De pronto tuve el impulso algo maniaco de hacer un post, decir algo de puro arrebato, sin pensarlo demasiado… Ha de ser el cansancio de mucho trabajar, trabajar y trabajar. Y no viene al caso decir en qué porque da igual: cualquiera de esos trabajos que todos hacemos para “ganarnos la vida”, como se dice tan mal: ¿ganarnos la vida? ¿Pero no está uno perdiéndola a cuenta gotas con tanto agotarse trabajando? Digo, no se me malentienda, yo puedo felizmente pasar veinte horas de maratón “trabajando”, pero en esos otros trabajos placenteros que hacemos sin ganarnos nada quienes, por ejemplo, escribimos porque sí y quisiéramos escribir más y más (vale lo mismo, obviamente, para cantar o componer o pintar o…).
Quizá en estos otros “trabajos” sí se gane uno la vida o algo de vida, o se gana que tenga sentido, o que parezca atractiva, etc.; porque en el otro caso, el de los otros trabajos corrientes, pues bueno, ahí no se gana uno la vida, sólo se gana dinero, que es evidentemente algo muy distinto de ganarse (la) vida.
En fin, creo que esto sólo vino al caso porque, cansado como estoy, sólo pensé como de pasada que eso de “ganarse la vida” es un dicho terrible porque confunde de algún modo ganar dinero con ganar vida… Se da también el caso en el que llega uno a ganar dinero y perder vida, o ganar dinero para poder vivir (ese, claro, es el sentido de dicho dicho, no soy tan bestia como para no entenderlo) pero entonces está uno tan cansado que no sabe qué hacer ni con el dinero que se ganó ni con la vida que le permite ganar el poquillo de dinero de sobrevivencia… Y bueno, tampoco se trata de ser amargado, claro, porque no hay otra opción que ganarse (ese dinero que le permite a uno seguir en) la vida para entonces poder de hecho seguir en la vida ahora sí ganando vida, etcétera...
Y bueno, en fin otra vez, quejas de trasnochado, supongo, ganas inerciales de escribir algo a pesar de tener un sueño osuno como ninguno... Ya veré qué pienso mañana en la mañana.
(Lo bueno -y malo a la vez, inseparablemente- es que los humanos somos tan veleidosos que podemos pensar de un día a otro cosas contrarias o al menos radicalmente diferentes...)
24 mar 2006
¿ganarse la vida?
16 mar 2006
libros / blogs
Es increíble la cantidad de tonterías que llega uno a escribir. Yo, al menos, he pasado ya casi quince años echando todo tipo de efluvios al papel, y ayer, revisando esos “archivos” viejos y otros no tan viejos, me di cuenta justamente de eso: la cantidad de tonterías que llega uno a escribir. Supongo que todos los que escriben por una u otra razón, van cargando o acumulando el mismo volumen de anotaciones, proyectos, cuadernos, borradores, libelos espontáneos o mamotretos interminables. La mayoría de autores, dichosamente, eligen bien lo que publican y no ventean toda esa cadena interminable de bosquejos que constituyen el oficio de escribir. (Lástima que no se pueda decir lo mismo de algunas editoriales.)
