30 nov 2006

indiscreción


Al pasar la hoja, se puso en guardia. Intuyó que debía prepararse, todo indicaba que venía una polémica, una ínfula psiquiátrica, quizá una indagación en las raíces de su cobardía.

Es que los libros, a veces, saben más de uno que uno mismo, como si se escribieran para eso, no para que se conozca mejor quien los escribe sino quienes los leen. El autor se desconoce escribiendo, el lector se conoce leyendo. Los escritores son unos entrometidos, lo desnudan a uno, son sádicos y lo disfrutan… Al final, claro, todo sigue siendo el mismo circo de máscaras, lo único que cambia son las que lleva cada uno.

En efecto, la página siguiente fue una indiscreción.

29 nov 2006

encuesta sobre tlc

La Escuela de Estadística de la UCR publicó los resultados de su más reciente encuesta sobre el TLC, vale la pena ver los datos, aquí (pdf).

24 nov 2006

Costa Rica Miami bis

Hace unos días escribí aquí mismo un texto motivado por el TLC.

Mi amigo George G. ha hecho hoy una
concienzuda crítica en los comentarios a ese post.

Hace un rato, estaba contestándole a mi vez su comentario cuando caí en cuenta de que era tan extensa mi respuesta que mejor sería postearla por aparte.

Lo que sigue, pues, es una conversación en curso con George G.



Excelente réplica, querido George. Tras leer tu comentario, te daría razón en algunas cosas, en otras no. Voy en orden:

¿Cómo sabés vos (o cualquiera), con tanta certeza, qué quiere o sueña o prefiere la "generalidad" de la población del país? ¿Es que el 75% de los votantes que no votaron por OA se oponen al TLC y al capitalismo y al mercado y al consumismo, etc.? ¿Cómo saberlo con tal certidumbre matemática?

Creo que tenés razón en que si unos y otros reducen las cosas a llamarse igualmente "imbéciles e inmorales" eso no implica que ninguno de los dos efectivamente tenga razón. Probablemente alguno la tendrá. El punto era que "discutir" en esos términos, en ese estilo, cargado de prejuicios y ataques personales, etc., para lo único que sirve es más bien para velar la posibilidad de tener y mostrar la razón (o hacer imposible la discusión racional).

No sé qué quiere decir (te cito): "La diferencia NUNCA puede existir en términos del mercado capitalista (¿debo respetar la diferencia de quién me garrotea? NO!)"

¿Implica eso que decís que TODOS los que apoyan el "mercado capitalista" te garrotean, a vos o a mí o a los empobrecidos en general, y que, además, lo hacen con la intención malévola de garrotear, etc? Es decir, según tu frase, ¿debería yo pensar que, por ejemplo, los familiares y amigos míos que apoyan "el mercado capitalista" y creen que es un buen sistema, etc., son viles garroteadores y encima TONTOS simplemente porque trabajan para Intel o Hewlett Packard y quieren comprarse una mejor casa, etc.? ¿Son viles simplemente por eso, andan con un garrote oculto, odian a todo el mundo, le pegan a la mujer, asesinan niños, son MALOS por definición y enteramente?

Por otro lado, habría que ver que se entiende por "diferencia". Al menos en una sociedad como esta la gente no tiene un PROGRAMA previo sobre lo que debe ser y hacer, o sobre qué debe querer y cuáles deben ser sus "sueños". Uno puede elegir ser profesor o ingeniero o bailarín o cuidador de perros; y puede elegir si le gusta ver las series de TV gringas sobre forenses o si prefiere ver nada más canal 13. Y aunque falta ganar batallas civiles al respecto, incluso puede la gente ser gay o no serlo, por ejemplo. Además, hasta donde sé aún no lo matan a uno ni lo meten preso por escribir o decir lo que le venga en gana. (Hasta hace poco ninguna de las cosas anteriores se podían hacer tranquilamente, por ejemplo, en Cuba.) El caso de Parmenio, por ejemplo, no es el de un muerto por represión política, sino por intereses económicos de ciertas personas específicas.

En fin, yo prefiero la posibilidad de vivir en un país donde se pueda ser cada día más diferente (es decir, más parecido a lo que uno quiere ser), y no uno donde se decida -previamente a cualquiera de mis decisiones posibles- qué debo hacer, quién debo ser, en qué debo creer. Y lo ÚNICO que digo aquí es que ese mercado que tanto despreciás sí permite el surgimiento de ese tipo de diferencias (de gusto, de estilo, de placeres personales, de si soy gay o heterosexual o me gusta ponerme aretes en los pezones o me gusta vestir de traje entero o prefiero andar en chancletas o tener el pelo largo o corto, o si quiero trabajar como bestia para ganar o prefiero un trabajo sereno con menos ingresos, o si me caso con una china o india o nica o gringa o X o Y o Z etc etc etc.)

