27 dic. 2005

escribir

Escribir. Simplemente bajar el lápiz al papel, como bajar la guardia.
Escribir es aceptar, de antemano, ser declarado culpable. Pero a la vez es tener la posibilidad, mientras se pueda escribir, de ponerse de nuevo en guardia, acaso con una nueva postura.
No se puede escribir y, al mismo tiempo, renunciar a la inteligencia; aunque ciertamente muchos lo intentan: por ejemplo quienes creen que dicen más cuando dicen las cosas sin pensarlas demasiado. Creen que si la gente “pensara” menos y “sintiera” más, el mundo se perfeccionaría. Obviamente, darse cuenta de lo trillado y anticuado de una simplona oposición como esa es algo que no pueden hacer…
Por ejemplo, siempre ha habido personas que se han opuesto a la filosofía argumentando que es inútil, o que no es científica o que es ajena a la vida. Lo que no ven es que incluso cuando lo que quieren es no filosofar, hacen filosofía (se filosofa cuando se argumenta en contra de la filosofía), pero entonces el resultado es una mala filosofía, o ingenua o trillada. Dicho de otro modo, oponerse a la filosofía sin haber pasado por la filosofía sólo puede conducir a una retahíla de lugares comunes filosóficos, y a estos la filosofía se los quita de encima como moscas… Hay pues que pensar para oponerse inteligentemente al pensamiento, y acaso no haya salida de este círculo.
En consecuencia, escribir con la intención de no pensar, creyendo que así se reflejará mejor la vida diaria, sólo puede llevar al lugar común o a la frivolidad. El secreto, supongo, radicaría en aprender a disimular lo pensado. Habría que escribir sólo textos bellos o inteligentes –o ambas cosas–, y pesados y complejos como la vida, pero de una apariencia tan ligera que supieran flotar frente a los ojos lectores como plumas o alientos policromos…
[ilustr.: Goya, La maja desnuda]

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