Por mi parte, yo he sido bastante cobarde y todavía no me atreví a intentar hacer público ninguno de mis “textos tamaño libro”. Les llamo así porque no sé qué son: si diarios, novelas, epistolarios, experimentos anacrónicos o trillados, o simplemente –esta es mi opción preferida– catálogos de textos. Es que no entiendo por qué, para que un libro sea considerado libro, debe estar clarísimo e irrefutable qué es: si antología de cuentos, novela, diario, poesía, ensayo, etc. Esta obsesión metafísica de las editoriales y del mundo literario me cae particularmente mal, es como una camisa de fuerza tácita que indica cómo y por qué escribir. Actualmente están tan bien identificados los géneros que no parece haber demasiada demanda por simples “textos”. Imagínense, por ejemplo, un libro –uno real, físico, con tapa y papel y olor a libro– que fuera como un blog, pero hecho libro. ¿Es que a las editoriales les interesa publicar algo como eso? Me parece que no, y esa ha de ser también una de las razones del gusto masivo por los blogs: llenan un espacio intocado y cumplen una función inexistente en el mundo editorial. Un blog deja que la escritura sea más íntima y espontánea, no tiene el peso terrible de la intermediación editorial y publicitaria, no conoce de modas o categorías (literatura española, novela histórica, etc.), y encima permite que todos los autores/lectores sean lectores/autores a la vez y se dejen comentarios y conversen aunque nunca se hayan visto la cara; y encima, que entre todos y poco a poco, sólo por referencias y links, etc., decidan a quiénes les gusta leer y a quiénes no. Por supuesto, los más elitistas dirán que allí la desventaja es que todo "vale lo mismo", y que al menos los procesos editoriales de selección garantizan que sólo se publiquen los mejores textos. Obviamente eso está muy lejos de ser verdad, si juzga uno por las cosas que se publican hoy en día: novelas-guión, novelas tipo Hollywood (sólo acción), etc.… Pero el problema de la calidad o falta de ella parece ser cada día más difícil de resolver por las grandes editoriales, que parecen obligadas a elegir entre calidad o ventas masivas y casi siempre eligen lo último. E incluso en autores más atrevidos e innovadores, tal vez Houellebecq, Bolaño o Vila-Matas, por decir algunos nombres, el "género", a pesar de todo, sigue estando muy presente: es que los libros deben ser identificables, será para que las librerías sepan en qué estante ponerlos.
Pero no era mi intención hoy ser cínico ni extremista. Evidentemente todavía hay muy buenos textos por aquí y por allá, en el mundo de papel y en la blogosfera. Lo que simplemente pensaba era que no veo por qué debieran ser excluyentes el estilo/papel y el estilo/blogosfera. A mí al menos siempre me han encantando los libros que son más diarios que novelas, o sólo libros de apuntes o reflexiones, qué sé yo, el Libro del desasosiego de Pessoa, por ejemplo, o los amargos y lúcidos textos de Cioran, que bien podrían haber sido el blog más exitoso de la historia si a él le hubiera correspondido vivir en la época de la web…
En fin, ¿qué pasa si uno sólo quiere escribir, sin estar circunscrito previamente –antes de sentarse de hecho a escribir– a un modelo genérico? Sí, ya sé que estoy simplificando las cosas, que el asunto del género es más complejo (quizá tanto, en literatura, como en asuntos de género sexual); pero por mor de la argumentación, se podrá conceder tal vez que hay hoy una especie de abulia contra el género, es decir, contra la diversidad de género, una pereza de no atreverse a cruzar los evangelios editoriales y deshacer la dureza del género. Es ingenuo e imposible, eso lo entiendo, escribir de manera virginal, como si pudiera uno inaugurar algún estilo o patrón, etc… Pero es que no se trata de eso. Se trataría de zafarse en la escritura de la rigidez de la identificación genérica, así como muchas personas con justo derecho bregan para que se les reconozca su identidad (o no identidad) sexual cuando no quieren ser reducidas a la simple y aburrida oposición hombre-mujer. De todos modos, si uno revisa bien los textos, se da cuenta que ya de por sí, por más esfuerzos editoriales o “críticos”, los textos en general participan de diversos géneros. Es decir, no podría uno identificar de manera esencialista una novela pura, o una poesía pura o un ensayo puro. Siempre hay juego entre conceptos y metáforas, por ejemplo, y ya sólo eso embarra la anhelada limpidez. Por eso, parafraseando a Jacques Derrida, creo que los mejores textos son aquellos que no pertenecen a un solo género, pero participan de varios. La diversidad y la mezcla siempre parece estar del lado de la creatividad, de la belleza, de la vida y del pensamiento.
