5 feb. 2008

desván

A veces alguien se detiene a media calle en media vida y en un parpadeo encuentra un mundo donde antes había otro. Pero sabe que solo él ha cambiado.

Otros descubren súbitamente a los cuarenta que han olvidado su niñez. Y no tener niñez, ¿no equivale a ser una especie de monstruo o de máquina, acaso un ángel inútil?

En la acera de enfrente había una anciana sentada en una mecedora, al borde de la calle.

En el álbum de fotos de mi niñez hay un niño que se parece a mí y tiene el pie derecho, casi entero, metido en la boca.

Algunos se resisten, otros se entregan. En su mecedora, la anciana les sonríe a todos pacientemente.

Dicen que los viejos se acuerdan mejor de su niñez o juventud que de lo vivido ayer. Mi abuelita, poco antes de morir, pasaba sus días creyendo que tenía otra vez quince años y acababa de regresar en tren desde Puntarenas. Estaba ciega y casi no podía hacer nada. Yo le preguntaba con quién había ido y cómo estaba el mar y ella me contaba a diario la misma historia, con la misma emoción e inmediatez. Luego me miraba con sus amorosos ojos acabados y le decía a mi madre, ausente, "ponele algo a ese chiquillo, no ves que está todo chingoleto, se te va resfriar". Sin verme me veía de cinco o seis años, cuando yo vivía con ella casi todo el tiempo porque mis papás trabajaban todo el día. Y entonces yo le pedía que me contara algo más de ese chiquillo, para conocerlo porque no lo conocía. Y ella a veces me entendía y a veces no me entendía. Los otros son a veces el mejor recuerdo de uno mismo.

Tal vez algún día me atreva a terminar de cruzar la calle.

O entienda que no hace falta, tal vez, ni cruzar ni devolverse.

En el álbum de fotos de mi niñez también hay un niño que no se parece a mí y está paralizado en un rincón mientras otros niños masacran con palos de escoba una piñata que parece un gallo; el pobre bicho es rosado y tiene los ojos saltones.

Al otro lado, la anciana no mira a ninguna parte, mira el aire o se deja mirar, se mece, la gente pasa a su lado sin verla, pasan carros y nubes y perros callejeros. Parpadea. Cierro el álbum. Las fotografías son una quimera: muestran un tiempo detenido, es decir, una experiencia inexistente. El paraíso, quizá, solo podría ser eso: una fotografía.

Hay un desván desordenado de palabras viejas que nunca fueron jóvenes ni, por supuesto, niñas; están cubiertas de polvo, dicen que son mías, que algún día finalmente serán mías, pero que yo no podré saberlo.

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2 comentarios:

Alejandra dijo...

Qué texto más profundo y hermoso, me sabe a nostalgia, a melanconlía. Yo tengo una abuelita como la que tuviste, que ahora sólo me pregunta 'cuándo viene'. Quiero, en este momento, una foto con mi amado, con el mar de fondo, día celeste y soleado, donde no pasen carros, ni conocidos, sólo perros y extraños.

pezenseco dijo...

Mi abuelita me esperaba despierta, siempre, aunque llegara en la madrugada... Me encanta la inclusión de los perros en tu foto...