo capítulo.

Pero Sabato también conoce otra función de la memoria: en Argentina, dirigió la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas, cuyo informe, Nunca Más, conocido también como “Informe Sabato”, sirvió para aclarar los hechos de terror acontecidos durante la dictadura militar, enjuiciar a los verdugos y honrar la memoria de los desaparecidos. Entre los incontables testimonios y documentos de las víctimas de la dictadura argentina, aparecen estas frases:

“Estoy seguro de que la memoria es más fuerte que la traición y que cuando ya nadie se acuerde ni de Brusa ni de Facino, ni de Videla ni de Martínez de Hoz, los jóvenes argentinos seguirán venerando el recuerdo de cada uno de los treinta mil desaparecidos.

–Eso si que será Justicia.”
(En: Los laberintos de la memoria, de José Ernesto Schulman)

Tiranías de la nostalgia, olvido de los tiranos... Este es un buen final (y comienzo): una forma de justicia es que el recuerdo de las víctimas equivalga al olvido de sus verdugos.

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