Y bueno, ya ven, entre todas las tonterías que me he dado a escribir, pues también hoy he escrito esta, que no sé ya ni puedo saber definitivamente, si será o no tontería, si será o no sólo capricho mío, o si arrastra todo esto algún dejo de objetividad. Aunque la objetividad en sentido humano sólo puede ser alguna variedad de intersubjetividad, así que lo menos que puede uno esperar si escribe y hace públicos sus devaneos textuales, es que algún otro (u otros, mejor, siendo ambicioso) metan mano o voz o palabra en lo que uno ha escrito para que así entre varios vayamos haciendo real, al menos, esto que escribimos porque se nos antoja. Uno puede hablar o escribir solo durante años, y está bien, pero nunca será lo mismo que hablar o escribir con otros, así como no es lo mismo quererse a sí mismo que quererse con otros…
Yo, personalmente, creo que la escritura más importante para el futuro, será una escritura personal, que no es lo mismo que autobiográfica, una que pueda de algún modo distanciarnos de la creciente abstracción en que el mundo “real” se ha convertido y nos convierte todos los días. Supongo que también ha de ser por esto el gusto actual por los blogs: uno los lee y siente que del otro de la pantalla hay personas y no sólo personajes. Dicho en otras palabras: una escritura que no tema decir "yo", pues ¿por qué temer si ya hemos superado las reliquias románticas o religiosas del Autor y del Alma? La escritura del futuro debe aprender a decir yo impersonalmente. O bien, jugando, debiéramos aprender a hacerlo para que tenga futuro la escritura...
En fin, que no habría que elegir entre estilo/libro o estulo/blog, sino, ojalá, encontrar un día la manera de mezclar sus bondades sin que pierdan cada uno su singularidad: en general me parece más sensato no pertenecer a ninguna identidad y en cambio participar de varias; y lo mismo valdría con los estilos, con los libros, con los géneros, con los países…
Y bueno, eso, callo, ansioso, y espero.
(P.D. Este mismo texto ejemplifica un poco lo que digo, pues mi primera intención cuando empecé a escribirlo, fue usarlo para mi columna en La Nación, pero luego vi que era imposible porque su extensión es de más del doble del espacio (invariable, rígido) disponible en el diario; así que decidí colgarlo aquí en el blog, que amablemente recibe todo lo que le ponga.)
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pezenseco
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9:32 a. m.
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Catálogo: blogs, Cioran, internet, literatura, novela, texto
13 mar 2006
metafísica de la serpiente

Hablo; puedo decir, por ejemplo, “serpiente”, o “leona”; puedo decir “azucena”, o “hiedra”. Puedo decir “cualquier cosa”, o casi cualquier cosa.
Una serpiente, en cambio, no puede decir “humano”, ni siquiera puede decir “serpiente”. Tampoco pueden la leona, la azucena o la hiedra decir nada. Son simplemente.
¿Pero lo son, simplemente? Acaso sólo son porque nosotros las decimos. Qué serían sin que nosotros las dijéramos es algo que no podemos siquiera imaginar: para ello no hay ni puede habar jamás palabras. Y simplemente porque los seres humanos sólo tenemos palabras para describir un mundo donde ya hay seres humanos con palabras.
La serpiente, por ejemplo, puede temernos, y huir de nosotros y sentir que somos la peor de las amenazas. Puede, en consecuencia, mordernos y envenenarnos e incluso matarnos. Y así, con su poder sobre la vida, podría hacernos desear volver a ser como ella: cazadores, depredadores inocentes, animales: los únicos depredadores inocentes.
Pero no es posible. Simplemente porque nosotros, al pensar eso mientras miramos la serpiente, y al desearlo, ya tenemos palabras para decirlo, inevitablemente, y ya sólo por eso estamos para siempre condenados a no poder volver a ser como la serpiente, o la leona, mucho menos como la azucena o la hiedra... El lenguaje, simplemente, es nuestro exilio; que no tiene, claro, nada de simple, siendo a la vez sublime e inútil, revelador y torpe, nuestra excelencia y –según Heidegger– al mismo tiempo nuestra miseria...
Porque la serpiente no tiene lenguaje pero tiene su inocencia. Nosotros tenemos lenguaje y lo que, en realidad, tememos de la serpiente, es precisamente su inocencia, su cruel y gallarda manera de paseárnosla por la cara. Más gallarda que cualquier revelación que pudieran acarrear nuestras palabras.
¿Qué palabras podríamos nosotros crear para vencer a la serpiente, y dominarla, y robarle su idílica condición?