Por supuesto, está el tema de la diferencia económica, donde, claro, ahí sí, unos disfrutan garroteando a otros. Pero esto muy complicado: ¿Qué habría que hacer, eliminar por la fuerza la diferencia económica? Sí, ya sé, se me dirá al instante que esa diferencia se ha impuesto y creado por la fuerza, y que entonces sí habría que derrocarla por la fuerza. Pero ¿cuál fuerza podría hacerlo? Y digo esto tan escépticamente simplemente por en esto no confío en los seres humanos: creo que algunos seres humanos siempre van a tener la curiosidad y el deseo de tener más que otros y de hacer las cosas de otro modo de como alguien/algo dice que hay que hacerlas, aun si es la mayoría. Y creo que evadirnos de esto y hacer como si, de pronto, por decreto de un gobierno justo (¿el que habría eliminado por la fuerza la diferencia económica?) todos nos haríamos milagrosamente justos y buenos y no intentaríamos ya nunca más explotar a otro o simplemente tener o crear algo más o algo diferente, etc., no es más que una ingenuidad. ¿Por qué la gente no se hace toda cristiana, en sentido real, y vive como Cristo voluntariamente, o budista, o por qué voluntariamente una inmensa mayoría de gente no viviría como Gandhi, a pesar de admirarlo sinceramente?

Es decir, no se puede partir de la idea de que el “mal” hay que eliminarlo por la fuerza porque entonces después, naturalmente, vendría el “bien”. Lo cual no quiere decir que no haya que hacer nada. Solo que no se puede asumir que al eliminar por la fuerza algunos malos ya no va a surgir al instante otros malos o peores.

Por ejemplo, ¿después de cuántas “revoluciones” reales no se han creado y muy rápidamente nuevos “ricos revolucionarios” que toman las riendas de otro Estado “nuevo” pero en eso muy parecido al anterior?

Más preguntas (y si hago estas preguntas es porque yo NO tengo las respuestas): ¿La justicia sería que todos tengamos lo mismo por “decreto”? ¿Que no hubiera diferencias económicas por decreto? Que, por ejemplo, aunque una persona X quisiera (porque le gusta, porque lo disfruta, etc.) trabajar mucho más que una persona Y, ¿las dos tuvieran que tener el mismo poquito? ¿No sería más justo intentar pensar otra manera de resolver este asunto de las diferencias sin que la “respuesta” implique tener que sacrificar alguna de ellas? A mí, por ejemplo, es por este tipo de cosas que me suenan mucho más sensatas ideas de micropolítica o microrrevolución, de luchas puntuales que logran cambios concretos y contextuales, pragmáticos y ojalá institucionales, que diatribas mesiánicas o posiciones “totales” que creen tener todo el terreno claro y todas las respuestas ya conseguidas. Yo no creo, por eso, en cambios teledirigidos de arriba abajo, centralizados; creo que las cosas podrían mejorar más eficazmente si las mejoras fueran el resultado de cambios mínimos y cotidianos pero muy bien distribuidos (esto tiene que ver con teorías de “complejidad” y “emergencia” sobre las que no viene al caso extenderse ahora…), y en buena parte eso implica si son resultado de cambios personales (no de los Estados como grandes “todos” torpes para ver a las personas en su “concretitud” o especificidad, y no solo como estadísticas).

En fin, yo, por lo menos, creo tener derecho a (si así me da la gana) trabajar catorce horas al día si haciéndolo puedo comprar una casa cómoda y agradable para mí y mi familia. ¡Pero creo que también tengo derecho de no hacerlo y echarme en la cama todo el día! Con la diferencia de que si me echo en la cama todo el día no veo por qué nadie (ni el Estado) deba regalarme una casa. Y esto, por ejemplo, sí creo que sea una diferencia de ideas y no de imposición. Esta es mi idea, mi estilo, mi personalidad: yo creo (no porque me lo impongan así Oscar Arias o las Cámaras de Industrias o los gringos etc.), que uno debe ser y tener y contar con lo que merece, es decir, que en la vida uno tiene que ganarse la vida que quiere merecer.

