11 feb. 2006

Lo inesperado

Uno sale de paseo con una meta: va hacia tal o cual lugar. Uno anticipa que el camino puede ser interesante, pintoresco, llamativo; pero uno también sabe que puede ser monótono: una noche apagada o impenetrable, por ejemplo. Pues pasa a veces –acaso casi siempre– que se disfrutan más los caminos que las metas. O más exactamente, no el camino mismo sino sus momentos y territorios imprevistos: las verdaderas sorpresas. Supongo que es por esto que para tanta gente haya sido el viaje la más fiel metáfora de la vida. Uno puede planear su vida como un programa, anticipar cada giro, prever cada encuentro, decidir todo de antemano, pero la vida casi siempre se las arregla para romper con todos los programas. (Esta idea o imagen me persigue obsesivamente…) Vivir es un viaje por un laberinto interminable. Pero cada quien debe decidir si se detiene o continúa: si prefiere las metas o los caminos, lo estable o lo inesperado. Claro, también pasa que uno se inclina a lo inesperado y no llega nada… ¡Es que entonces ya lo estaría esperando! Lo inesperado no puede siquiera esperarse, es lógico, ¿pero entonces cómo inclinarse a lo inesperado? Ha de ser un talante, una disposición… Es similar a cuando nos dicen que para poder meditar correctamente, no debemos pensar en nada, ni siquiera en no pensar… Por este tipo de aporías es tan difícil aprender a vivir, a pesar de que no es sino eso lo que más hacemos desde que nacemos…
Creo que lo mismo pasa con la escritura: es un viaje cuyos finales siempre son provisionales, nunca necesarios, y sólo una excusa para seguir, escribiendo, viajando, viviendo. Y a veces la vida sólo llega a ser soportable si la vive uno día a día, sin forzarse a verla de fuera como una novela, una caricatura, una historia… Pero de pronto, precisamente porque no se esperaba nada necesario del día siguiente, lo inesperado aparece como una revelación, un apocalipsis –fin, iluminación, renovación–, y la noche apagada o impenetrable se abre y el camino vuelve a ser esencial y bienvenido, lo único esencial: no sé adónde llegaré pero hoy el día está de mi lado; un respiro más, una palabra más, tal vez otra mirada u otra caricia, una más; o bien sólo una paz muda y súbita, simple, una pausa, un final provisional, otro más. Uno sabe entonces que lo demás, si lo hay, llegará a su tiempo. Es que hasta el universo, aunque tenga sus leyes, desconoce su propio porvenir. Vivir, de otro modo, sería una imposibilidad lógica…

1 comentario:

Ana dijo...

Creo que inclinarse a lo inesperado es exactamente eso que dice, una disposición, es no ver una estructura tan rígida que cualquier evento inesperado puede colapsar la estructura.
A pesar de la disposición puede ser difícil aceptar lo inesperado, pero menos para aquellos que lo aceptan de mejor manera.