Ninguna: es esa justamente nuestra imposibilidad esencial. Podemos apresarla, comerla, torturarla, subyugarla, extraerle su veneno, encerrarla, pisotearla, extinguirla, o calcular hasta el último movimiento de sus ínfimas estructuras moleculares; pero ninguna palabra ni ninguna otra herramienta humana podrá jamás decir lo que palmariamente no dice la serpiente siendo serpiente –ni saberlo, claro está; es decir, ni siquiera experimentarlo–.
La conclusión, obvia para cualquier ecologista, sería que no debiéramos ni subyugarla ni encerrarla ni asesinarla –ni a ella ni a ninguna otra criatura viva–, sino admirarla y cuidarla como eso que nos dio vida y que ya nunca más podremos nosotros volver a ser. Y entonces lapidariamente habría que callar.
8 mar 2006
Uno (¿visión...?)
***
Abre uno de golpe la puerta de casa y el mundo ruge convertido en escándalo. Uno creía, desde hacía años, cuando se recluyó para ignorar precisamente el mundanal ruido, que el mundo no podría cambiar en lo fundamental, es decir, en sus violencias cotidianas, en su frenesí de consumo, en su ahogamiento poblacional. Y bueno, uno sí pensaba, la verdad, que podría empeorar, justo por eso uno se recluyó en casa con las cortinas cerradas y un patio lleno de perros, sin gente casi, algún amante, un primo lejano que visitó sin avisar, maldito sea.
¿A quién se le ocurre abrir así la puerta, tan valientemente, como si uno fuera aquel de hace treinta años, lozano, incluso altivo y confiado de sí?
***
Uno tuvo abuelos en el siglo XIX, qué barbaridad. Y ahora uno no tiene ni nietos para el XXI, ni falta que hace. Pero afuera en la calle los jóvenes parecen otra vez animados, deseantes, soñadores. Uno imagina que finalmente han aprendido a convivir con la absurdidad, porque no parecen haberla vencido. Uno recuerda que también soñó utopías en su tiempo y que hubo tanques y generales o simples ladrones que arruinaban a diario no la utopía, claro, sino el sueño, o la simple gana o la esperanza. Y uno recuerda a regañadientes que también se cansó, y huyó o lo huyeron, y se olvidó de sueños y de ganas y hasta de la anciana idea de justicia. Uno vivió bastante bien, es cierto, y hasta se hizo gordo y volvió alguna vez a sonreír, aunque un poco tontamente dentro de la amargura o el desinterés.
***
Ahora uno no tiene idea de qué hacer, después de haberse atrevido a volver a abrir la puerta y oír el furor de la calle. Uno está viejo, es innegable. Pero uno cree que estar viejo no es todavía lo mismo que estar muerto. Entonces uno empieza por caminar, no importa el miedo, ni el bullicio ni la incomprensión, uno sabe que allá, adonde va la mayoría, algo está pasando. Y uno curiosamente vuelve a sentir curiosidad, como cuando uno era joven y no era sólo uno sino uno con otros, con muchos, y a todos nos gustaba caminar y gritar y cantar.
***
Luego el escándalo ya no duele y es más bien melodía, o vaivén, y otra vez el cuerpo, rollizo y cansado, reaprende a bailar y a soñar mirando hacia afuera. La gente clama y reclama, avanza, la muchedumbre es una corriente o una vorágine ágil como el viento y se cuela entre pasillos ocultos y rendijas, silba, truena, ya todo es ruido de fiesta anticipada y las manos resbalan de otras manos y el mundo abierto y complejo es una razón pujante.
***
Uno no sabe qué ha pasado. Uno no sabe dónde está. Uno ya no es uno. Y sólo entonces es feliz.
23 feb 2006
jazz voy a trabajar

Ayer, mientras trabajaba, estuve toda la tarde escuchando a Nina Simone y a Dinah Washington. Pasé varias horas en estado de arrebatamiento y hoy me levanté aún preguntándome de dónde sacan esas mujeres tanto desgarramiento, tanto afecto. ¿Cómo es que la vida, en ellas, se hace así de expresiva, rítmica? ¿O cómo es que tanto aparente dolor puede, sin embargo, invitarnos a querer seguir vivos, más bien vivos ante la soledad o el desamor?