Ciertamente es una mierda que, por como son las cosas ahora, sí hay estructuralmente causas de sobra que les imponen condiciones terribles de pobreza a mucha gente, por pésima educación, por pésimo uso de recursos públicos, por bandas de corruptos, etc. Es decir, que mucha gente que merecería mejores oportunidades ciertamente no las consigue. Pero no creo que de esa injustia se siga que yo, por ejemplo, deba perder mi derecho a querer más y a decidir cuánto y por qué trabajar, e incluso, si tuviera algún talento para eso, a hacer negocios e importar o exportar si eso me trajera mayores beneficios. Lo ideal, creo, sería encontrar la manera de no eliminar este derecho al tiempo que se mejoran sustancialmente las condiciones para que otros más puedan compartir también el mismo derecho, tras haber tenido las mismas condiciones y ventajas en cuanto a educación, salud, etc...

Entre muchos otros factores, para que eso fuera real el mercado tendría que ser efectivamente libre y justo, y no ese remedo de "libertad" que incluyen los tratados como ese que nos tiene aquí debatiendo. Por eso decía en mi texto que uno puede (sin tener que ser condenado como imbécil e inmoral por ello) no creer en las supuestas ventajas de ESTE tratado, y sin embargo no suscribir toda esa escatología contramercado, contracapitalista, etc., ni ese lenguaje conspirador, insultante, inquisidor, iluminado, moralista, apocalíptico...

Algo más, George: si fue una minoría RIDÍCULA la que eligió a OA, ¿dónde estaba y qué hacía la MAYORÍA NO RIDÍCULA? Si son tantos y tan inteligentes, ¿por qué no votaron todos masivamente en contra? Además, ¡ahora resulta que no solo OA es malévolo y satánico, sino también lo son los 600000 TICOS que votaron por él! ¡Pobres 600000, o les lavaron el coco o son imbéciles de nacimiento! ¿Por qué tanta falta de respeto? Yo conozco gente que votó por OA y que es gente muy inteligente (esto no es una contradicción), gente que respeto y que me consta que es además gente decente. Es por este tipo de cosas que creo que debiéramos evitar ese lenguaje generalizador...

Luego, varias veces me atacás veladamente como “relativista” (un derrideano huele esos tufillos desde muy lejos), como si todo me diera lo mismo o yo estuviera diciendo que “todo vale lo mismo”. ¡Por favor, si estoy diciendo justamente lo contrario! Si todo valiera para mí lo mismo, pues lo mismo me daría vivir en Venezuela, Cuba, España, Costa Rica, Nigeria, Haití, Irlanda o Japón. Y evidentemente tengo clarísimo en qué tipo de sociedad y lugar preferiría vivir. Por algo defiendo algunas cosas y no otras… O me daría lo mismo, por ejemplo, si se arreglaran o no las calles, o si se lograra o no sacar cada día a más corruptos de las instituciones públicas, o si hubiera o no que pagar impuestos, etc…

Tampoco creo que “Cualquier decisión política vale lo mismo”. No podría soportarme a mí mismo si fuera tan estúpido. Y tampoco me gustaría que mis amigos me creyeran tan estúpido. Es que si creyera eso, me daría lo mismo, por ejemplo, que gobernara el país un caudillo fascistoide o un caudillo populista, o me daría lo mismo tener derecho a una casa de mi propiedad y diseño o solo tener derecho a vivir en un cuarto despoblado que el Estado eligiera por mí... Evidentemente eso no me da lo mismo ni creo que valga lo mismo…

Creo, por lo demás, no estar atacando “a quienes RESISTEN por el simple hecho de resistir”. Creo que mi “ataque”, si es que lo había, era contra una retórica y un estilo que me parecen enfermizos y que se repite por todo el espectro de posiciones pro y contra: la reducción de la tan deseada “razón” a un conato constante de pleito: cada vez que alguien dice que va a dar un “argumento”, no puede evitar usar algún lenguaje insultante, cargado de prejuicios y ataques personales o de palabras simplemente peyorativas y descalificadoras. Eso fundamentalmente es lo que me asquea, venga de donde venga, de izquierda o derecha o arriba o abajo, del cielo o del infierno.

Más: Que habría que atacar –decís– a quienes tienen “las condiciones de su parte”. Bueno, pues sí, si se las han ganado robando, garroteando, matando, explotando a otros, excluyéndolos, etc. Pero no simplemente porque tengan dinero. Eso se llama envidia y resentimiento. Se puede y debe atacar la corrupción, los intereses creados, el uso de fondos públicos para enriquecerse, el robo flagrante, las mafias, la explotación, todo eso se puede y se debe atacar y ojalá erradicar judicial y políticamente. Pero lo que sigo sin aceptar es esa generalización que reduce y equipara a todos quienes tienen “condiciones de su parte” con criminales. Aparte de una simpleza, creo que es también una evasión y una irresponsabilidad: yo, por ejemplo, no creo ser pobre (o no-rico) porque mi pariente tal y tal o mi vecino cual y cual hayan trabajado por cuarenta años de sol a sol para ganarse bastante más dinero que yo.

