28 dic. 2005

tardes quietas

Escapar por una esquina cuando están a punto de alcanzarte, volver a mirar y ver que no vienen, un respiro, pero sentir aún sus pasos y arrastrar su aliento. Oír sus pasos en el fondo de las calles, ver sus ojos entre todas las miradas, percibir el miedo como un animal. Intentar correr más rápidamente y extenuarse, y seguir levantando los pies pesados como historias, y llegar a saber que no hay meta, que todo depende de saber cómo dar los giros, cuándo hacer pausas y cuándo saltar, o dormir u olvidar; y en cuáles esquinas doblar, cómo no repetir las mismas calles, y avanzar –es un decir, claro– por este laberinto sin salida con la lucidez de saber que es un laberinto sin salida, y encontrar a veces de pronto tardes soleadas y quietas y entender que eso era todo: multiplicar las tardes soleadas y quietas.