En voces como esas, la música tiene el raro don de hacer sonar incluso al dolor como celebración. Nos deja vivir aceptando las trastiendas y sótanos de la cotidianidad como necesidad, o precio, o simple enseñanza... Es que no tendría sentido vivir sin tener que aprender a vivir, como un robot que naciera ya con todo programado. Algo tiene que doler a veces, es así de simple, no somos ángeles, y creer que sí lo somos (fingir que no pasa nada, que siempre todo está bien, que es “pecado” o “debilidad” entristecerse a veces o simplemente decretar días blues porque sí) no sólo implicaría, creo, hacernos cada día más cobardes, sino también hacernos incapaces de hacer música como esa, por ejemplo, o incluso de escucharla y disfrutarla arrobados o enajenados o sencillamente satisfechos.
La música, decía Henry Miller, es el arte que mejor conduce al silencio. Quizá más que la escritura. ¿Será por esto que siempre me ha parecido que el escritor promedio tiene envidia del músico, e incluso que debe tenerla? Sí, ya sé que son talentos distintos y cada uno tiene su arte, etc., y que en ambos interviene de especial manera el silencio (sin silencio sería imposible hasta el lenguaje, cualquier lenguaje: sin pausas de silencio todo sería un ruido ininteligible, sin espacio en blanco entre palabras o letras nada haría que se distinguieran unas palabras de otras: los significados serían imposibles…); pero es que a veces cierta música tiene sencillamente una virtud que no tiene ninguna escritura: le da ritmo al cuerpo, lo acompasa de modo que uno, cuasimilagrosamente, hasta es capaz de trabajar en cosas aburridísimas sintiéndose lozano o alegre, o al menos sereno, y ya eso es bastante.Ahora empiezo otro día de trabajo. Voy a probar con Billie Holiday.

17 feb 2006
plagiarse a uno mismo
Hace un rato dejé de trabajar y, sin razón aparente, me puse a hurgar en una vieja caja y encontré unos papeles sueltos de los que no tenía la más mínima memoria. Generalmente desecho los remedos de poesía que a veces me atrevo a improvisar –nunca se me ha dado bien la poesía, desgraciadamente–, pero estos papeles estaban ahí abandonados y sin dueño en una vieja caja de cosas, de todo ese tipo de cosas que al menos yo voy poniendo en una caja cualquiera cuando no sé dónde más ponerlas (lapiceros sin tinta, mapas, encendedores de cuando fumaba, etc.).
Los papeles no tenían dueño porque, a pesar de que están escritos con mi letra (e incluso uno tiene fecha: julio 2000), yo ni los recuerdo ni los reconozco. Curioso, pues, que algo que uno escribió, de pronto (o no de pronto sino más bien después de un tiempo) pueda ser de un extraño. Porque si alguien me hubiera leído eso que está ahí escrito de mi puño y letra y me hubiera dicho que lo escribió fulano de tal, yo le hubiera creído, y como no me parece nada especialmente sugerente, seguramente lo habría olvidado de nuevo (¿por eso lo habré olvidado la primera vez?)
Otra posibilidad: podría yo plagiarme a mí mismo, pues si usara esos apuntes olvidados y dijera que son “míos”, ¿lo serían en realidad si yo no recuerdo haberlos escrito, si los escribió alguien que ya no es el que soy, hoy, aquí? ¿O quizá los copié de alguna parte y en realidad no son míos?
Estas cosas son aporéticas y dan un poco de dolor de cabeza... En todo caso, no sabía qué hacer con los benditos papeles, estaba entre botarlos o guardarlos con mis otros papeles, los que si están ordenados y que sí reconozco como míos, mis cuadernos o diarios, mis infinibles borradores. Pues decidí hace dos minutos no hacer ni una cosa ni otra, sino esta: copiar aquí esto que es mío y no es mío a la vez para que así, tal vez, sea de verdad de nadie o de todos, que ya nunca lo sabré.
(De todos modos es común, creo, que la gente escriba cosas para deshacerse de ellas.)
(papelito 1)
Extiendo las manos y lo único intocable son tus ojos.
Las cierro. Tu mirada es un golpe.
(papelito 2; creo que hace juego con el 1 porque es el mismo tipo de papel, arrancado sin duda de una libreta de resortes, muy pequeña, de renglones anchos…)
Sabré que he muerto cuando tus ojos me lo digan.