Digo, una cosa es que estructuralmente nuestros sistemas políticos estén viciados y por eso mismo puedan ser manipulados por parte de tanto bicho… y otra muy distinta es irrespetar y condenar moralmente, por igual y sin distingos, a quienes se esfuerzan por hacer y ganar lo que desean hacer y ganar. Creo que es un matiz que se puede respetar sin llegar a radicalismos y, de nuevo, generalizaciones y más insultos.

Qué sea, finalmente, una “verdadera” diferencia, como terminás inquiriendo, es un enigma que me confieso incapaz de resolver… Creo que la diferencia, en el sentido más radical del término, es precisamente aquello que impide que una de tantas posibles diferencias pueda declararse absolutamente verdadera contra todas las otras posibles, de hoy y de mañana. ¿Cuál diferente, cuál otro, cuál persona diferente de otras, tendrá entonces el derecho de declararse poseedor de una verdadera diferencia y de condenar entonces las diferencias “falsas” de los demás? ¿No es eso, de cualquier manera que se vea, moralismo, casi inquisición, o peor: germen velado de totalitarismo?

Porque hay totalitarismos morales tanto como los hay políticos…

20 nov 2006

albedrío

Mirar por la ventana, mirar golondrinas, nubes, cafetales. Saber que ya es tiempo. Haber vivido con una aspiración que ahora simplemente se ve a la distancia, como las nubes o las golondrinas: vuelan, giran, las veo pero no son mías, nunca han sido mías.

El deseo también se fuga como un ladrón cualquiera. Y dichosamente lo hace, pues ¿quién sería uno, raptado por sí mismo?

La mañana nublada. Las nubes son espejos... El famoso libre albedrío.

Es decir, la esperanza tampoco se destruye. Evoluciona.

17 nov 2006

atmósferas


¿Por qué no escribir atmósferas en lugar de historias?

¿Por qué asumir o presumir que para escribir hace falta tener una trama que contar, inventar una fábula, hilar una historia… siempre cerrar algún círculo?

¿Es que no hay derecho a meramente escribir dando trazos fragmentarios y mostrando afectos o intuiciones súbitas sin la "necesidad" de relacionarlo todo de manera coherente?

Es el vicio metafísico detrás de la narración: suponer que las palabras deben ser expresión de un orden intelectual que las supera y les subyace, su “sentido”, su “razón”, su “propósito” (científico, político, sociológico, psicológico…).

Juntar palabras como adagios... No depender del orden aun si es imprescindible, no desearlo obsesivamente. No pretenderse capaz de hacerse erudito en sensaciones ajenas.

Pintar bosquejos y dejar que otros los llenen... El lector, de otro modo, ¿qué estaría haciendo?

La gente, de todas maneras, el mundo, todos los días, ¿no es un carnaval de enemigos? ¿Para qué aumentar las razones de odio?

Mejor, por ejemplo, sonreírle a un extraño.

10 nov 2006

sin opción

El viejo está reventado de tanto vivir entre añoranzas e imposibilidades: saberse incapaz de volver a empezar, por ejemplo, o tener clarísimo qué hizo mal y no tan claro qué hizo bien. Hoy lo confiesa: “daría cualquier cosa –le dice a su mujer de toda la vida– por poder corregir tantas cosas que hice mal”. Ella, también cansada de no querer morir, replica: “ya no importa, ya no importa”.

El viejo, que de joven leía poesías y novelas, recuerda una frase de Thomas Mann que antaño repetía a menudo y nunca terminaba de comprender: “la palabra solo puede celebrar la belleza, no reproducirla”. Y seguramente ahora la recuerda y la piensa porque encuentra en los ojos fogosos y sencillos de su amada, vieja como él o tal vez más, no una belleza implícita o latente que podría intentar decir, sino la necesidad o la urgencia de celebrar con palabras más bien esta imposibilidad: que a pesar de que sus miradas han visto tantas cosas al mismo tiempo, aún no puedan saber que es eso que los sigue llevando juntos sin pausa, sin respiro, sin opción.

Finalmente comprende que es mejor no poder reproducir la belleza, y sí, en cambio, celebrarla, porque la reproducción la agotaría, la haría doble o múltiple o simplemente la iría erosionando con los días y las repeticiones. Celebrar la belleza es decirle “te quiero” a su amada vieja, pero no ser todavía capaz de decirle por qué.

