8 dic 2006

la Verdadera



Se encontrarían, como siempre, en la Pulpería La Verdadera. Eran las cuatro y veinte y siempre se veían a las cuatro, no hacía falta confirmarlo, siempre era a las cuatro.

Ella, a pesar de su impaciencia, no entró en el local, como en otras ocasiones. Piquín, el niño que atendía por las tardes, le insistió varias veces: entre, entre, él sabe que si no la ve fuera la busca dentro.

Ella no quiso. Hoy no, Piquín.

Él, desaparecido, incumplido, hastiado quizá, siempre haciéndose el enigmático, mujeriego de mentiras porque solo amenazas; pero.

A las cinco en punto empezó a caminar hacia la plaza, la parada del autobús, su barrio, su casa, su puerta, hacia su cama sin hacer – porque lo recordó justo cuando llegó a la parada: efectivamente su cama había quedado sin hacer. Curioso que hubiera olvidado… Luego, mientras subía la escalerilla del bus, pensó en su gato, Cristo Feroz, bautizado así por el hijo precoz de su vecino, un preadolescente seboso, tan rollizo y malhadado como su padre. Su vecino es pornófilo, ella lo sabe o lo sospecha por esa manía de mirarle las piernas, con enaguas o pantalones, en las mañanas o en las noches, al hablar el gordo siempre le mira las piernas y ella siempre quiere huir rápidamente y lo hace y cuando camina alejándose de él sabe que el gordo la mira mientras se aleja y en eso piensa ahora, maldita sea, dentro del bus atestado, en el gordo seboso y su hijo seboso, será hacer la ruta de pie, ¡ni un lugar!, maldito, haberme plantado otra vez, y otra vez haberle creído.

Ella se odia a sí misma cuando al pensar en su gato Rogelio, amarillento, con greñas grisáceas, y dulce, mimado, recuerda ese apodo grotesco que le encajó el chiquillo adiposo de su vecino: “Cristo Feroz”. Y nunca ha sabido por qué pero prefiere no preguntar: mejor evitar hablar con esos.

Su barrio, su casa. Finalmente abrió la puerta: sintió que regresaba de un viaje lejanísimo y extenso. Respiró polvo, o no, no era polvo, picaba. Se tumbó en la cama sin hacer. Rogelio no estaba.

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