O:
Sólo tus ojos dirán que he muerto, y tendrán razón y no podré saberlo.
(papelito 3, con fecha: julio 2000; es una hoja corriente de cuaderno)
Hay una silla vacía y nadie se sienta en ella. Me detengo y miro la silla vacía. Es mía, sé que es mía. Y me siento como si fuera quien soy.
¡Pero dónde está la silla!
Bueno, ya está. Y otra vez no sé qué hacer con los papelitos. Tampoco sé qué hacer con mi memoria, que cada día es peor y me abandona a mí mismo de mí. Tendré que seguir sin saber dónde está la silla.
15 feb 2006
clima cuenta votos

Hoy vi a un amigo que no veía desde hace meses. Tenía una gripe medieval, casi de una semana de duración, y así me explicó por qué andaba con bufanda de pura lana en San José en febrero, cuando se supone que es verano.
Quisiera mucho que alguien me explicara qué diablos ha pasado con los veranos en CR, por qué cada año duran menos, por qué los días soleados a reventar de azul son ahora tan escasísimos que parecen premios de lotería. Por ejemplo, hace dos noches llovió toda la noche en San Pablo de Heredia, con vientos colosales y fríos también colosales.
Ya no se entiende ni el clima, es como si también al clima se le hubiera antojado hacerse posmoderno o algo así… ¿Será que el trópico se está corriendo, aburrido de estar siempre en el centro…? ¿O que el sur quiere tanto llegar al norte que está empujando o pujando y eso trastorna hasta las nubes?
Algo de eso en principio no estaría mal, pero lo que no es aceptable es por qué nadie avisa, para poder sacar bufandas o vacunas contra la gripe cuando no corresponde. O al menos que avisen que ya nada va a corresponder con nada, para que uno esté preparado a vivir sin prepararse para absolutamente nada: en la más abigarrada improvisación o el más irracional capricho. Digo, para muchas cosas está bien la improvisación y la aventura, eso es obvio, pero el abuso o el extremo casi siempre termina fregado, o fregándonos, como cuando uno se asoma por la ventana una mañana y parece que hará calor de sauna y tres horas después hace frío ártico, con lo cual queda uno ridículamente vestido con su t-shirt sin mangas y en chancletas.
¿Será que también el clima está padeciendo o identificándose con el conteo de votos?
13 feb 2006
de un gustazo a un trancazo
“Después de un gustazo un trancazo.” Mi abuela era un refranero ambulante. Y ese era uno de sus preferidos. Lo decía, sí, con cierto moralismo, como si, entonces, fuera mejor no darse tantos gustazos, o sólo gustos, sin superlativo, para que después el regreso a la “normalidad” o la cotidianidad –el trabajo, las obligaciones, despertarse temprano, no poder decir que no, etc.– no fuera tan brusco o doloroso. Bueno, también lo decía como todo el mundo, cuando uno, por ejemplo, se resfriaba porque se quedó hasta tarde en la noche en mangas de camisa o más liviano, por estar disfrutando de alguna actividad "pecaminosa" o excesiva…
En todo caso, recuerdo hoy a mi abuela y su refrán porque, en efecto, hoy para mí ha sido un trancazo tener que volver de golpe a las obligaciones, los deberes, y dejar de pasear y pensar aislándome de todo y escribiendo mentalmente en ese otro vasto desierto en que se convierte la cabeza frente a paisajes tan inhumanos, tan vacíos de miradas y juicios y costumbres y miedos… ¿Por qué no podemos, simplemente, dedicarnos a lo que más nos apasiona? Quizá sea una pregunta a la vez infantil, justa e idiota. No sé. ¿O por qué cuesta tanto, por qué tiene que ser tan difícil? ¿Quién ha organizado todo para que parezca que uno sólo debe querer ser médico o ingeniero, abogado o administrador?...
Algunos días me siento particularmente vencido. Tener que gastarse en cuatro o cinco trabajos sólo para poder comer y cuando uno sólo quisiera, por ejemplo, escribir…
Perdón, será que hoy me levanté con un hilo de amargura, anticipando el trancazo, tanto trancazo repetido...
Las abuelas sí sabían usar los refranes, y sólo por eso eran ciertos.