"Te quiero", contesta ella, y lo toma de la mano y, como han hecho siempre, se marchan juntos por última vez.

9 nov 2006

manifiesto críptico

Demasiada gravedad. O dolor inútil. O ni siquiera inútil: absurdo. Y demasiado “deber”, porque también puede haber excesos en el “deber”.

No más: a veces simplemente hay que atreverse a ser quien uno es, hoy. Porque no creo que haya un camino único, verdadero y bueno para todos por igual. Ni siquiera uno para uno mismo siempre.

Dichosamente, uno siempre tiene el derecho de hacerse otro.

Hay el camino que a cada quien le plazca, hoy.

Contra la producción masiva de objetos y creencias y sueños, afirmar la producción personalizada de objetos y creencias y sueños. (Customization de estilos de vida…)

Incluso la amistad es más “real” –es decir, más creada que presupuesta– cuando emerge de la diferencia que de la aparente identidad. Más aún, los iguales no tienen por qué hacerse amigos con esfuerzo y tolerancia y sensibilidad; su “igualdad”, generalmente gregaria de antemano, hace de la amistad un asunto previsto, incuestionable, homologizador. En rigor, no podría existir amistad entre iguales, precisamente porque tener todo en común es ni siquiera tener que ver al otro como otro. La amistad solo puede ganarse por el esfuerzo de acompañarse y quererse a pesar de las diferencias, de todo tipo de diferencias…

¿Pero es posible?

...

Por último, afirmar la belleza y el placer por sí mismos, sin necesidad de excusas sociológicas ni justificaciones teóricas.

30 oct 2006

Costa Rica Miami

Proliferan hoy en día todo tipo de teorías de la conspiración (para quienes creen en ellas, seguramente también este post será parte de alguna). Y son comunes las proclamas escatológicas y la atmósfera es, en general, de ansiedad y pánico. En los periódicos, en las calles, en los blogs, por todas partes se da a entender que existe en Costa Rica un titiritero maquiavélico todopoderoso que está conduciendo el país hacia la ruina: él, solo, es el responsable de todos nuestros males; los demás, todos, el “pueblo”, somos una víctima enteramente inocente que solo padece, camino al matadero…

En este escenario, y desde mi perspectiva, quisiera hacer algunas precisiones que me parecen importantes:

(Aviso que será un post largo, digo, por si quieren retirarse a tiempo…)

1/
Aun si el supuesto titiritero tiene inclinaciones maquiavélicas, y relaciones dudosas, o posiciones malqueridas por mucha gente, etc., aun si ese es el caso, creo que es una exageración echarle la culpa a una sola persona por los males presentes y futuros de todo un país. Pero no solo es una exageración; es algo peor: es una evasión de la responsabilidad, pues equivale a decir: él es el culpable, y nosotros, todos, somos inocentes y nada tenemos que ver con la situación o realidad del país. Lo más raro es que en muchos sentidos el país ya estaba como está ahora desde antes de que el supuesto titiritero llegara a ocupar su posición actual de “liderazgo”; es más, en buena medida quizá pudo llegar él adonde está precisamente porque el país ya estaba como está…

2/
Algo similar pasa con el TLC. Alguna gente llega a la exageración de culpar al TLC por todos los males actuales del país. ¿Pero cómo diablos habría llegado el país a padecer estos males –que obviamente no son recientes– si el TLC ni siquiera se ha ratificado, si no ha existido aún como realidad efectiva? Es otra evasión de responsabilidad: obviar que muchos de los males de Costa Rica no se deben al TLC sino a procesos complejos que vienen de hace tiempo y no tienen un único responsable (ni persona ni ley ni tratado ni gobierno, etc.)… Es más, es probable que la obsesión que desde hace un par de años vivimos con el TLC haya más bien retrasado o impedido del todo la discusión de soluciones y alternativas para ciertos problemas o áreas de problemas que nada o poco tienen que ver con el TLC: la evasión fiscal, la corrupción tan “natural” entre nuestros ciudadanos, la ineficiencia de algunas instituciones públicas, la ruina en infraestructura, la patológica lentitud y falta de seriedad de la Asamblea Legislativa, la deserción educativa, etc., cosas, todas, que se podrían resolver sin TLC o que no tienen relación directa con él.

Creer, pues, que todo es culpa del TLC (que ni siquiera está vigente y, por lo tanto, por ahora sólo es una especie de espectro de un futuro posible que ha venido a poblar la actualidad) es nada más otra búsqueda de chivos expiatorios u otra evasión de responsabilidad. Será que es más fácil lamentarse y hacerse la víctima que pensar cuál es mi responsabilidad: qué puede hacer o proponer cada uno. Porque obviamente siempre es más fácil que el responsable sea otro: como cuando creemos, igual de simplistamente, que todo el mal en Costa Rica proviene enteramente del extranjero: nica, colombiano, gringo… El TLC, en este sentido, no es sino la reunión simbólica del peor de los inmigrantes: un gringo súper poderoso que vendría sin más a instalar por la fuerza otro Miami en Costa Rica

3/
Entiéndase: uno puede estar en contra de este tratado y a la vez no llegar a esos extremismos evasivos, simplistas, inquisidores… Por ejemplo, muchos se quejan de que la prensa y los pro-TLC reducen la oposición a la figura de Albino Vargas y los sindicatos, y creen que eso demerita la lucha y los motivos de lucha. Creo que eso es cierto. Pero caen en el mismo error y a veces reducen el mal contra el que luchan a la figura de Óscar Arias, haciéndolo ver como un tirano en potencia que gesta secretamente un ejército implacable que someterá a Costa Rica a una dictadura inexorable etc… Creo que fomentar con tanto ahínco esa imagen más bien ayuda a darle más poder, o a que algunos se lo crean, y obviamente creer en el poder de otro es darle poder…

En todo caso, es un gesto igualmente inútil y, estratégicamente –ante los ojos de la gente aún indecisa– otra simpleza o motivo de rechazo: en lugar de argumentar por qué el TLC sería nocivo para ciertos sectores del país, hay algunos que aprovechan cada ocasión para simplemente insultar al señor ese por quien, a pesar de todo, votaron más de seiscientos mil costarricenses, con lo cual, de nuevo, se reducen todos los problemas del país a una sola persona.

4/
En un sentido similar, uno puede estar en contra de este TLC y a la vez a favor del comercio internacional, y a favor de hacerlo cada día más justo y no (falsamente) “libre”. Incluso es posible –lógica y moralmente– estar en contra de este TLC y a la vez a favor de la apertura en la prestación de ciertos servicios. Y obviamente –aunque a muchos no les guste– también tiene la gente derecho a simplemente estar a favor de este TLC y creerse de verdad que es lo mejor para el país; es decir, al contrario de como piensan muchos, no veo razón para pensar que todos los que están a favor son o imbéciles o inmorales o las dos cosas.

Yo prefiero un país donde se tenga el derecho de estar a favor y en contra de algo y defenderlo (sin por eso ser (pre)juzgado moralmente) a uno donde todos estuviéramos “inclinados” a pensar lo mismo…

5/
Relacionado con 1. La actitud más fácil y generalizada ha sido, últimamente, echarle la culpa de todo el mal real y posible de Costa Rica a Óscar Arias y sus secuaces en el gobierno y los grupos empresariales. O, desde el otro bando, a Albino Vargas y un par más de líderes sindicales. En el primer caso, a pesar de lo que uno piense del Sr. Arias, no veo cómo se le podría culpar a él por problemas que se han venido gestando en Costa Rica desde hace décadas. Porque la ineficiencia del sector público, las trabas burocráticas, los tortuguismos, las corrupciones privadas y públicas –algunos de los motivos de queja para mucha gente pro-TLC– no son creación de este gobierno sino de muchas personas y decisiones y costumbres, y desde hace tiempo…

Otro caso: por todas partes –lo he leído en muchos blogs, por ejemplo– se queja la gente de que “quieren” (otra vez la idea de que hay titiriteros que nos imponen cómo comportarnos, qué querer, etc.) hacer de Costa Rica otro Miami, es decir, que “quieren” enviciarnos con más consumismo. Llamaré a esta situación “la hipótesis del gran tentador”; es como si algún ser poderosísimo tuviera la capacidad de tentarnos diabólicamente a pecar todos los fines de semana: a comprar y gastar y endeudarnos por minucias y banalidades… ¿Pero quién quiere eso? ¿Otra vez Óscar Arias? Y si es cierto que lo quiere uno u otro, este o aquel, ¿por qué diablos les hacemos caso si en realidad no nos interesa? El desdeñado consumismo es un fenómeno ya viejo y complejo al que no se le puede adjuntar un simple culpable; y menos se gana, creo, si se le ataca desde posiciones moralistas dignas de inquisidores...

¿Es que quienes más critican esta actitud no han pensado que quizá muchísimos costarricenses sí quieren que Costa Rica sea como Miami? Y que lo quieren porque sí, porque les gusta, sin que sea parte de un complot teledirigido. He conocido incontables personas en Costa Rica –de todos los estratos sociales– cuyo sueño de vacaciones es ir de compras a Miami… Claro, dirán que la injusticia está en que algunas personas sí pueden hacerlo y otras no. En parte, sí; pero, por otra parte, ¿quién es uno –uno cualquiera– para decirles a los demás qué deben soñar?

Quienes detestan ese escenario (y ese deseo) tienen todo el derecho de detestarlo; pero creo que es una ingenuidad culpar por eso a una persona o, incluso, a una “clase” (si es que fuera tan fácil de identificar) o a un tratado de comercio que ni siquiera, hoy, está vigente… Que algo nos cause asco no basta para calificarlo de inmoral. En principio solo es diferente. De modo que al consumismo y al deseo de consumismo no basta con atacarlos moralistamente; habría que mostrar por qué sería más conveniente otra actitud, o por qué sería mejor social y políticamente, etc. Y si lo hiciéramos, ¡aun así habría gente que querría seguir siendo consumista! Un conocido que labora en un banco me contaba hace poco que el “pueblo” entero de Costa Rica está cada día más endeudado por préstamos para consumo. Y no solo los ricos. También las familias más empobrecidas: al parecer, a veces en lugar de endeudarse para mejorar el estado de su casita, prefieren endeudarse para comprar un televisor de plasma. Yo no creo que eso sea culpa de Óscar Arias. (Digo, por aquello de las exageraciones…)

Y ya sé, se dirá entonces que todo este problema es culpa de los gringos, de su modelo globalizador-por-la-fuerza, de sus inmoralidades liberales y corporativas, y que quieren imponérselo al mundo entero, y que la pobre gente que en lugar de una mejor casa quiere un TV de plasma es solo una víctima de las políticas económicas de Washington y las megacorporaciones, etc… Y bueno, aunque haya algo de eso, no creo ni que eso lo explique todo ni que sea motivo de temor apocalíptico… Por alguna razón se le hará tan llamativo a tantas y tantas personas ese modelo y su noción de “libertad”; y, al parecer, menos atractivo el proyecto de sociedades cerradas y dirigidas de arriba abajo de manera centralizada, o en las que todo esté decidido por un caudillo o un centro de poder, incluso la idea de lo bueno, de lo correcto, de lo que debemos desear y tener, de cómo comportarnos, qué poder decir, qué soñar…

En un país como Cuba, por ejemplo, y a pesar de sus muchas virtudes, el consumismo está prohibido estructuralmente. Ante eso, yo, por lo menos, no me siento con autoridad moral para asegurar: 1) la media de cubanos es más feliz que la media de ticos, o que la de cubanos que viven en Miami. 2) Que eso sea correcto o bueno o mejor para todos por igual. El principal problema con ese tipo de prohibición estructural es que consigue generalmente eso: imponer una idea de lo bueno o deseable a todos por igual.

Un contraargumento: el mercado y el consumo también imponen una moral y una idea de lo bueno: comprar, tener más, competir, alardear, crear empobrecidos y excluirlos, etc… Sí, sin duda lo hacen. Pero en una sociedad cerrada estructuralmente al mercado yo no podría elegir comprar o no cierto tipo de televisor; en cambio, en una sociedad abierta al mercado uno puede incluso elegir no comprarlo, no quererlo o no necesitarlo... O bien, asumiendo que ya tenemos el televisor, en una sociedad abierta como la costarricense actual yo puedo elegir, por ejemplo, si veo E! Entertainment o el canal de la UCR. Probablemente en una sociedad cerrada alguien decidiría que solo puedo ver uno de esos canales. La diferencia es que en el primer caso la decisión depende en última instancia de mí, y no viene tomada de antemano como un mandamiento que no tengo siquiera derecho de violar... (Y bueno, sí, ya sé que para algunos uno es inmoral simplemente por la frivolidad de querer tener la opción de elegir qué aparatitos quisiera tener y usar… Espero que el ejemplo se tome analógicamente…)

Por otro lado, no creo que sea solo por el consumismo que muchas personas sí quisieran que Costa Rica se pareciera más a Miami, y entonces habría que preguntarse por qué lo querrían y qué quiere decir (o qué oculta) ese deseo…

6/
Me parece enfermizo e infructuoso estarse peleando por quién representa al verdadero pueblo costarricense. Creo que eso no tiene respuesta –es mera ideología, o trillada metafísica– y que sería mejor no hacer siquiera la pregunta. El “verdadero” pueblo no existe como un sujeto identificable que uno pudiera señalar en la calle al verlo caminar. El verdadero pueblo no fue, por ejemplo, solo el que marchó, con justo derecho, por las calles el pasado 23, sino ese y muchas otras personas que no marcharon, incluso, pues, quienes están convencidos de que el TLC es mejor para el país.

Yo, por ejemplo, no estoy a gusto con este tratado, o con algunos de sus pormenores, pero estaría menos a gusto si en el país esas personas que sí creen en él –no por intereses solo propios, sino por un convencimiento real de que es conveniente– no tuvieran derecho a creerlo y quererlo. Y simplemente porque no creo que nadie –ni Óscar Arias ni Albino Vargas, ni los notables ni los obispos, ni los consejos universitarios ni las cámaras de comercio, ni usted ni yo– tenga en su poder la razón o la verdad fuera de toda duda; y hasta donde sé ningún ser humano es realmente capaz de prever el futuro (especialmente porque somos seres vivos y no máquinas programadas, y porque, al serlo, también nuestras sociedades se comportan, en mucho, como organismos vivos, de manera impredecible, variable, etc…).

Es decir, cualquier decisión está sujeta a riesgo. Incluso, son escenarios posibles los siguientes: que con TLC el país podría mejorar, o que sin TLC el país podría empeorar, y lo contrario también es posible… Con esto no quiero decir que no haya que analizar todo exhaustivamente y tomar eventualmente una decisión; hay que hacer ambas cosas; pero en cualquier caso nada está seguro y, por eso al menos, habría que moderar el lenguaje que usamos para defender una cosa y otra y dejarnos de moralismos y sentencias escatológicas.

Dicho de otro modo, no creo que nadie debiera sentirse más lúcido que los demás, iluminado y con poder de guiar a todo un país hacia la verdad y el edén… A mí, al menos, estos discursos mesiánicos me atemorizan visceralmente, pues suenan, de verdad, a intención dictatorial o Apocalipsis inminente. Actitud que, por lo demás, es común en ambos bandos de este conflicto. En el bando de los PRO, tratan de imbéciles e inmorales a quienes se oponen; y en el bando de los CONTRA, tratan de imbéciles e inmorales a quienes están a favor. Con lo cual lo único que se logra es reducir la “discusión” a pleitos personalizados que se resolverían mejor en un ring de boxeo…

Quizá habría que empezar por pensar que en esto no se trata de ser inmoral o estúpido, solo de tener ideas y opiniones diferentes sobre cómo debiera funcionar económica y políticamente el país, o de creer en diferentes moralidades, pero no de ponerse cada uno por encima de los demás diciendo, platónicamente, “solo yo sé qué es lo Bueno y lo Verdadero, los demás síganme”…

En suma, que para evadir conductas y realidades gestadas hace tiempo en Costa Rica, y para evadir la responsabilidad de cada uno –cómo me comporto cotidianamente con los demás, cómo trabajo, si me aprovecho o no corruptamente de los servicios públicos, si exijo del Estado todo tipo de infraestructuras y regalías pero no creo en pagar ni medio colón en impuestos, etc.– es ciertamente más fácil buscar chivos expiatorios o imaginar conspiraciones apocalípticas que asumir ciertos deberes y ciertos hechos, por ejemplo este: mucha gente en Costa Rica –con Óscar Arias o sin él, con TLC o sin él– parece querer ser consumista y disfrutarlo; y que, a la vez, otro grupo de gente prefiere no serlo y también lo disfruta. O el hecho –se olvida demasiado– que en efecto más de seiscientas mil personas –la mayoría de las que votaron– quisieron que Óscar Arias fuera presidente. Y que, al menos hasta ahora, no ha habido actos realmente dictatoriales ni “militares”, como dicen por ahí, de nuevo, creo, exageradamente…

Finalmente, recuerdo que en el 2004 publiqué en La Nación (insisto: en La Nación) un texto que describía a grandes rasgos mi posición sobre el TLC en aquel momento. Sobre algunas cosas sigo pensando lo mismo, sobre otras ya no. Pero lo que sí sigo sosteniendo es que esta es una decisión tan importante para el país que ameritaría tomarse mediante la figura del referendo. Además de que la gente sentiría más derecho de participar, la responsabilidad no sería la de una sola persona o la de los 57 diputados. Es decir, así al menos habría más razón para pensar que fue una decisión de país y no de solo unos cuantos, de este bando o del otro. En el futuro, sea cual fuere la decisión y los resultados, la responsabilidad sería de todos los que votaron (¡y los que no!), es decir, sería una responsabilidad compartida. Y ese simple hecho, ¿no nos haría sentir mejor a todos?